TRANSICIÓN
Y CONCIENCIA HISTÓRICA.
Todos aquellos que se integraron a la vida terrena entre los años de
una párvula Venezuela convertida en trust
petrolero, y lo que aún parecía una inacabable luna de miel entre el pueblo de
Bolívar y un medico oriental venido a presidente –a pesar de la oscuridad de un
viernes 18 de febrero- cuentan en su existencia con una cualidad que los aproxima
con hombres y mujeres de finales del siglo XV y principios del siglo XVI del mundo,
hasta esa época conocido, por los europeos. Una especie de transición hacia, o
lo que un buen marxista habría de llamar “salto cualitativo”. Y esa cualidad no
es otra que la quizás desdeñoso virtud de poder observar hacia adelante y
también hacia atrás desde el presente –a pesar de que esto ya no suele hacerse
con tanta frecuencia-, de tener un casi innato olfato para adentrarse en lo
complejo por cabalgar entre la última de las generaciones analógicas y
monocromáticas, y la primera que en su partida de nacimiento tiene el digital como adjetivo.
Paradójicamente ambas formadas en respectivas
bonanzas catalizadoras del efecto invernadero, y en similares “desilusiones”
del bienestar. Quienes por su parte han tenido la desventura de estar en la
incertidumbre de la mitad del camino
cuestionan si Sísifo se resignó a no encumbrar su roca condenatoria o a vivir
en la quimera de que al encumbrarla se acabará el sempiterno martirio. La
verdad es que la generación post-boba en buena parte de los casos parece haber
salido de su versión moderna de la mítica caverna platónica, pasando de ver el
mundo en blanco y negro (las sombras) a la versión a todo color y en High Definition (el mundo fuera de la
caverna) en la que la humanidad, contrariamente, ya no parece tan humana.
Colosal entonces se ha erigido la tarea de
sortear un proceso dialéctico entre los principios fundamentales de la llamada contracultura de los años 60 y 70 por un
lado, y el paradigma de pensamiento MTV
por el otro. Se trata de una extraña
combinación de entusiasmo y desdén en un conflicto disipativo que involucra la
melancolía por el acetato, las imágenes en sepia, por los archivos magnetofónicos, por el texto
escrito como fundamental fuente de conocimiento, y la información y
comunicación simplificadas en siglas, apocopes de dudosa explicación
gramatical, o píxeles. Como tribulación anti-natura encontramos en esto un movimiento entrópico
orientado hacia el rancio anacronismo y la idea de la vida en las no-palabras.
Ahora bien, siendo una especie de anatema la
equidistancia generacional, también tiene visos de virtud. Y sobre todo si una
perspectiva colocada entre dos aguas, cual Demiurgo que puede mirar en
direcciones opuestas, puede penetrar en el orden subyacente de las realidades
humanas y apuntar hacia una nueva concepción del mundo que busque armonizar definitivamente
el devenir histórico que nos ha colocado como sociedad del presente y un futuro
que deje de ser espejismo para volver a ser incertidumbre. ¿Acaso ya los
ciudadanos del mundo no han optado por el pesimismo ante el endémico
providencialismo cultural, político e incluso científico?
La idea teleológica que hunde sus raíces en
el cristianismo medieval, y que luego se mimetiza en el plano del racionalismo
moderno y contemporáneo –positivismo, marxismo y todos los “ismos” por igual-
terminó por provocar en Clío el efecto de una mirada gorgónica, convirtiéndola en roca con
expresión pavorosa e indemne. En tal
sentido, sin que la generación modal pretenda encarnar a Perseo, su condición
de estrato en movimiento, en transición, obliga a la misma a propugnar por una
visión que considere que así como los elementos que definen a los hechos
históricos en función de su espacialidad y su temporalidad no son invariables,
tampoco podrían serlo los enfoques metodológicos, conceptuales e
interpretativos. De donde surge que la labor de un historiador en su condición
de científico social debe ir más allá de la búsqueda del hecho cual tesoro en
el mar –heurística a lo Disney-, para
enfocarse en las cambiantes consecuencias e interpretaciones de los mismos a
través de distintas épocas. El reto está entonces en que la generación
post-boba deje de ser abismo entre lo pretérito y lo ulterior, y en su lugar
apele a una condición dual de onda y partícula conectora de los sucesos e ideas
del mundo por el que a diario transitamos.
Seguir escribiendo en “el fondo del mar” o en
la “espalda del sol” solo ha de conducirnos al orgasmo teórico-conceptual luego
de una sesión de onanismo académico. Desde los pasos de Von Ranke hemos
desarrollado la capacidad de resolver los problemas de nuestros pueblos ya
muertos, pero en el presente hemos hecho plop
ante las complejidades de ciudades y pueblos donde se entretejen barrios,
urbanizaciones, esnobismo, indigencia, delincuencia, inacción; ante sociedades
que se defecan en el sentido común y la ciudadanía, mientras festejan la muerte
o la llegada de la última de los dioses electrónicos.
Cerrar los ojos no es sana opción entonces cuando
se poseen ocho sentidos más y un cerebro majadero. El análisis social, económico
y cultural ya no quiere ser solo de los políticos, de los clérigos, de los
académicos de mármol o de los iluminados. Resulta pues imperativa una
conciencia de que en la existencia cotidiana hacemos historia. Y más que eso, una conciencia meta-histórica, pero
no en sentido de las grandes narrativas cuestionadas por Lyotard en su visión
sobre posmodernidad, sino en el de cualidad cognitiva; es decir, hacer historia
en conocimiento de que se está haciendo historia. ¿Acaso con esto he resuelto el
problema de la objetividad en el conocimiento histórico? No, puesto que ese es
un problema de los periodistas del pasado, y además porque en breves diálogos
con las letras de Mommsen ya había superado ese escollo.
Individuos, grupos, pueblos y sociedades
deben dejar de ser meros inquilinos del tiempo y espacio para ejercer como
propietarios de conciencias epocales. Dejemos los problemas intestinos de
vecindad de cementerio, huyamos de las inclinaciones astrológicas, y comencemos
por resolver, o al menos comprender, el origen de nuestras contradicciones
presentes. Con la Historia como maestra de vida, quizás, comencemos a encontrar
reales significados del devenir que nos ha colocado en el “aquí” y el “ahora”.
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