Cualquier
reflexión sobre lo que representa el 4 de febrero de 1992 pasa por comprender
los elementos vivenciales, de investigación y análisis político que inciden en
un intento de observar un hito de nuestra historia reciente, buscando hacer
confluir múltiples miradas, con el propósito de encontrar lecciones en el
presente, que permitan preparar una nueva democracia e institucionalidad, que
pueda ofrecerse como legado a las generaciones por venir.
Una primera consideración, en términos académicos, apunta a la necesaria revisión de cuatro textos fundamentales, que de manera directa o tributaria han abordado el rol de los protagonistas del día en que el sonido de las balas y lo cañones sustituyeron el canto de gallos y guacamayas de los amaneceres de Caracas; para este caso, en esa recomendación entran los libros ‘Hugo Chávez sin Uniforme’ de Alberto Barrera Tiszka y Cristina Marcano, ‘Habla el Comandante’ del historiador Agustín Blanco Muñoz, ‘La Rebelión de los Náufragos’ de Mirtha Rivero, y ‘Carlos Andrés Pérez: Memorias Proscritas’ de Ramón Hernández y Roberto Giusti.
Una segunda consideración se centra en la anécdota personal. Aquella madrugada del 4 de febrero un hombre de Acción Democrática parecía oler en el ambiente que la democracia sería sometida a uno de sus más difíciles retos: sobrevivir a la embestida de las armas. Mi Papá, un dirigente de esos que formaban parte de la reserva moral y doctrinaria de AD (hasta mediados de los 90’ cuando decidió renunciar al partido) se quedó despierto toda la madrugada y pudo observar en vivo y directo aquel “Extra” de Venevisión, en el que aparecía el Presidente Carlos Andrés Pérez, con un fondo negro y la bandera nacional a un lado, informando de la sublevación de un grupo de militares, de las muestras de solidaridad de presidentes de los demás países hacia la democracia venezolana, llamando a la serenidad y unidad de los venezolanos, anunciando que volvería a hablar en poco tiempo desde el Palacio de Miraflores, donde ya la insurrección había sido controlada.
A esa hora Carlos Andrés Pérez no sabía con quién contaba, pero hábilmente pudo comunicar a tiempo a los venezolanos, y en particular a las Fuerzas Armadas Nacionales, que la democracia seguía vigente.
Al caer la mañana nos dimos cuenta que no debíamos ir a la escuela, porque un grupo de militares quería acabar con la democracia y regresarnos a la dictadura. Pueden imaginarse en ese sentido, la reacción de un niño que venía educándose en los valores de una democracia que se construyó buscando dejar atrás la oprobiosa dictadura perejimenista; y mucho más atrás, la tiranía gomecista.
Después de tantos años de sucesiones democráticas, de que las instituciones civiles fueran, para bien o para mal, el centro del debate de nuestros principales problemas nacionales, el mito del militarismo, del orden y el progreso que solo pueden lograr los hombres de uniforme, hacía tambalear los cimientos de la República.
Sofocada la insurrección militar ya en las horas de la tarde, la mayor parte del país respiraba en calma, entendiendo que la democracia, que ya no era garantía exclusiva de progreso, al menos había ganado el round contra los tanques y las ametralladoras.
La realidad es que la democracia apenas sobrevivió. El faccionalismo y permanente conjura que impidieron la construcción de una civilidad institucional antes de 1958, había puesto en marcha el proyecto de destrucción de Carlos Andrés Pérez, sin importar que la concreción de dicho objetivo podría implosionar lo pilares de un sistema político con frágil institucionalidad.
Mayor alerta para cambiar a tiempo no pudo haber tenido un sistema político que fue víctima de una conjura ejecutada por oficiales superiores de las Fuerzas Armadas Nacionales, de la que tenían conocimiento el Alto Mando Militar, y los jefes de los cogollos partidistas. Algunos mitómanos de la política parecía que habían asumido que eran los titiriteros de una movida que les garantizaría mantenerse como decisores del poder. ¡Craso error!
Aunado a esto, la izquierda perezosa sin duda alguna había encontrado un gran referente para ver cercana la posibilidad el asalto del poder por la vía de las armas, y para dar rienda suelta a sus más profundos resentimientos históricos desde el poder.
La sociedad venezolana en general, que apenas se recuperaba del gran trauma de El Caracazo, cuando vio el centro de Caracas convertido en escenario de guerra a través de las imágenes de los canales nacionales, entraba en un difícil etapa de incertidumbre, en la que cualquier mañana el país podía amanecer dominado por una dictadura militar.
En medio de esto, no hubo una defensa unitaria y contundente de la democracia, ni siquiera por parte de quienes lograron el ascenso social y político gracias al modelo político de consensos partidistas. Más allá de las importantes palabras de apoyo irrestricto a la democracia del ex candidato presidencial Eduardo Fernández, y del incomprendido discurso en el Congreso de David Morales Bello, en los mentideros caraqueños la clase política, empresarial e intelectual murmuraba lamentando que el golpe no hubiese tenido éxito.
Aquel día de 1992 resurgió la idea de que lo que no se lograba a partir de los acuerdos políticos, se podía imponer por la decisión de la versión siglo XX de las charreteras: la boina roja y el brazalete tricolor.
Y para colmo de males, 6 años después, en 1998, no fue posible que ninguna institución frenara el ascenso de quien irrumpió en contra de la democracia, derramando sangre y provocando un gran trauma histórico, para usar esa misma democracia a favor de un proyecto discursivamente colectivista, orientado a crear una nueva clase política burguesa, empoderada a través de los negocios con el Estado, y organizada con lógica militar.
Así como hace 29 años fue herida de muerte la democracia, importante sería no esperar al trigésimo aniversario de aquel día que vivirá en la infamia, para construir una nueva institucionalidad que deje en el pasado la idea de que solo a través del ejercicio autoritario del poder podremos dar solución a nuestros problemas más apremiantes.
Así
como 1992 fue el año de resurgimiento del militarismo, ojalá el 2021 sea el año
del nacimiento de un nuevo espíritu democrático.
