sábado, 7 de abril de 2012

TRANSICIÓN Y CONCIENCIA HISTÓRICA.
Todos aquellos que se integraron a la vida terrena entre los años de una párvula Venezuela convertida en trust petrolero, y lo que aún parecía una inacabable luna de miel entre el pueblo de Bolívar y un medico oriental venido a presidente –a pesar de la oscuridad de un viernes 18 de febrero- cuentan en su existencia con una cualidad que los aproxima con hombres y mujeres de finales del siglo XV y principios del siglo XVI del mundo, hasta esa época conocido, por los europeos. Una especie de transición hacia, o lo que un buen marxista habría de llamar “salto cualitativo”. Y esa cualidad no es otra que la quizás desdeñoso virtud de poder observar hacia adelante y también hacia atrás desde el presente –a pesar de que esto ya no suele hacerse con tanta frecuencia-, de tener un casi innato olfato para adentrarse en lo complejo por cabalgar entre la última de las generaciones analógicas y monocromáticas, y la primera que en su partida de nacimiento tiene el digital como adjetivo.
Paradójicamente ambas formadas en respectivas bonanzas catalizadoras del efecto invernadero, y en similares “desilusiones” del bienestar. Quienes por su parte han tenido la desventura de estar en la incertidumbre de la mitad del camino cuestionan si Sísifo se resignó a no encumbrar su roca condenatoria o a vivir en la quimera de que al encumbrarla se acabará el sempiterno martirio. La verdad es que la generación post-boba en buena parte de los casos parece haber salido de su versión moderna de la mítica caverna platónica, pasando de ver el mundo en blanco y negro (las sombras) a la versión a todo color y en High Definition (el mundo fuera de la caverna) en la que la humanidad, contrariamente, ya no parece tan humana.
Colosal entonces se ha erigido la tarea de sortear un proceso dialéctico entre los principios fundamentales de la llamada contracultura de los años 60 y 70 por un lado, y el paradigma de pensamiento MTV por el otro.  Se trata de una extraña combinación de entusiasmo y desdén en un conflicto disipativo que involucra la melancolía por el acetato, las imágenes en sepia,  por los archivos magnetofónicos, por el texto escrito como fundamental fuente de conocimiento, y la información y comunicación simplificadas en siglas, apocopes de dudosa explicación gramatical, o píxeles. Como tribulación anti-natura  encontramos en esto un movimiento entrópico orientado hacia el rancio anacronismo y la idea de la vida en las no-palabras.
Ahora bien, siendo una especie de anatema la equidistancia generacional, también tiene visos de virtud. Y sobre todo si una perspectiva colocada entre dos aguas, cual Demiurgo que puede mirar en direcciones opuestas, puede penetrar en el orden subyacente de las realidades humanas y apuntar hacia una nueva concepción del mundo que busque armonizar definitivamente el devenir histórico que nos ha colocado como sociedad del presente y un futuro que deje de ser espejismo para volver a ser incertidumbre. ¿Acaso ya los ciudadanos del mundo no han optado por el pesimismo ante el endémico providencialismo cultural, político e incluso científico?
La idea teleológica que hunde sus raíces en el cristianismo medieval, y que luego se mimetiza en el plano del racionalismo moderno y contemporáneo –positivismo, marxismo y todos los “ismos” por igual- terminó por provocar en Clío el efecto de una mirada  gorgónica, convirtiéndola en roca con expresión pavorosa  e indemne. En tal sentido, sin que la generación modal pretenda encarnar a Perseo, su condición de estrato en movimiento, en transición, obliga a la misma a propugnar por una visión que considere que así como los elementos que definen a los hechos históricos en función de su espacialidad y su temporalidad no son invariables, tampoco podrían serlo los enfoques metodológicos, conceptuales e interpretativos. De donde surge que la labor de un historiador en su condición de científico social debe ir más allá de la búsqueda del hecho cual tesoro en el mar –heurística a lo Disney-, para enfocarse en las cambiantes consecuencias e interpretaciones de los mismos a través de distintas épocas. El reto está entonces en que la generación post-boba deje de ser abismo entre lo pretérito y lo ulterior, y en su lugar apele a una condición dual de onda y partícula conectora de los sucesos e ideas del mundo por el que a diario transitamos.
Seguir escribiendo en “el fondo del mar” o en la “espalda del sol” solo ha de conducirnos al orgasmo teórico-conceptual luego de una sesión de onanismo académico. Desde los pasos de Von Ranke hemos desarrollado la capacidad de resolver los problemas de nuestros pueblos ya muertos, pero en el presente hemos hecho plop ante las complejidades de ciudades y pueblos donde se entretejen barrios, urbanizaciones, esnobismo, indigencia, delincuencia, inacción; ante sociedades que se defecan en el sentido común y la ciudadanía, mientras festejan la muerte o la llegada de la última de los dioses electrónicos.
Cerrar los ojos no es sana opción entonces cuando se poseen ocho sentidos más y un cerebro majadero. El análisis social, económico y cultural ya no quiere ser solo de los políticos, de los clérigos, de los académicos de mármol o de los iluminados. Resulta pues imperativa una conciencia de que en la existencia cotidiana hacemos historia. Y  más que eso, una conciencia meta-histórica, pero no en sentido de las grandes narrativas cuestionadas por Lyotard en su visión sobre posmodernidad, sino en el de cualidad cognitiva; es decir, hacer historia en conocimiento de que se está haciendo historia. ¿Acaso con esto he resuelto el problema de la objetividad en el conocimiento histórico? No, puesto que ese es un problema de los periodistas del pasado, y además porque en breves diálogos con las letras de Mommsen ya había superado ese escollo.
Individuos, grupos, pueblos y sociedades deben dejar de ser meros inquilinos del tiempo y espacio para ejercer como propietarios de conciencias epocales. Dejemos los problemas intestinos de vecindad de cementerio, huyamos de las inclinaciones astrológicas, y comencemos por resolver, o al menos comprender, el origen de nuestras contradicciones presentes. Con la Historia como maestra de vida, quizás, comencemos a encontrar reales significados del devenir que nos ha colocado en el “aquí” y el “ahora”.

UNA DEFENSA GENERACIONAL: LA VIDA MÁS ALLÁ DE 140 CARACTERES.
Sin temor a ser cuestionado, suelo pensar que la época que nos ha tocado vivir, independientemente de las dificultades, es cualitativamente mejor que las anteriores. El respeto a los derechos humanos, el acceso a calidad de vida e información, la observancia de la integridad de la mujer, los niños, adultos mayores y grupos de diversidad sexual, como en ningún otro tiempo  hacen que miremos el pasado con cierta actitud de alivio y de esperanza por el presente.
Una de las cosas destacables de vivir en esta época en el diario trabajo dentro de un aula de clases –como docente y estudiante- es la de poder descubrir interesantes facetas de personas pertenecientes a distintos grupos generacionales. No deja de sorprender la capacidad que pueden tener algunas de estas, tantos los curtidos de experiencia como los adolescentes empeñados en adelantarse hacia la adultez. Sin embargo, tampoco deja de asombrar ver a una joven humanidad empeñada en no dejar ninguna huella importante de su existencia más allá de la simpleza del respirar, comer, dormir y excretar. 
Hasta aquí probablemente lo que buscan estas palabras es hacer público el barullo mental que me ha causado el encontrarme cada vez más imposibilitado de comprender a las noveles generaciones, quizás por haber envejecido mentalmente a un ritmo más acelerado que el somático (recordando una lectura de un texto sobre filosofía de José Ortega y Gasset). Admito pues que mi posición es enteramente personal; derivada de la observación en distintos contextos, por lo demás, perfectamente calificable de arbitraria. Empero, al ser corolario de las elucubraciones de una generación transicional entre el mundo “predigital” y la “sociedad de la tecnología y la información”, envuelve cierta profundidad de criterio para hacer juicios sobre la dimensión ontológica de nuestros tiempos.
Como las pretéritas y las ulteriores, la generación a la que pertenezco se formó en ese característico proceso dialéctico de colocarse en franco antagonismo de todo aquello que nos aventajara en edad o amenazara nuestros intereses como segmento etario con valores propios. De esta forma sentimos a la juventud como un patrimonio exclusivo y al igual que nuestras predecesoras, poco dispuestos estuvimos y estamos aún a renunciar a ella.
Paralelamente parte de nosotros encontró en el tiempo un maestro que nos enseñó sus virtudes intrínsecas. Y a los que decidimos por las humanidades y las ciencias sociales como eje de nuestras vidas profesionales, se nos despertó un extraño dejo de melancolía por lo que ahora solo forma parte de la memoria individual/colectiva generacional –cuestión que no es exclusiva-. De todo lo cual se desprendió una enseñanza vinculada a la valoración de las tres dimensiones del tiempo en que se mueve el pensamiento humano: el pasado, el presente y el futuro.
Y con esos preconceptos nos tocó enfrentarnos a una de las épocas más “nihilistas” de la historia de la humanidad; en la que el “eterno adolescente” en que se ha convertido el mundo, más que dejar de creer en algo, lo que no quiere es pensarse a sí mismo; paradójicamente, nada más y nada menos que en la era de la información y la tecnología.
Y todavía más cuando esta última avanza propulsada por turbinas supersónicas mientras nuestra conciencia se ralentiza hasta quedarse estancada, esperando a la orilla del camino, temerosa de llegar a una meta y de que quienes vienen más atrás la sobrepasen. La tecnología de esta forma nos facilita tanto la vida que inclusive nos comienza a ahorrar la tarea de ‘pensar’, de manejar opciones. De esta forma el intelecto dejó de estar de “moda” para darle paso al imperio sapiente de  los dioses ‘pixelados’ de la era digital –una nueva versión de los ‘Idola fori’ de Bacon-. 
Todo parece subjetivarse y relativizarse en función de nuestra incapacidad para ver más allá del orden aparente e intentar imaginar o representar las estructuras subyacentes que dan vida y sentido a las cosas. Avanzamos entonces hacia un mundo en el que “poeta” puede ser un rapero callejero que sabe rimar “tetas” con “letras”; “pintor” un grafitero drogadicto; “escritor” un esnob periodista de farándula; “científico” un astrólogo; “analista político” alguien que solo descalifica e insulta a sus adversarios a través de los foros de un portal de noticias, y “filósofo” un famoso que luego de años de vida licenciosa se da cuenta que sabe razonar. Cabe preguntarse: ¿En qué momento dejamos de pensar que el arte, la ciencia, la filosofía, para ser lo que son, parten del acto consciente de ‘conocer que conocemos’? (tomar conciencias de la capacidad de conocer, o lo que en el plano psicopedagógico se llama “metacognición”), ¿Cuándo dejamos de notar que para llegar a los niveles superiores del pensamiento humano debemos en principio ‘pensar’?
Aunado a esto consideremos que cada generación desarrolla una concepción particularísima del tiempo en función de la época que le ha tocado vivir: a medida que avanzamos sobre él, cada una parece tornarlo más rápido, más estrecho, más prescindible. Revelador sería por tanto que en la sociedad de la información los legados intelectuales generacionales duran cada vez menos, y no solo por la potencial debilidad de sus postulados fundamentales, sino porque en sentido estricto se invierte menos tiempo en el humanísimo acto de “pensar”. Como agregado, la vida sufre una tirantez en la carrera por hacer de la existencia un “reality” encapsulado en unos pocos minutos, en el que todos queremos posar cual modelos y expresarnos en no más de ciento cuarenta caracteres.
Es necesario decirlo entonces: ¡Nuestro mundo se está quedando progresivamente sin generaciones de relevo! Pues fuera del presente parece ya no interesar otra dimensión de tiempo. La información se multiplica por su infinita expresión, pero los receptores y procesadores de la misma desaparecen cual especies en inevitable proceso de extinción.  Lo “chévere” pesa más que lo “complejo”; lo “sexy” es una etiqueta genérica que el “eterno adolescente” solo le coloca a lo que está en capacidad de comprender y asimilar con el mínimo trabajo sináptico. Y los que rebasamos la barrera de los veinte y tantos, majaderos de esta época, nos convertimos a la sazón, en una prematura nueva generación de adultos mayores. 
No obstante, en este plano de cosas, y a manera de defensa generacional, huelga decir que si bien nos podrían designar como el remedo de la llamada “generación boba”, las más nuevas nos demuestran que, al menos, no somos los últimos de la fila. En todo caso finalizo considerando que el humilde conocimiento del devenir histórico hace que valga la pena expresar a toda la humanidad de manera categórica: ¡BIENVENIDOS A LA EDAD DE LA BOBERÍA 2.0!