En Venezuela se ha hablado y se ha generalizado bastante sobre los vicios morales necesarios para ser chavista.
En particular la visión oportunista, la conducta del eterno acreedor, el
individualismo extremo, la capacidad para hilar mentiras, el sentido de
dependencia tóxica, el resentimiento hacia quien trabaja y se exige cada día más
para lograr el ascenso social, entre otros; mismos que no son solo expresión
del chavismo sino de la mala política en su conjunto; en este caso elevada a la enésima
potencia por el gran destructor del capital social venezolano, el teniente
coronel Hugo Chávez-Frías.
Todos tenemos amigos
chavistas, y por mucho cariño que les tengamos, en mayor o menor medida cumplen
con estas características. También mucha gente de la oposición ha adoptado esta
conducta chavista. Pero lo concreto es que en el chavismo esto es
primordialmente un patrón cultural generalizado.
En el chavismo hay
gente de muy mal corazón. Sobre todo los que gobiernan porque ninguno es
conocido por sus méritos de profesionalismo, servicio público a desprendimiento. Son entre otras cosas dirigentes estudiantiles corruptos, sindicalistas reposeros, militares
tramperos, funcionarios públicos matraqueros, etc. No es extraño que
sin necesidad de apelar al asesoramiento cubano, hayan juntado toda esa
experiencia nefasta, pero experiencia al fin, para construir un sistema perfectamente aceitado que configura un
Estado delincuencial, efectivo para robar dinero y votos, secuestrar
condiciones a su favor, modelar la ley en función de sus delitos e incluso
transgredirla cuando ya no se le pueda estirar más.
Algunas de esas
personas, de manera no oficial ya reconocen todos esos vicios, pero por
cuestiones de supervivencia se niegan a saltar la llamada talanquera. También porque del
lado de la oposición hay demasiadas hachas afiladas esperando por ellos.
Ahora bien, siendo
personas de pocos valores positivos, extraña ver que al momento de defender el
poder o las mentiras que se tejen desde el politburó del psuv, su
comportamiento es formidable. Son soldados de la oscuridad, pero al fin y al
cabo trabajadores muy bien organizados y comprometidos. Cuando se trata de
apoyar a una cabeza de grupo para una postulación, puede haber odio a muerte
entre ellos, pero cierran filas de inmediato cuando inclusive se les impone una
candidatura. -Lo contrario es perder el poder-. Sin chistar apoyan las
irracionales medidas del gobierno, y por risibles que parezcan, se encargan de
pontificarlas a todos los sitios donde van.
En elecciones se
levantan temprano y llegan directo a armar la macolla del ventajismo con los
funcionarios del Poder Electoral y los militares. Detectan mesas sin testigos,
en donde la oposición tiene un defensor del voto aguerrido, se buscan a los
colectivos de la violencia, y en medio
del desamparo de nuestra gente, lo logran expulsar a patadas. No conforme con
eso monitorean los centros para saber dónde sabotear y dónde no.
En el contexto de
las protestas se victimizan, a pesar de ser ellos los dueños del monopolio de
la violencia, se cubren los rostros para que la gente no se percate de que
desde ministros, pasando por funcionarios subalternos, militares, policías y
por supuesto malandros, forman parte de los grupos de choque como los que en el
año 2017 asesinaron a 158 venezolanos.
Además de eso, una
vez que cometen sus delitos, se organizan para defender a sus
asesinos y desprestigiar a quienes salen a ejercer su derecho a la protesta. Y
son tan efectivos que hasta gente de la oposición terminó por autodenominarse “guarimbera”.
En cuanto a los
programas sociales o clientelares, son los primeros en hacer fila, en las
ventas de comida regulada son los primeros en hacer cola e incluso organizarla
para, al cabo de un tiempo, convertirse en los pranes de la escasez.
Aquí aparece
la inexorable necesidad de contrastar a esa parte del país con el otro lado de
la moneda política; es decir, nosotros la oposición.
Pues bien, resulta
que nosotros nos vemos como la “gente buena”, con valores, educada, de actitud
cívica, emprendedora, de buena convivencia, y que por supuesto tiene la
capacidad de “solucionar” todos los problemas del país. Y no cabe duda que hay
mucho de eso. Pero, ¿Por qué nos cuesta tanto derrotar a un chavismo que se
presenta como la quintaesencia de toda la mala política?
Busquemos posibles
respuestas.
En primer lugar ni
de manera no oficial ha habido capacidad de reconocer errores a tiempo. Y
eso tiene que ver con el hecho de que en lugar de analistas de escenarios
probables, tenemos doctores en subestimación de contextos, así como filósofos
en comprensión del fracaso. Aunado a eso, cuando alguien sale a reconocer los
errores, lo lanzamos a los brazos del chavismo, en donde en lugar de esperar
con hachas afiladas, tienen almohadas de plumas, licor, comida, contratos, y
otros privilegios.
Cuando alguien mejor
formado y más capacitado que nosotros tiene una aspiración, así no sea nuestra
competencia, bien pronto nos volvemos articuladores de los militantes del odio
para liquidarlo. Pocas veces se dice: "lo importante no es que llegue uno sino
todo el equipo". Por lo contrario, una vez que se llega, y eso se hizo evidente entre
2013 y 2015, se gobierna con el grupito de confianza, independientemente de que
el mismo no cuente ni con el requisito mínimo para estar al frente de la
administración pública en los años del chavismo.
Cuando se proponen estrategias para confrontar a la dictadura venezolana, los primeros en
desguazarlas somos nosotros. Para muestra basta revisar cómo le cayeron a
martillazos comunicacionales a Freddy Guevara cuando en el mes de mayo de 2017 propuso
hacer una consulta popular; muchos de esos luego se convirtieron en los más
férreos defensores de la Consulta Soberana del 16 de julio, y hoy además se
presentan como sus únicos herederos.
En el plano de las
elecciones muchos de nuestros partidos se pelean por tener la mayor cantidad de
coordinaciones de centros de votación, pero sin tener los testigos para
completar los padrones, o los defensores del voto que hagan el trabajo de
enfrentar al chavismo en la batalla electoral. Los padrotes de las elecciones
son tan inamovibles como el Papa, y aunque sean expertos en perder, se siguen
manteniendo en sus feudos políticos. Pocas personas estudian la historia
electoral por estados, municipios, parroquias, centros de votación o mesas. Y
es que además, en lugar de invertir dinero en eso, todo se gasta en estrategias
comunicacionales para salvar lo insalvable una vez se pierden las elecciones.
Por otro lado,
nuestros “dignos”, “preparados” y “buena gente” dirigentes nacionales no salen
de Caracas, no conocen sus propios partidos, no hacen elecciones internas y son
la ejemplificación de la "carismocracia teledirigida" de la que habla Peter
Sloterdijk. Son entusiastas del micrófono y las cámaras, pero generalmente no
tienen tiempo para escuchar a nadie. Cual basileus de la política, solo hablan
con sus sacerdotes de partido.
¡Ay de quien
requiera de la solidaridad de sus pares compañeros de lucha si de ahí no se logra
aumentar el número de seguidores en Twitter e Instagram!
En la protesta,
pocos se atreven a llevar la iniciativa de tomar las calles. Una vez que
alguien da el paso al frente y las masas terminan por sumarse, los furibundos
opositores antioposición los convierten en “traidores” u “oportunistas” si los
llegan a ver un plantón o una marcha. Y agregado a eso, no son las mentes más
serenas y calculadoras las que terminan dirigiendo las protestas, sino los
agitadores con buen gañote.
En ese mismo escenario,
nos dejamos llevar por las fábulas, subestimamos a la dictadura y terminamos
por convertirnos en esclavos del discurso; nos exponemos, exponemos a nuestros
compañeros y exponemos la delicada lucha clandestina al no controlar el deseo
de figurar.
Activamos las
calles, pero las dejamos sin dirección, no documentamos los momentos críticos
de la violencia, no hacemos labores de inteligencia para identificar las
figuras claves de la represión, y al poco tiempo terminamos por tratar de malandros
a nuestros protestantes, dando con esto solidez a las matrices comunicacionales
fascistas de la dictadura chavista.
Hay muchas
iniciativas de grandes espíritus democráticos que desde el país o desde exterior trabajan
para ayudar a sus familias, a sus vecinos y a sus compañeros de lucha. Pero
casi todas eclipsadas por los obsesionados del protagonismo que usan fachadas
organizacionales para lograr el financiamiento que permita mantener sus
privilegios nivel “clase media de la Venezuela Saudita” en medio de la miseria
de sus pares.
Y todo eso pasa
mientras millones de venezolanos (muchos de ellos chavistas) borran sus
historias de vida al cruzar las fronteras con un destino incierto en el que se
tiene altas probabilidades de terminar convertidos en mercancía humana.
Compréndase entonces
por qué no hemos podido derrotar el cáncer cultural representado por el
chavismo, y la necesidad de cambiar cada uno de nosotros antes de quererle
cambiar la vida a un país entero.
No podemos perder
más tiempo o terminaremos en el basurero de la historia junto al chavismo.
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