sábado, 7 de abril de 2012


UNA DEFENSA GENERACIONAL: LA VIDA MÁS ALLÁ DE 140 CARACTERES.
Sin temor a ser cuestionado, suelo pensar que la época que nos ha tocado vivir, independientemente de las dificultades, es cualitativamente mejor que las anteriores. El respeto a los derechos humanos, el acceso a calidad de vida e información, la observancia de la integridad de la mujer, los niños, adultos mayores y grupos de diversidad sexual, como en ningún otro tiempo  hacen que miremos el pasado con cierta actitud de alivio y de esperanza por el presente.
Una de las cosas destacables de vivir en esta época en el diario trabajo dentro de un aula de clases –como docente y estudiante- es la de poder descubrir interesantes facetas de personas pertenecientes a distintos grupos generacionales. No deja de sorprender la capacidad que pueden tener algunas de estas, tantos los curtidos de experiencia como los adolescentes empeñados en adelantarse hacia la adultez. Sin embargo, tampoco deja de asombrar ver a una joven humanidad empeñada en no dejar ninguna huella importante de su existencia más allá de la simpleza del respirar, comer, dormir y excretar. 
Hasta aquí probablemente lo que buscan estas palabras es hacer público el barullo mental que me ha causado el encontrarme cada vez más imposibilitado de comprender a las noveles generaciones, quizás por haber envejecido mentalmente a un ritmo más acelerado que el somático (recordando una lectura de un texto sobre filosofía de José Ortega y Gasset). Admito pues que mi posición es enteramente personal; derivada de la observación en distintos contextos, por lo demás, perfectamente calificable de arbitraria. Empero, al ser corolario de las elucubraciones de una generación transicional entre el mundo “predigital” y la “sociedad de la tecnología y la información”, envuelve cierta profundidad de criterio para hacer juicios sobre la dimensión ontológica de nuestros tiempos.
Como las pretéritas y las ulteriores, la generación a la que pertenezco se formó en ese característico proceso dialéctico de colocarse en franco antagonismo de todo aquello que nos aventajara en edad o amenazara nuestros intereses como segmento etario con valores propios. De esta forma sentimos a la juventud como un patrimonio exclusivo y al igual que nuestras predecesoras, poco dispuestos estuvimos y estamos aún a renunciar a ella.
Paralelamente parte de nosotros encontró en el tiempo un maestro que nos enseñó sus virtudes intrínsecas. Y a los que decidimos por las humanidades y las ciencias sociales como eje de nuestras vidas profesionales, se nos despertó un extraño dejo de melancolía por lo que ahora solo forma parte de la memoria individual/colectiva generacional –cuestión que no es exclusiva-. De todo lo cual se desprendió una enseñanza vinculada a la valoración de las tres dimensiones del tiempo en que se mueve el pensamiento humano: el pasado, el presente y el futuro.
Y con esos preconceptos nos tocó enfrentarnos a una de las épocas más “nihilistas” de la historia de la humanidad; en la que el “eterno adolescente” en que se ha convertido el mundo, más que dejar de creer en algo, lo que no quiere es pensarse a sí mismo; paradójicamente, nada más y nada menos que en la era de la información y la tecnología.
Y todavía más cuando esta última avanza propulsada por turbinas supersónicas mientras nuestra conciencia se ralentiza hasta quedarse estancada, esperando a la orilla del camino, temerosa de llegar a una meta y de que quienes vienen más atrás la sobrepasen. La tecnología de esta forma nos facilita tanto la vida que inclusive nos comienza a ahorrar la tarea de ‘pensar’, de manejar opciones. De esta forma el intelecto dejó de estar de “moda” para darle paso al imperio sapiente de  los dioses ‘pixelados’ de la era digital –una nueva versión de los ‘Idola fori’ de Bacon-. 
Todo parece subjetivarse y relativizarse en función de nuestra incapacidad para ver más allá del orden aparente e intentar imaginar o representar las estructuras subyacentes que dan vida y sentido a las cosas. Avanzamos entonces hacia un mundo en el que “poeta” puede ser un rapero callejero que sabe rimar “tetas” con “letras”; “pintor” un grafitero drogadicto; “escritor” un esnob periodista de farándula; “científico” un astrólogo; “analista político” alguien que solo descalifica e insulta a sus adversarios a través de los foros de un portal de noticias, y “filósofo” un famoso que luego de años de vida licenciosa se da cuenta que sabe razonar. Cabe preguntarse: ¿En qué momento dejamos de pensar que el arte, la ciencia, la filosofía, para ser lo que son, parten del acto consciente de ‘conocer que conocemos’? (tomar conciencias de la capacidad de conocer, o lo que en el plano psicopedagógico se llama “metacognición”), ¿Cuándo dejamos de notar que para llegar a los niveles superiores del pensamiento humano debemos en principio ‘pensar’?
Aunado a esto consideremos que cada generación desarrolla una concepción particularísima del tiempo en función de la época que le ha tocado vivir: a medida que avanzamos sobre él, cada una parece tornarlo más rápido, más estrecho, más prescindible. Revelador sería por tanto que en la sociedad de la información los legados intelectuales generacionales duran cada vez menos, y no solo por la potencial debilidad de sus postulados fundamentales, sino porque en sentido estricto se invierte menos tiempo en el humanísimo acto de “pensar”. Como agregado, la vida sufre una tirantez en la carrera por hacer de la existencia un “reality” encapsulado en unos pocos minutos, en el que todos queremos posar cual modelos y expresarnos en no más de ciento cuarenta caracteres.
Es necesario decirlo entonces: ¡Nuestro mundo se está quedando progresivamente sin generaciones de relevo! Pues fuera del presente parece ya no interesar otra dimensión de tiempo. La información se multiplica por su infinita expresión, pero los receptores y procesadores de la misma desaparecen cual especies en inevitable proceso de extinción.  Lo “chévere” pesa más que lo “complejo”; lo “sexy” es una etiqueta genérica que el “eterno adolescente” solo le coloca a lo que está en capacidad de comprender y asimilar con el mínimo trabajo sináptico. Y los que rebasamos la barrera de los veinte y tantos, majaderos de esta época, nos convertimos a la sazón, en una prematura nueva generación de adultos mayores. 
No obstante, en este plano de cosas, y a manera de defensa generacional, huelga decir que si bien nos podrían designar como el remedo de la llamada “generación boba”, las más nuevas nos demuestran que, al menos, no somos los últimos de la fila. En todo caso finalizo considerando que el humilde conocimiento del devenir histórico hace que valga la pena expresar a toda la humanidad de manera categórica: ¡BIENVENIDOS A LA EDAD DE LA BOBERÍA 2.0! 

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