viernes, 12 de octubre de 2018

LA INICIACIÓN DICTATORIAL

Cada vez que procuro hacer una reflexión crítica desde la perspectiva de quien es observador y a la vez protagonista de un proceso histórico de desgaste de los mecanismos de representación política e institucional, siempre aparece una especie de llamado de atención metacognitivo para evitar trasgredir eso que llaman "disciplina partidista". Mi familia y mis amigos saben que soy activista de un partido político que, a pesar de sus yerros estratégicos y erradas lecturas de los tiempos de la política, sigue representando la mejor opción para la reconstrucción de la democracia en Venezuela: integrado por buenas bases ciudadanas, con sentido del sacrificio como consecuencia de la persecución, y con un pilar organizacional sólido, es decir, su juventud. 

Citando a Spencer, Laureano Vallenilla Lanz en 'Cesarismo Democrático' señala que en las jóvenes repúblicas como Venezuela los "jefes no se eligen sino se imponen"; aserto que no deja de gravitar en las nebulosas de la historia política de estos tiempos de autoritarismo devenido en pranato constitucional. Cuando Venezuela fue democrática desaparecieron momentáneamente los jefes y fueron sustituidos por los dirigentes. El resurgimiento del militarismo le dio un nuevo aire a los mandamases. 

Las transiciones desde gobiernos personalistas en no pocas oportunidades abrieron la oportunidad para la recuperación de modelos basados en instituciones y no en hombres. López Contreras no fue un tirano como Gómez; Medina Angarita fue un militar que gobernó como civil. Y para no ir tan lejos en el viaje hacia el pasado, Lenín Moreno en Ecuador ha tenido la suficiente determinación para romper con la línea populista y personalista de Rafael Correa. 

Cuando se trata de fenómenos carismáticos como el de Hugo Chávez Frías, quien ejerció un liderazgo centrípeto en el seno de su alianza política, la no formación de cuadros para el relevo hizo que la sucesión en el contexto de su inminente muerte en 2012, se fundamentara más en la lealtad, la amistad y la camaradería, que en una decisión tomada por una élite política. Que Nicolás Maduro haya reciclado a muchos de los otrora “engañadores” de Chávez, da sustento a este planteamiento. 

Maduro evidentemente no es Chávez. Y nunca se le reconoció como un tipo carismático o encantador. En las elecciones presidenciales del año 2013, donde gracias a una ayudita del Poder Electoral logró arrebatar la silla presidencial a Henrique Capriles entre las 6 y 8pm de aquel domingo 14 de abril, Nicolás se mostraba como un presidente débil, incapaz de soportar la dinámica que en una y otra ocasión logró fortalecer a su antecesor. Al menos hasta el año 2014 Maduro no parecía convencer al propio chavismo de cabalgar escenarios electorales blandiendo la espada populista. Y efectivamente la abrumadora derrota en las elecciones parlamentarias de 2015 esto se hizo indudable.

Sin embargo, la debilidad electoral no necesariamente es debilidad política o debilidad para ejercer el poder. En ese escenario, el de ejercer el poder hasta por encima de la ley fue que Nicolás Maduro pasó de ser un “bobolongo” al “martillo autoritario” que Chávez quiso ser, pero nunca fue.

En el mundo de las organizaciones criminales latinoamericanas es común ver la existencia de rituales de iniciación delincuencial, donde se pone a prueba la determinación del aspirante a jefe: en el mundo de los malandros, los choros, los narcos o los gánster nadie se vuelve líder por ser ejemplo de amistad, trabajo y sacrificio; el pran en Venezuela comienza su carrera hacia la cúspide del poder cuando demuestra que es capaz de agredir o matar sin espabilar.

De esta manera en el 2014 Maduro demostró que si bien no ganaba elecciones sobrado, si tenía la determinación de perseguir, encarcelar, desaparecer y asesinar a su disidencia. Leopoldo López fue su primer experimento: encarcelado desde febrero de 2014 hasta la fecha. 

En el 2015 la prueba de Maduro fue electoral y una vez más demostró su incapacidad para ser un líder en el escenario político electoral. Una vez más el chavismo dudaba del “burro”, del “bobolongo”; la Mesa de la Unidad Democrática logró hacerse con la mayoría calificada de la Asamblea Nacional, a pesar del ventajismo, de la parcialidad chavista del CNE, de la intimidación de los grupos paramilitares y parapoliciales.

No obstante, en el 2016 los partidarios de la lucha armada sin armas reaparecen de las cenizas del 2014, y a pesar de que desde la entonces Mesa de la Unidad Democrática se procuró canalizar “la calle” en pos de la realización de un referéndum revocatorio, Maduro llevó la crisis política al terreno donde es fuerte, cerrando la opción electoral, so pretexto de los errores en cuanto al planteamiento político electoral de la oposición; cerrada quedó entonces la opción electoral como consecuencia de una errada estrategia de “calle, y si no se puede, elecciones”. Maduro siguió empujando a la oposición al terreno de la lucha armada sin armas.

En el 2017 Nicolás dejó de estar a la sombra del llamado “comandante supremo”, y pese a los costos políticos internacionales pasó a ser el hombre fuerte del chavismo: el burro, el bobolongo, ahora era motejado como “el carnicero de Miraflores”. En 2017 Maduro se impuso como jefe del chavismo ganando la batalla a través de la represión, la persecución y el asesinato, empujando a la oposición hacia la antipolítica, logrando competir solo en el único escenario donde sabe que puede ser derrotado, es decir, el electoral. 

Ahora bien, si hacemos un análisis del tipo de relaciones de poder sobre las que ha construido su jefatura Nicolás Maduro, podremos comprender que la protesta en la calle no es un mecanismo efectivo para lograr el quiebre de la estructura de poder interna del chavismo pues, si bien puede llegar a ser masiva, carece de estructura orgánica que permita lograr la disciplina suficiente para avanzar o hacer repliegues estratégicos; no se cuenta además con mecanismos de inteligencia social, grupos de choque entrenados, zonas de distención o rutas para evacuar posibles perseguidos políticos. 

En contraste, hasta el 2015 a nivel electoral se logró articular equipos de trabajo que garantizaron la existencia hasta de hasta dos padrones electorales por centros de votación, activistas sociales que buscaron los votos de adultos mayores, enfermos en hospitales, presos en la cárceles y chavistas descontentos por la crisis económica; casi literalmente hasta debajo de las piedras.

Lo cual nos puede permitir pensar que no se trata de participar en elecciones en las condiciones en que el chavismo gana así no cuente con los votos. Pero si de orientar la presión social para que el chavismo dictatorial se vea obligado a transitar hacia un escenario electoral donde cualquier ventajismo o trampa sea sobrepasado por la participación masiva. No hay quiebre posible si no se dibuja un escenario de legitimación electoral de la gran mayoría de venezolanos y venezolanas que se cansaron del chavismo.

No somos combatientes, somos ciudadanos. No somos soldados, somos políticos.

domingo, 9 de septiembre de 2018

NI DE AQUÍ NI DE ALLÁ

Los andinos sabemos un poco lo que significa emigrar. Mi querido estado Trujillo experimentó entre los años 30 y 70 del siglo XX un proceso migratorio tan significativo que las tasas de crecimiento demográfico fueron durante ese periodo de las más pequeñas de Venezuela.
De todos sus pueblos y caseríos salieron miles de trujillanos y trujillanas que se dispersaron por todo el país, teniendo como principales destinos Caracas y Maracaibo. Campesinos en su mayoría que solo sabían labrar la tierra, muchos otros trabajadores no calificados que gracias a la democracia aprendieron al menos a leer y escribir, y un pequeño grupo de jóvenes que escogieron la educación como medio para el ascenso social, convirtiéndose en destacados profesionales al servicio de tierras distintas a las que los vieron nacer.
Muy a pesar de que las mayorías solo pasaron a formar parte de los cinturones de pobreza, el cambio de hábitos alimenticios, y la adopción en general de las costumbres asociadas a la urbanidad, generaron una ilusión de bienestar en los emigrantes.
Con el paso de los años, de Caracas o Maracaibo viajaban las familias en Carnaval, Semana Santa, vacaciones escolares o navidad, traían cosas que en los pueblitos andinos no se veían, sus acentos ya no eran los de los parameros, y sus costumbres resultaban hasta extrañas. En esas visitas llegaba muchas veces lo mejor y lo peor de la accidentada modernidad venezolana.
El progreso para las familias emigrantes no necesariamente se tradujo en educación, mejor hábitat, mejores servicios públicos y capacidad de ahorro, sino en la adquisición de un carro para la familia, un puesto de trabajo en una trasnacional, una casa de dos plantas en una barriada caraqueña, o la posibilidad de viajar en bus cama cuando se iba a visitar a "los viejos" en los Andes.
Los emigrantes, ya caraqueños, pero con raíces andinas, a pesar de vivir en una sociedad que bien reflejaba las desigualdades de un estado rentista altamente clientelar y corrupto, poco o nada necesitaban de la política, debido a que bien rezaba la sabiduría popular: "quien no trabaja, no come".
Sin embargo, con el avance del chavismo hasta eso llegó a su fin: por más que se trabajara, conseguir una casa, un taxi para chambear, un trabajo e incluso una bolsa de comida, requería de demostraciones de lealtad hacia el gobierno chavista, el partido chavista y los polítiqueros chavistas del barrio.
Viajar en vacaciones se convirtió en una proeza porque ya no hay buses, y de paso ahora se debe comprar el efectivo; el chevrolet caprice de la familia tiene más de un año parado porque no tiene cauchos y tampoco batería; tampoco se puede llamar todos los días a los abuelos porque las líneas cantv no sirven.
En medio de esta crisis jamás vivida, los que una vez emigraron desde los andes hasta Caracas en busca de mejores trabajos, hoy han tenido que dejar la casa donde los títulos de bachiller enmarcados adornaban la sala, para emprender la ruta de los caminantes venezolanos a través de los Andes Suramericanos.
Toca comenzar nuevamente de cero. Así como los viejos llegaron a Caracas en los 50 y los 60, toca hacer lo mismo, pero en otro país. Ya no habrá viajes en vacaciones, ya el terminal de La Bandera no será la pocilga que anuncia que en algunas horas se podrá retornar a la tranquilidad de las montañas de Trujillo. Hay una historia de vida que no será más. Como los judíos al regresar a Hungría luego de terminar la Segunda Guerra Mundial, mientras el chavismo esté en el poder, está ya no será más la tierra de los emigrantes venezolanos. 

Siempre fueron emigrantes, pero no se habían dado cuenta...

martes, 4 de septiembre de 2018

LOS "BUENOS" OPOSITORES Y LOS "MALOS" CHAVISTAS


En Venezuela se ha hablado y se ha generalizado bastante sobre los vicios morales necesarios para ser chavista. En particular la visión oportunista, la conducta del eterno acreedor, el individualismo extremo, la capacidad para hilar mentiras, el sentido de dependencia tóxica, el resentimiento hacia quien trabaja y se exige cada día más para lograr el ascenso social, entre otros; mismos que no son solo expresión del chavismo sino de la mala política en su conjunto; en este caso elevada a la enésima potencia por el gran destructor del capital social venezolano, el teniente coronel Hugo Chávez-Frías.

Todos tenemos amigos chavistas, y por mucho cariño que les tengamos, en mayor o menor medida cumplen con estas características. También mucha gente de la oposición ha adoptado esta conducta chavista. Pero lo concreto es que en el chavismo esto es primordialmente un patrón cultural generalizado.

En el chavismo hay gente de muy mal corazón. Sobre todo los que gobiernan porque ninguno es conocido por sus méritos de profesionalismo, servicio público a desprendimiento. Son entre otras cosas dirigentes estudiantiles corruptos, sindicalistas reposeros, militares tramperos, funcionarios públicos matraqueros, etc. No es extraño que sin necesidad de apelar al asesoramiento cubano, hayan juntado toda esa experiencia nefasta, pero experiencia al fin, para construir un sistema perfectamente aceitado que configura un Estado delincuencial, efectivo para robar dinero y votos, secuestrar condiciones a su favor, modelar la ley en función de sus delitos e incluso transgredirla cuando ya no se le pueda estirar más.

Algunas de esas personas, de manera no oficial ya reconocen todos esos vicios, pero por cuestiones de supervivencia se niegan a saltar la llamada talanquera. También porque del lado de la oposición hay demasiadas hachas afiladas esperando por ellos.

Ahora bien, siendo personas de pocos valores positivos, extraña ver que al momento de defender el poder o las mentiras que se tejen desde el politburó del psuv, su comportamiento es formidable. Son soldados de la oscuridad, pero al fin y al cabo trabajadores muy bien organizados y comprometidos. Cuando se trata de apoyar a una cabeza de grupo para una postulación, puede haber odio a muerte entre ellos, pero cierran filas de inmediato cuando inclusive se les impone una candidatura. -Lo contrario es perder el poder-. Sin chistar apoyan las irracionales medidas del gobierno, y por risibles que parezcan, se encargan de pontificarlas a todos los sitios donde van.

En elecciones se levantan temprano y llegan directo a armar la macolla del ventajismo con los funcionarios del Poder Electoral y los militares. Detectan mesas sin testigos, en donde la oposición tiene un defensor del voto aguerrido, se buscan a los colectivos de la violencia,  y en medio del desamparo de nuestra gente, lo logran expulsar a patadas. No conforme con eso monitorean los centros para saber dónde sabotear y dónde no.

En el contexto de las protestas se victimizan, a pesar de ser ellos los dueños del monopolio de la violencia, se cubren los rostros para que la gente no se percate de que desde ministros, pasando por funcionarios subalternos, militares, policías y por supuesto malandros, forman parte de los grupos de choque como los que en el año 2017 asesinaron a 158 venezolanos.

Además de eso, una vez que cometen sus delitos, se organizan para defender a sus asesinos y desprestigiar a quienes salen a ejercer su derecho a la protesta. Y son tan efectivos que hasta gente de la oposición terminó por autodenominarse “guarimbera”.

En cuanto a los programas sociales o clientelares, son los primeros en hacer fila, en las ventas de comida regulada son los primeros en hacer cola e incluso organizarla para, al cabo de un tiempo, convertirse en los pranes de la escasez.

Aquí aparece la inexorable necesidad de contrastar a esa parte del país con el otro lado de la moneda política; es decir, nosotros la oposición.

Pues bien, resulta que nosotros nos vemos como la “gente buena”, con valores, educada, de actitud cívica, emprendedora, de buena convivencia, y que por supuesto tiene la capacidad de “solucionar” todos los problemas del país. Y no cabe duda que hay mucho de eso. Pero, ¿Por qué nos cuesta tanto derrotar a un chavismo que se presenta como la quintaesencia de toda la mala política?

Busquemos posibles respuestas.

En primer lugar ni de manera no oficial ha habido capacidad de reconocer errores a tiempo. Y eso tiene que ver con el hecho de que en lugar de analistas de escenarios probables, tenemos doctores en subestimación de contextos, así como filósofos en comprensión del fracaso. Aunado a eso, cuando alguien sale a reconocer los errores, lo lanzamos a los brazos del chavismo, en donde en lugar de esperar con hachas afiladas, tienen almohadas de plumas, licor, comida, contratos, y otros privilegios.

Cuando alguien mejor formado y más capacitado que nosotros tiene una aspiración, así no sea nuestra competencia, bien pronto nos volvemos articuladores de los militantes del odio para liquidarlo. Pocas veces se dice: "lo importante no es que llegue uno sino todo el equipo". Por lo contrario, una vez que se llega, y eso se hizo evidente entre 2013 y 2015, se gobierna con el grupito de confianza, independientemente de que el mismo no cuente ni con el requisito mínimo para estar al frente de la administración pública en los años del chavismo.

Cuando se proponen estrategias para confrontar a la dictadura venezolana, los primeros en desguazarlas somos nosotros. Para muestra basta revisar cómo le cayeron a martillazos comunicacionales a Freddy Guevara cuando en el mes de mayo de 2017 propuso hacer una consulta popular; muchos de esos luego se convirtieron en los más férreos defensores de la Consulta Soberana del 16 de julio, y hoy además se presentan como sus únicos herederos.

En el plano de las elecciones muchos de nuestros partidos se pelean por tener la mayor cantidad de coordinaciones de centros de votación, pero sin tener los testigos para completar los padrones, o los defensores del voto que hagan el trabajo de enfrentar al chavismo en la batalla electoral. Los padrotes de las elecciones son tan inamovibles como el Papa, y aunque sean expertos en perder, se siguen manteniendo en sus feudos políticos. Pocas personas estudian la historia electoral por estados, municipios, parroquias, centros de votación o mesas. Y es que además, en lugar de invertir dinero en eso, todo se gasta en estrategias comunicacionales para salvar lo insalvable una vez se pierden las elecciones.

Por otro lado, nuestros “dignos”, “preparados” y “buena gente” dirigentes nacionales no salen de Caracas, no conocen sus propios partidos, no hacen elecciones internas y son la ejemplificación de la "carismocracia teledirigida" de la que habla Peter Sloterdijk. Son entusiastas del micrófono y las cámaras, pero generalmente no tienen tiempo para escuchar a nadie. Cual basileus de la política, solo hablan con sus sacerdotes de partido.

¡Ay de quien requiera de la solidaridad de sus pares compañeros de lucha si de ahí no se logra aumentar el número de seguidores en Twitter e Instagram!

En la protesta, pocos se atreven a llevar la iniciativa de tomar las calles. Una vez que alguien da el paso al frente y las masas terminan por sumarse, los furibundos opositores antioposición los convierten en “traidores” u “oportunistas” si los llegan a ver un plantón o una marcha. Y agregado a eso, no son las mentes más serenas y calculadoras las que terminan dirigiendo las protestas, sino los agitadores con buen gañote.

En ese mismo escenario, nos dejamos llevar por las fábulas, subestimamos a la dictadura y terminamos por convertirnos en esclavos del discurso; nos exponemos, exponemos a nuestros compañeros y exponemos la delicada lucha clandestina al no controlar el deseo de figurar.

Activamos las calles, pero las dejamos sin dirección, no documentamos los momentos críticos de la violencia, no hacemos labores de inteligencia para identificar las figuras claves de la represión, y al poco tiempo terminamos por tratar de malandros a nuestros protestantes, dando con esto solidez a las matrices comunicacionales fascistas de la dictadura chavista.

Hay muchas iniciativas de grandes espíritus democráticos que desde el país o desde exterior trabajan para ayudar a sus familias, a sus vecinos y a sus compañeros de lucha. Pero casi todas eclipsadas por los obsesionados del protagonismo que usan fachadas organizacionales para lograr el financiamiento que permita mantener sus privilegios nivel “clase media de la Venezuela Saudita” en medio de la miseria de sus pares.

Y todo eso pasa mientras millones de venezolanos (muchos de ellos chavistas) borran sus historias de vida al cruzar las fronteras con un destino incierto en el que se tiene altas probabilidades de terminar convertidos en mercancía humana.

Compréndase entonces por qué no hemos podido derrotar el cáncer cultural representado por el chavismo, y la necesidad de cambiar cada uno de nosotros antes de quererle cambiar la vida a un país entero.

No podemos perder más tiempo o terminaremos en el basurero de la historia junto al chavismo.

sábado, 28 de julio de 2018

DEPENDENCIA VS EMPRENDIMIENTO



En medio de la visión económica y política basada en las llamadas "ventajas comparativas", en Venezuela se construyó a partir de 1958 una democracia basada en el tutelaje del progreso por parte del Estado; es decir, a mayor democracia, mayor el tamaño del Estado y mayor la dependencia; lo cual se interpretó como "progreso". Incluso los académicos no exigían el derecho a emprender más allá de sus cargos como docentes o investigadores en dependencias públicas, sino mayores sueldos, más bonificaciones, más beneficios contractuales.

La democracia en 1978 era sólida porque el Estado venezolano tenía mucha plata para obras públicas, para dar trabajo y subsidios a las clases pobres. Ese sistema, al no contar con los ingentes recursos provenientes de la renta petrolera, colapsó y dio paso al resurgimiento del militarismo, de la mano de la antipolítica y la perenne conspiración del resentimiento impulsada por sectores políticos autodenominados "de izquierda". Así llegó Chávez al poder en 1998, así el "comandante" impulsó un proyecto de destrucción de capital social a favor del fortalecimiento de su figura personal, así hizo de la democracia un expresión de máxima dependencia-sumisión material y mental hacia el Estado representado por el gobierno.

A 5 años años de la muerte de Hugo Chávez hoy tenemos un país polarizado, pero no entre chavistas y opositores sino entre dos visiones históricas sobre la política: de un lado los que buscan mantener su esquema de dependencia del Estado, recibiendo dádivas en una caja, o defendiendo la posibilidad de mejorar el desempeño del gobierno para que aumenten los ingresos y así el equilibrio de la dependencia sea restituido. Ahí se ubica el chavismo y una parte muy importante de la oposición (sobre todo las tendencias izquierdistas).

Del otro lado están los venezolanos que se han ido del país con la firme intención de hacer dinero para mantener a sus familias desde el extranjero, los vecinos que se organizan para recoger sus desechos sólidos ante la ineficiencia de las rutas públicas de recolección, la gente que contrata un bus para movilizar a los estudiantes y trabajadores de la comunidad ante la falta de unidades o la falla general del servicio existente, quienes han dejado sus empleos públicos para dedicarse a producir desde sus casas, los campesinos que dejaron la beca de la misión y hoy están nuevamente cultivando la tierra, los que en general cada vez resuelven más por cuenta propia, por su emprendimiento y autogestión, lo que antes o que según la ley sigue siendo responsabilidad del Estado.

Por ahí podemos encontrar elementos de análisis para lograr derrotar no solo al chavismo sino a la cultura de la dependencia.

martes, 18 de julio de 2017

FREDDY GUEVARA Y LA RUPTURA CON EL POPULISMO


El populismo es quizás, en la óptica de diversidad de analistas políticos, la más acabada expresión de la política latinoamericana. No porque en el resto del mundo no existan líderes populistas sino porque el desarrollo de la democracia en nuestra región ha venido necesariamente aparejado del populismo.

En el contexto de las grandes decisiones tomadas en función de complacer o reivindicar a las mayorías, líderes de América Latina nacionalizaron la explotación de minerales, declararon niveles de la educación, de la salud y la prestación de servicios como asuntos de exclusivo control del Estado a través de sus instituciones.

El acceso a derechos y la ampliación de los mismos también respondió a las exigencias mayoritarias de hombres y mujeres en el contexto de sociedades definidas por la transición entre el agrarismo, la fisiocracia y la modernidad industrial accidentada.

El populismo también generó grandes heridas e incluso se convirtió en un cáncer social para países como Venezuela. La visión de gobierno de Carlos Andrés en su primer mandato, su reelección y la de Rafael Caldera introdujeron a nuestro país en la dinámica de sujetar grandes decisiones nacionales a objetivos electorales circunstanciales. Ese cáncer populista hizo metástasis a partir de 1999, pues más que apelar a las legítimas aspiraciones de las mayorías, la llamada Revolución Bolivariana de Hugo Chávez encontró su principal factor de orientación en los grandes resentimientos de una sociedad marcada por la desigualdad social.

No solo Hugo Chávez sino la antipolítica en general cargaron contra las desgastadas instituciones políticas, creando un clima de animadversión hacia cualquier posibilidad de tomar decisiones basadas en la negociación, la concertación y la gobernanza. Aunado a esto, la dirigencia de los partidos políticos encontró un lugar cómodo en la ambivalencia y la indecisión para evitar los costos dentro de los limitados espacios de poder manejados por la disidencia.

Ahora bien, en medio de la profundización de las contradicciones políticas que permitieron al chavismo ejercer el poder de forma hegemónica desde el año 1999, traducida en el aumento de la conflictividad social desde el año 2014 y la rebelión cívica emprendida por los venezolanos a finales del mes de marzo de 2017 a partir de la ruptura del hilo constitucional provocada por la decisión tomada por el régimen de Nicolás Maduro, y ejecutada a través del Poder Judicial, de disolver de facto a la Asamblea Nacional, el país ha estado expectante de decisiones referidas a la orientación de la protesta en contra de la dictadura; al frente de esas decisiones y la conducción en nombre de la Unidad Democrática ha estado el Diputado Freddy Guevara, Coordinador Nacional Adjunto de Voluntad Popular y Primer Vicepresidente de la Asamblea Nacional.

No es nada fácil ofrecer el rostro y la integridad personal a un movimiento de rebelión cívica que no solo es atacado y perseguido por un gobierno en fase dictatorial, sino también descalificado y reprendido por factores disidentes que desde la antipolítica parecen apostar porque el viaje al basurero de la historia Nicolás Maduro lo haga acompañado del Psuv y la MUD.

En contraste, la realidad demuestra que la conquista de espacios democráticos como la Asamblea Nacional, así como la conducción de la protesta ha recaído en la Unidad Democrática, a pesar de las contradicciones internas propias de una alianza principalmente electoral, integrada por partidos con distintas prioridades. Y el llamado ha sido la respuesta al clamor nacional mayoritario de forzar a la dictadura a retomar la senda de la democracia como mecanismo para la resolución de conflictos y el logro del bienestar social.

No obstante, dar al traste con un régimen político delincuencial dirigido por traficantes del poder, sin duda alguna requiere de más que aparentes acciones fulminantes, la negación del chavismo como realidad política o la persecución sin armas contra quienes están muy bien armados y que además no vacilan en aniquilar a quien piense distinto. A lo que debemos agregar la postura timorata de altos funcionarios públicos, de empresarios que se enriquecieron haciendo negocios irregulares con el chavismo y de militares con grandes fortunas amasadas producto de la corrupción en distintos niveles de la administración pública.

Durante los más de 100 días que van desde los finales de marzo hasta el presente, el Diputado Freddy Guevara junto a otros parlamentarios provenientes de la generación estudiantil de 2007, ha sido el portavoz de la dirección de la protesta ciudadana; muchas veces aplaudido y vitoreado, otras muchas cuestionado y denostado.

 Sin embargo, el transcurrir de los difíciles días de los meses de abril, mayo, junio y julio ha permitido reivindicar ese papel de conducción, a pesar de los espíritus irreverentes que se presentan como la quintaesencia de la oposición. La mejor prueba de esto es la histórica Consulta Soberana que el domingo 16 de julio de 2017 permitió a los venezolanos materializar lo dispuesto en el artículo 350 de la Constitución; es decir, rebelarse en contra de las instituciones secuestradas por la dictadura y realizar una gran consulta nacional en la que más de 7 millones de venezolanos ratificaron su compromiso con la democracia como mejor sistema de gobierno.

Y es que si revisamos los datos periodísticos,  a finales del mes de mayo el Diputado Guevara propuso la realización de una consulta dirigida por la Asamblea Nacional y sin la supervisión del Poder Electoral para medir la apreciación de los venezolanos en torno al fraude constituyente de Nicolás Maduro. A lo cual las mayorías opinantes cargaron inmediatamente, haciendo que dicha propuesta quedara relegada en aquel momento.

El histórico 16 de julio de 2017 indica que el país si puede curarse del cáncer populista y que en la dirigencia democrática existen hombres y mujeres dispuestos a dar la cara cuando las grandes decisiones nacionales no son del agrado coyuntural de las mayorías. En eso ha sido clave la vocería y conducción depositada en Freddy Guevara.

Y es que el nuevo país que surgirá de la transición del chavismo hacia la democracia requiere de romper con la tradición populista para que como sociedad podamos insertarnos en la institucionalidad mínima que hoy se necesita para lograr el desarrollo y la modernidad. América Latina sigue siendo una región con grandes desigualdades sociales traducidas en pobreza, deficiencia de los servicios públicos y delincuencia desbordada, no obstante, cada vez son más numerosos los espacios donde la construcción de instituciones públicas y políticas solidas da paso a la solución de los problemas sociales.

Así como a finales de 2016 se inició un proceso histórico a partir de una elección parlamentaria y no de una elección presidencial o el derrocamiento de un presidente. Hoy nos encontramos en una etapa donde un nuevo tipo de dirigentes políticos decide dejar atrás el cáncer populista que tanto daño ha hecho a los latinoamericanos. Y es allí donde Freddy Guevara ha venido asumiendo un rol fundamental en el quiebre del populismo venezolano.  

sábado, 27 de mayo de 2017

DIEZ AÑOS SECUESTRADA


Hace algún tiempo veíamos a través de la televisión y el cine colombiano aquellas experiencias que nos resultaban tan lejanas, referidas a personas que pasaban varios años secuestradas por la guerrilla. Personas sometidas a un presidio ilegal, en muchos casos en medio de la selva, aguardando cual mercancía, para ser canjeada por criminales convertidos en políticos armados. En Venezuela nos resultaba harto difícil siquiera imaginar la posibilidad de pasar los días, semanas, meses y años conscientes de que nuestra libertad se reducía a la decisión de unos pocos.

En medio de la aberrante ola represiva que la dictadura de Nicolás Maduro ha desplegado con el propósito de perpetuarse en el poder, son centenares los hombres y mujeres que hoy abarrotan las mazmorras chavistas de Ramo Verde, el Sebin y otros sitios de represión-reclusión improvisados para mantener a quienes han sido detenidos por pensar distinto. Y más que detenidos se trata de secuestrados por un régimen que invierte más en perdigones y lacrimógenas que en libros y medicinas. Sin embargo, una de las más emblemáticas secuestradas del chavismo, por aquellos años donde todavía contaban con ingentes recursos para acallar conciencias de pobres, clase media y ricos, fue la libertad de expresión.

Un 28 de mayo de 2007 por orden del fallecido Hugo Chávez Frías, un capítulo de nuestra historia que se remontaba a 1953, llegó a su fin. A través de la hegemonía mediática que ya para aquel entonces tenía el gobierno, se hicieron grandes esfuerzos por imponer la vaselina semántica. No se trataba de un cierre sino del “fin de la concesión”. El problema es que ese “fin de la concesión” condujo a lo que todos sabíamos: el cierre de Radio Caracas Televisión.

Antes de 1998 en la imperfecta democracia venezolana, en aquel sistema corrupto, clientelar e ineficiente, no fueron pocas las muestras emblemáticas de la diferenciación entre Estado y gobierno. El mejor ejemplo es el de los militares que en la madrugada del 4 de febrero de 1992 se sublevaron en contra del sistema: usaron su condición de soldados y las armas de la República para atacar instituciones, provocaron más de 300 muertos, daños materiales e inmateriales, y solo purgaron dos años de cárcel sin llegar a tener sentencias firmes por sus delitos. Hoy conocemos cómo en más de una ocasión se decidió desaparecer a los llamados “golpistas” y a la vez cómo funcionarios, jueces y fiscales levantaban teléfonos, conversaban y evitaban que la venganza enviara directamente al cementerio a la cofradía militarista que hoy destruye a Venezuela cual cáncer.

Quienes nos formamos en los valores de la democracia, en los días previos al 28 de mayo de 2007, nos aferrábamos a la posibilidad de que un tribunal, la defensoría del pueblo o algún funcionario emitiera algún tipo de medida cautelar que pusiera freno a la reducida visión de Hugo Chávez sobre la política y la moral. Conscientes de que los medios de comunicación a finales de los noventa habían obrado activamente en la destrucción de la democracia, claros de que la televisión venezolana no era necesariamente el mejor ejemplo de calidad en cuanto a producción y programación, veíamos a RCTV como una ventana de libertad para la disidencia, a la que tal vez alguien desde las instituciones protegería en sentido categórico; es decir, pensando en mantener espacios abiertos para la crítica y el libre pensamiento.

No fue así. Un Hugo Chávez devenido en dueño y señor de las riquezas, de las instituciones y del país en general, impuso su visión y aquella fatídica noche le puso fin a un capítulo de la historia de la libertad de expresión, a la vez que inicio uno más en el relato de la opresión.

Es noche fuimos víctimas de la represión a nivel nacional. Los perdigones y las lacrimógenas aparecieron cual plaga hiriendo y destrozando vidas. Esa noche incluso pude sentir como una especie de martillazo endemoniado dejaba en mi rostro una cicatriz para nunca olvidar lo duro que golpea la represión de un gobierno militarista.

No obstante, ese acto de tiranía desenfrenada por parte de un hombre en contra de las mayorías, logró gestar un llamado a la conciencia en la conducción de la resistencia contra el autoritarismo, y así vimos como desde las universidades jóvenes de todas las clases sociales decidimos ser un factor decisivo en la conducción política de nuestro país; nació el movimiento estudiantil de 2007. Del que formaron parte quienes precisamente hoy dirigen la resistencia contra la dictadura de Nicolás Maduro, y del que en mayor o menor grado formamos parte mucho de los que hoy cumplimos funciones como servidores públicos en las instituciones ganadas como espacios para la democracia.
Desde vicepresidente de la Asamblea Nacional, diputados, alcaldes, concejales, funcionarios, profesores, jefes de partidos, pasando por presos o perseguidos políticos, militantes, activistas y luchadores por la democracia en general tenemos en el movimiento de renovación política que tuvo en el cierre de RCTV un referente para el llamado a la acción.

Ahora bien, hoy no solo la libertad de expresión se encuentra secuestrada por la dictadura. La democracia corre el riesgo de ser ajusticiada luego de que los traficantes del poder que integran el partido nacionalsocialista unido de Venezuela junto a los gorilas rabiosos de las fuerzas armadas y sus paramilitares la han violado, torturado, vejado y humillado. A falta de recursos para mantener el aparato clientelar, la dictadura pretende extorsionarnos y hacernos entregar el futuro a cambio de que paguemos con nuestra libertad.


La dictadura sigue insistiendo en cerrar las puertas del siglo XXI a Venezuela. Pero hoy somos millones los que en las calles no descansaremos hasta ver libres a los prisioneros de esta oscura etapa de nuestra historia. ¡VOLVERÁ RCTV Y TAMBIÉN VOLVERÁ LA LIBERTAD A VENEZUELA!

sábado, 28 de enero de 2017

LA REPÚBLICA ADOLESCENTE Y LA ADULTEZ DEMOCRÁTICA



En medio de la peor crisis económica, social, política y ética de nuestra historia, a menudo escuchamos las más diversas opiniones diletantes sobre la causa principal de nuestra desgracia nacional. Hoy hasta cierta parte de la élite política sin mayor descaro desplaza el locus hacia las masas, el pueblo o la ciudadanía: “la gente es la culpable por haber votado por Chávez”, “por ser tan pasiva”, “tan conformista”. Eso y otras expresiones casi psicoanalíticas exclaman sin siquiera haber pensado en los elementos complejos que nos han conducido a este oscuro presente. Quizás sin proponérselo políticos e intelectuales han caído como presa fácil del “fatalismo latinoamericano” que bien abordó Ignacio Martín-Baró en su texto Psicología de la liberación.

Sin embargo, la historia maestra vita vuelve a ser una opción pertinente para comprender las causalidades y no las casualidades que explican un presente decadente, en el que nos movemos cual cardumen atacado por depredadores que aparecen desde todas  las direcciones.

La historia de Venezuela es más que el devenir de la desgracia de un territorio colonizado y poblado por los peores conquistadores españoles, que además fue un espacio de desarrollo marginal para la corona española durante el periodo colonial (leyenda negra sobre la conquista). La discutida teoría de la “H”, planteada por Cornelius Osgood en 1943 como forma de explicar el poblamiento aborigen del hoy territorio venezolano puede dar luces sobre la dispersión de los grupos humanos que durante el periodo precolombino poblaron nuestro territorio, lo cual, una vez iniciado el proceso de conquista y poblamiento español en 1498, se tradujo en un largo itinerario hacia la dominación de un vasto y accidentado territorio, así como de sus habitantes. La no existencia de grandes culturas unificadas, como el caso de los aztecas o los incas, propició una dinámica intermitente, signada por avances y retrocesos; lo cual además se refuerza por el hecho demostrado de que todavía a finales del siglo XVIII el proceso de conquista y poblamiento del sur del territorio seguía en pleno desarrollo.

En términos político-administrativos este proceso se tradujo en un lento desarrollo de las instituciones coloniales, representadas en principio por los cabildos y las gobernaciones. En este orden, solo a finales del siglo XVIII con las Reformas Borbónicas es que aparecen las instituciones formales que hacen más funcional el gobierno provincial. De manera que la dependencia administrativa y judicial de una parte del territorio hacia Santo Domingo y la otra hacia la Nueva Granada llega a su fin, dando paso a la configuración de un gobierno colonial con pleno ejercicio de competencias basado en instituciones que tomaron como asiento la ciudad de Caracas (Intendencia de Ejército y Real Hacienda, Capitanía General, Real Audiencia, Real Consulado y Arzobispado).  

Es decir, a principios del siglo XIX, pocos años antes de que se produjera la ruptura del nexo colonial (independencia), Venezuela apenas comenzaba a experimentar los signos de civilización que más de cien años atrás habían conocido la Nueva España (México), la Nueva Granada (Colombia) y el Alto Perú.

La guerra civil, como describió Laureano Vallenilla Lanz a la independencia de Venezuela, además de altamente destructiva, se extendió por más de diez años desde 1812, dejando profundas heridas en todos los estratos sociales en todo el territorio nacional. Una guerra en la que confluyeron hombres surgidos de todas las clases sociales, se tornó prontamente en un enfrentamiento fratricida movido por los resentimientos de clase y que fue encausado de manera muy inteligente por los llamados padres de la patria bajo las banderas de la independencia en contraposición de la obediencia real. El odio inicial fue de esta forma sustituido por ideales republicanos y de integración.  

La República a partir de 1830 inicia un nuevo capítulo histórico, pero no como expresión de democracia y civilidad: los herederos de las luchas independentistas, los próceres devenidos en versiones caribeñas de los señores feudales se disputarían por casi cincuenta años el control del territorio y sus relativas riquezas. En 1859 esta conflictividad se matizaría con la ya evidente crisis social derivada de un modelo de desarrollo desigual (por no decir inexistente), y en tal sentido las banderas de la “federación” dieron cobijo a los resentimientos no superados con la independencia.

En la segunda mitad del siglo XIX los “campeones” de la federación, en términos del discurso se arrogarían el derecho de conducir a la nación hacia la civilidad y la democracia, pero sin que ninguno se atreviera a aflojar la cadena de la represión debida de parte de quien en condición de pater familias orientaba los rumbos de un país aún adolescente.

El siglo XX marca solo un cambio temporal convencional, pues la tiranía gomecista fue el mejor indicador de que la cultura política y social del “1900” llegaría con casi treinta y cinco años de retraso. A la par, del subsuelo brotaba una inagotable fuente de riquezas que permitiría al país experimentar un tipo de desarrollo del que ya parte de América Latina se regodeaba. Una nación párvula finalmente adquiría los medios materiales para ejercer la libertad económica que de cierto modo también movió a los padres de la patria a defender la idea de independencia.

Y con el surgimiento de la riqueza petrolera se reforzó también la idea de democracia. Pero no sin antes pasar treinta años para que la nueva clase política civil lograra los acuerdos mínimos para establecer un tipo de gobernabilidad impulsada por el deseo de progreso y no el espíritu de vindicta social. De forma que entre 1928 y 1958 sucede un proceso dialéctico que permite decantar las formas ideológicas que servirían de pilares institucionales al proyecto democrático liberal al que ha hecho referencia en distintos textos Germán Carrera Damas. La socialdemocracia y el socialcristianismo sustituyen al liberalismo y al conservadurismo que solo servían como etiquetas nominales a las montoneras que, dirigidas por caudillos, se batieron por el poder durante el siglo XIX.

A diferencia de la independencia y la federación, la democracia no era el fin aparente del resentimiento solapado entre los grupos sociales. La democracia no fue una bandera para poner fin a los privilegios del rey o de la oligarquía, sino un medio para incorporar a las mayorías en la toma de decisiones nacionales. Ni siquiera se trató de un acto contra las Fuerzas Armadas, pues parte de las mismas participarían activamente en la consolidación de un modelo de obediencia debida hacia la autoridad civil legítimamente electa. Parecía que en adelante no habría charretera que valiera más que la inmunidad parlamentaria. La democracia además, al menos entre 1958 y 1983 fue claro sinónimo de progreso nacional.

No obstante, el fantasma del resentimiento, del oportunismo y de la montonera, acicateado por una izquierda privilegiada que vivía del poder, pero enfrascada en suprimir el sistema, aunado a la ausencia de mecanismos para la formación y relevo de la clase dirigente, terminó por traspasar la toma de decisiones a los pulperos de la miseria, a los capataces del odio y los traficantes del poder. La élite que dio forma al modelo de democracia venezolana fue sustituida por mercaderes de la oportunidad y cofradías militaristas de inclinación totalitaria.

Estos elementos jugaron claramente a favor de la profundización de la desigualdad, la miseria y el odio social, logrando que en 1998, bajo las premisas del desquite, Hugo Chávez accediera al poder teniendo como una de sus proposiciones discursivas principales el “freír en aceite” las cabezas de los integrantes de los cogollos de los partidos políticos.

El resentimiento que una vez impulsó a Boves en la sanguinaria persecución de los criollos defensores de la independencia, el odio que propicio la declaración de “Guerra a Muerte” en 1813, el que hizo de Zamora el campeón de la federación, el de quienes se sujetaron a la creencia en un mesías militar, hizo posible la instauración de un tipo de gobierno cimentado sobre el rentismo, el asistencialismo social, el nepotismo, el sectarismo y el terrorismo de Estado hacia los hombres y mujeres negados a ser parte de la sociedad de cómplices que hoy decide los destinos de Venezuela.

Ahora bien, ¿Qué nos queda como lección?

Sin duda alguna recobrar la vigencia de la República Democrática jamás podrá ser un acto de desesperación impulsado por quienes desde la anti-política apuestan por la superación de la contingencia sin importar que eso implique comprometer el futuro de muchas más generaciones. Recuperar el ejercicio democrático requiere de desprendimiento, del cese y olvido de los ya muy viejos resentimientos sociales, de la renuncia al oportunismo y a la visión que hace de los espacios de representación popular especies de feudos de los partidos políticos, para avanzar hacia la construcción de un modelo funcional caracterizado por la existencia de contrapesos, por la diferenciación entre Estado, gobierno y partido, así como por la existencia de mecanismos no traumáticos para sustituir a quien ha fallado en su ejercicio de gobierno o para tomar las medidas que garanticen el desarrollo de todos los venezolanos por igual.

Hoy cuando al igual que hace cien años no hemos logrado entrar al nuevo siglo, se hace ineludible un ejercicio de reflexión para hacer de la democracia el mejor mecanismo para la protección de nuestros más preciados logros republicanos: la libertad, la igualdad ante la ley, la justicia, la alteridad, la responsabilidad y el esfuerzo como medios para lograr el desarrollo individual y colectivo.

Sin querer hacer del análisis histórico un poema cursi, la mejor vía para superar un modelo político impulsado por el resentimiento y el espíritu de desquite sin duda debe ser la democracia como espacio para la amplitud, la comprensión y la diversidad. Valga citar un extracto de las palabras de Rómulo Betancourt en la introducción de la colección Pensamiento Político Venezolano del Siglo XIX,  cuando señalaba que en el fondo

“Los padres de la patria no se propusieron signar en los mapas parcelamientos nacionales, cerrados lotes para el regodeo de caudillos y de castas. Quisieron ante todo, forjar una conciencia republicana, un sentimiento democrático, fórmulas de convivencia que hicieran posibles las contradicciones que encierra la lucha política”.

He aquí una puntual y clara orientación surgida desde nuestro propio pensamiento político nacional, desde nuestra cultura democrática, desde todo lo que podemos ser una vez asumamos horizontes de expectativa en sustitución de la memoria del resentimiento.