martes, 18 de julio de 2017

FREDDY GUEVARA Y LA RUPTURA CON EL POPULISMO


El populismo es quizás, en la óptica de diversidad de analistas políticos, la más acabada expresión de la política latinoamericana. No porque en el resto del mundo no existan líderes populistas sino porque el desarrollo de la democracia en nuestra región ha venido necesariamente aparejado del populismo.

En el contexto de las grandes decisiones tomadas en función de complacer o reivindicar a las mayorías, líderes de América Latina nacionalizaron la explotación de minerales, declararon niveles de la educación, de la salud y la prestación de servicios como asuntos de exclusivo control del Estado a través de sus instituciones.

El acceso a derechos y la ampliación de los mismos también respondió a las exigencias mayoritarias de hombres y mujeres en el contexto de sociedades definidas por la transición entre el agrarismo, la fisiocracia y la modernidad industrial accidentada.

El populismo también generó grandes heridas e incluso se convirtió en un cáncer social para países como Venezuela. La visión de gobierno de Carlos Andrés en su primer mandato, su reelección y la de Rafael Caldera introdujeron a nuestro país en la dinámica de sujetar grandes decisiones nacionales a objetivos electorales circunstanciales. Ese cáncer populista hizo metástasis a partir de 1999, pues más que apelar a las legítimas aspiraciones de las mayorías, la llamada Revolución Bolivariana de Hugo Chávez encontró su principal factor de orientación en los grandes resentimientos de una sociedad marcada por la desigualdad social.

No solo Hugo Chávez sino la antipolítica en general cargaron contra las desgastadas instituciones políticas, creando un clima de animadversión hacia cualquier posibilidad de tomar decisiones basadas en la negociación, la concertación y la gobernanza. Aunado a esto, la dirigencia de los partidos políticos encontró un lugar cómodo en la ambivalencia y la indecisión para evitar los costos dentro de los limitados espacios de poder manejados por la disidencia.

Ahora bien, en medio de la profundización de las contradicciones políticas que permitieron al chavismo ejercer el poder de forma hegemónica desde el año 1999, traducida en el aumento de la conflictividad social desde el año 2014 y la rebelión cívica emprendida por los venezolanos a finales del mes de marzo de 2017 a partir de la ruptura del hilo constitucional provocada por la decisión tomada por el régimen de Nicolás Maduro, y ejecutada a través del Poder Judicial, de disolver de facto a la Asamblea Nacional, el país ha estado expectante de decisiones referidas a la orientación de la protesta en contra de la dictadura; al frente de esas decisiones y la conducción en nombre de la Unidad Democrática ha estado el Diputado Freddy Guevara, Coordinador Nacional Adjunto de Voluntad Popular y Primer Vicepresidente de la Asamblea Nacional.

No es nada fácil ofrecer el rostro y la integridad personal a un movimiento de rebelión cívica que no solo es atacado y perseguido por un gobierno en fase dictatorial, sino también descalificado y reprendido por factores disidentes que desde la antipolítica parecen apostar porque el viaje al basurero de la historia Nicolás Maduro lo haga acompañado del Psuv y la MUD.

En contraste, la realidad demuestra que la conquista de espacios democráticos como la Asamblea Nacional, así como la conducción de la protesta ha recaído en la Unidad Democrática, a pesar de las contradicciones internas propias de una alianza principalmente electoral, integrada por partidos con distintas prioridades. Y el llamado ha sido la respuesta al clamor nacional mayoritario de forzar a la dictadura a retomar la senda de la democracia como mecanismo para la resolución de conflictos y el logro del bienestar social.

No obstante, dar al traste con un régimen político delincuencial dirigido por traficantes del poder, sin duda alguna requiere de más que aparentes acciones fulminantes, la negación del chavismo como realidad política o la persecución sin armas contra quienes están muy bien armados y que además no vacilan en aniquilar a quien piense distinto. A lo que debemos agregar la postura timorata de altos funcionarios públicos, de empresarios que se enriquecieron haciendo negocios irregulares con el chavismo y de militares con grandes fortunas amasadas producto de la corrupción en distintos niveles de la administración pública.

Durante los más de 100 días que van desde los finales de marzo hasta el presente, el Diputado Freddy Guevara junto a otros parlamentarios provenientes de la generación estudiantil de 2007, ha sido el portavoz de la dirección de la protesta ciudadana; muchas veces aplaudido y vitoreado, otras muchas cuestionado y denostado.

 Sin embargo, el transcurrir de los difíciles días de los meses de abril, mayo, junio y julio ha permitido reivindicar ese papel de conducción, a pesar de los espíritus irreverentes que se presentan como la quintaesencia de la oposición. La mejor prueba de esto es la histórica Consulta Soberana que el domingo 16 de julio de 2017 permitió a los venezolanos materializar lo dispuesto en el artículo 350 de la Constitución; es decir, rebelarse en contra de las instituciones secuestradas por la dictadura y realizar una gran consulta nacional en la que más de 7 millones de venezolanos ratificaron su compromiso con la democracia como mejor sistema de gobierno.

Y es que si revisamos los datos periodísticos,  a finales del mes de mayo el Diputado Guevara propuso la realización de una consulta dirigida por la Asamblea Nacional y sin la supervisión del Poder Electoral para medir la apreciación de los venezolanos en torno al fraude constituyente de Nicolás Maduro. A lo cual las mayorías opinantes cargaron inmediatamente, haciendo que dicha propuesta quedara relegada en aquel momento.

El histórico 16 de julio de 2017 indica que el país si puede curarse del cáncer populista y que en la dirigencia democrática existen hombres y mujeres dispuestos a dar la cara cuando las grandes decisiones nacionales no son del agrado coyuntural de las mayorías. En eso ha sido clave la vocería y conducción depositada en Freddy Guevara.

Y es que el nuevo país que surgirá de la transición del chavismo hacia la democracia requiere de romper con la tradición populista para que como sociedad podamos insertarnos en la institucionalidad mínima que hoy se necesita para lograr el desarrollo y la modernidad. América Latina sigue siendo una región con grandes desigualdades sociales traducidas en pobreza, deficiencia de los servicios públicos y delincuencia desbordada, no obstante, cada vez son más numerosos los espacios donde la construcción de instituciones públicas y políticas solidas da paso a la solución de los problemas sociales.

Así como a finales de 2016 se inició un proceso histórico a partir de una elección parlamentaria y no de una elección presidencial o el derrocamiento de un presidente. Hoy nos encontramos en una etapa donde un nuevo tipo de dirigentes políticos decide dejar atrás el cáncer populista que tanto daño ha hecho a los latinoamericanos. Y es allí donde Freddy Guevara ha venido asumiendo un rol fundamental en el quiebre del populismo venezolano.  

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