UNA DEFENSA GENERACIONAL: LA VIDA MÁS ALLÁ DE 140 CARACTERES.
Sin temor a ser cuestionado,
suelo pensar que la época que nos ha tocado vivir, independientemente de las
dificultades, es cualitativamente mejor que las anteriores. El respeto a los
derechos humanos, el acceso a calidad de vida e información, la observancia de
la integridad de la mujer, los niños, adultos mayores y grupos de diversidad
sexual, como en ningún otro tiempo hacen
que miremos el pasado con cierta actitud de alivio y de esperanza por el
presente.
Una de las cosas destacables de
vivir en esta época en el diario trabajo dentro de un aula de clases –como
docente y estudiante- es la de poder descubrir interesantes facetas de personas
pertenecientes a distintos grupos generacionales. No deja de sorprender la capacidad
que pueden tener algunas de estas, tantos los curtidos de experiencia como los
adolescentes empeñados en adelantarse hacia la adultez. Sin embargo, tampoco
deja de asombrar ver a una joven humanidad empeñada en no dejar ninguna huella
importante de su existencia más allá de la simpleza del respirar, comer, dormir
y excretar.
Hasta aquí probablemente lo que
buscan estas palabras es hacer público el barullo mental que me ha causado el
encontrarme cada vez más imposibilitado de comprender a las noveles generaciones,
quizás por haber envejecido mentalmente a un ritmo más acelerado que el
somático (recordando una lectura de un texto sobre filosofía de José Ortega y
Gasset). Admito pues que mi posición es enteramente personal; derivada de la
observación en distintos contextos, por lo demás, perfectamente calificable de
arbitraria. Empero, al ser corolario de las elucubraciones de una generación
transicional entre el mundo “predigital” y la “sociedad de la tecnología y la
información”, envuelve cierta profundidad de criterio para hacer juicios sobre
la dimensión ontológica de nuestros tiempos.
Como las pretéritas y las
ulteriores, la generación a la que pertenezco se formó en ese característico
proceso dialéctico de colocarse en franco antagonismo de todo aquello que nos
aventajara en edad o amenazara nuestros intereses como segmento etario con
valores propios. De esta forma sentimos a la juventud como un patrimonio
exclusivo y al igual que nuestras predecesoras, poco dispuestos estuvimos y
estamos aún a renunciar a ella.
Paralelamente parte de nosotros
encontró en el tiempo un maestro que nos enseñó sus virtudes intrínsecas. Y a
los que decidimos por las humanidades y las ciencias sociales como eje de
nuestras vidas profesionales, se nos despertó un extraño dejo de melancolía por
lo que ahora solo forma parte de la memoria individual/colectiva generacional
–cuestión que no es exclusiva-. De todo lo cual se desprendió una enseñanza
vinculada a la valoración de las tres dimensiones del tiempo en que se mueve el
pensamiento humano: el pasado, el presente y el futuro.
Y con esos preconceptos nos tocó
enfrentarnos a una de las épocas más “nihilistas” de la historia de la
humanidad; en la que el “eterno adolescente” en que se ha convertido el mundo, más
que dejar de creer en algo, lo que no quiere es pensarse a sí mismo; paradójicamente,
nada más y nada menos que en la era de la información y la tecnología.
Y todavía más cuando esta última avanza
propulsada por turbinas supersónicas mientras nuestra conciencia se ralentiza
hasta quedarse estancada, esperando a la orilla del camino, temerosa de llegar
a una meta y de que quienes vienen más atrás la sobrepasen. La tecnología de
esta forma nos facilita tanto la vida que inclusive nos comienza a ahorrar la
tarea de ‘pensar’, de manejar opciones. De esta forma el intelecto dejó de
estar de “moda” para darle paso al imperio sapiente de los dioses ‘pixelados’
de la era digital –una nueva versión de los ‘Idola
fori’ de Bacon-.
Todo parece subjetivarse y
relativizarse en función de nuestra incapacidad para ver más allá del orden
aparente e intentar imaginar o representar las estructuras subyacentes que dan
vida y sentido a las cosas. Avanzamos entonces hacia un mundo en el que “poeta”
puede ser un rapero callejero que sabe rimar “tetas” con “letras”; “pintor” un
grafitero drogadicto; “escritor” un esnob periodista de farándula; “científico”
un astrólogo; “analista político” alguien que solo descalifica e insulta a sus
adversarios a través de los foros de un portal de noticias, y “filósofo” un famoso que luego de años de vida
licenciosa se da cuenta que sabe razonar. Cabe preguntarse: ¿En qué momento
dejamos de pensar que el arte, la ciencia, la filosofía, para ser lo que son,
parten del acto consciente de ‘conocer que conocemos’? (tomar conciencias de la
capacidad de conocer, o lo que en el plano psicopedagógico se llama
“metacognición”), ¿Cuándo dejamos de notar que para llegar a los niveles
superiores del pensamiento humano debemos en principio ‘pensar’?
Aunado a esto consideremos que
cada generación desarrolla una concepción particularísima del tiempo en función
de la época que le ha tocado vivir: a medida que avanzamos sobre él, cada una
parece tornarlo más rápido, más estrecho, más prescindible. Revelador sería por
tanto que en la sociedad de la información los legados intelectuales generacionales
duran cada vez menos, y no solo por la potencial debilidad de sus postulados
fundamentales, sino porque en sentido estricto se invierte menos tiempo en el
humanísimo acto de “pensar”. Como agregado, la vida sufre una tirantez en la
carrera por hacer de la existencia un “reality” encapsulado en unos pocos
minutos, en el que todos queremos posar cual modelos y expresarnos en no más de
ciento cuarenta caracteres.
Es necesario decirlo entonces: ¡Nuestro
mundo se está quedando progresivamente sin generaciones de relevo! Pues fuera
del presente parece ya no interesar otra dimensión de tiempo. La información se
multiplica por su infinita expresión, pero los receptores y procesadores de la
misma desaparecen cual especies en inevitable proceso de extinción. Lo “chévere”
pesa más que lo “complejo”; lo “sexy”
es una etiqueta genérica que el “eterno adolescente” solo le coloca a lo que
está en capacidad de comprender y asimilar con el mínimo trabajo sináptico. Y los
que rebasamos la barrera de los veinte y tantos, majaderos de esta época, nos
convertimos a la sazón, en una prematura nueva generación de adultos
mayores.
No obstante, en este plano de
cosas, y a manera de defensa generacional, huelga decir que si bien nos podrían
designar como el remedo de la llamada “generación boba”, las más nuevas nos
demuestran que, al menos, no somos los últimos de la fila. En todo caso
finalizo considerando que el humilde conocimiento del devenir histórico hace
que valga la pena expresar a toda la humanidad de manera categórica: ¡BIENVENIDOS
A LA EDAD DE LA BOBERÍA 2.0!
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