Los andinos sabemos un poco lo que
significa emigrar. Mi querido estado Trujillo experimentó entre los años 30 y
70 del siglo XX un proceso migratorio tan significativo que las tasas de
crecimiento demográfico fueron durante ese periodo de las más pequeñas de
Venezuela.
De todos sus pueblos y caseríos salieron miles de trujillanos y
trujillanas que se dispersaron por todo el país, teniendo como principales
destinos Caracas y Maracaibo. Campesinos en su mayoría que solo sabían labrar
la tierra, muchos otros trabajadores no calificados que gracias a la democracia
aprendieron al menos a leer y escribir, y un pequeño grupo de jóvenes que
escogieron la educación como medio para el ascenso social, convirtiéndose en
destacados profesionales al servicio de tierras distintas a las que los vieron
nacer.
Muy a pesar de que las mayorías solo pasaron a formar parte de
los cinturones de pobreza, el cambio de hábitos alimenticios, y la adopción en
general de las costumbres asociadas a la urbanidad, generaron una ilusión de
bienestar en los emigrantes.
Con el paso de los años, de Caracas o Maracaibo viajaban las
familias en Carnaval, Semana Santa, vacaciones escolares o navidad, traían
cosas que en los pueblitos andinos no se veían, sus acentos ya no eran los de
los parameros, y sus costumbres resultaban hasta extrañas. En esas visitas
llegaba muchas veces lo mejor y lo peor de la accidentada modernidad
venezolana.
El progreso para las familias emigrantes no necesariamente se
tradujo en educación, mejor hábitat, mejores servicios públicos y capacidad de
ahorro, sino en la adquisición de un carro para la familia, un puesto de
trabajo en una trasnacional, una casa de dos plantas en una barriada caraqueña,
o la posibilidad de viajar en bus cama cuando se iba a visitar a "los viejos"
en los Andes.
Los emigrantes, ya caraqueños, pero con raíces andinas, a pesar
de vivir en una sociedad que bien reflejaba las desigualdades de un estado
rentista altamente clientelar y corrupto, poco o nada necesitaban de la
política, debido a que bien rezaba la sabiduría popular: "quien no
trabaja, no come".
Sin embargo, con el avance del chavismo hasta eso llegó a su
fin: por más que se trabajara, conseguir una casa, un taxi para chambear, un
trabajo e incluso una bolsa de comida, requería de demostraciones de lealtad
hacia el gobierno chavista, el partido chavista y los polítiqueros chavistas
del barrio.
Viajar en vacaciones se convirtió en una proeza porque ya no hay
buses, y de paso ahora se debe comprar el efectivo; el chevrolet caprice de la
familia tiene más de un año parado porque no tiene cauchos y tampoco batería;
tampoco se puede llamar todos los días a los abuelos porque las líneas cantv no
sirven.
En medio de esta crisis jamás vivida, los que una vez emigraron
desde los andes hasta Caracas en busca de mejores trabajos, hoy han tenido que
dejar la casa donde los títulos de bachiller enmarcados adornaban la sala, para
emprender la ruta de los caminantes venezolanos a través de los Andes
Suramericanos.
Toca comenzar nuevamente de cero. Así como los viejos llegaron a
Caracas en los 50 y los 60, toca hacer lo mismo, pero en otro país. Ya no habrá
viajes en vacaciones, ya el terminal de La Bandera no será la pocilga que
anuncia que en algunas horas se podrá retornar a la tranquilidad de las montañas
de Trujillo. Hay una historia de vida que no será más. Como los judíos al
regresar a Hungría luego de terminar la Segunda Guerra Mundial, mientras el
chavismo esté en el poder, está ya no será más la tierra de los emigrantes
venezolanos.
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