En medio de la peor crisis económica,
social, política y ética de nuestra historia, a menudo escuchamos las más
diversas opiniones diletantes sobre la causa principal de nuestra desgracia
nacional. Hoy hasta cierta parte de la élite política sin mayor descaro
desplaza el locus hacia las masas, el pueblo o la ciudadanía: “la gente es la
culpable por haber votado por Chávez”, “por ser tan pasiva”, “tan conformista”.
Eso y otras expresiones casi psicoanalíticas exclaman sin siquiera haber
pensado en los elementos complejos que nos han conducido a este oscuro
presente. Quizás sin proponérselo políticos e intelectuales han caído como
presa fácil del “fatalismo latinoamericano” que bien abordó Ignacio Martín-Baró
en su texto Psicología de la liberación.
Sin embargo, la historia maestra vita vuelve a ser una opción
pertinente para comprender las causalidades y no las casualidades que explican
un presente decadente, en el que nos movemos cual cardumen atacado por
depredadores que aparecen desde todas las direcciones.
La historia de Venezuela es más que el
devenir de la desgracia de un territorio colonizado y poblado por los peores
conquistadores españoles, que además fue un espacio de desarrollo marginal para
la corona española durante el periodo colonial (leyenda negra sobre la
conquista). La discutida teoría de la “H”, planteada por Cornelius Osgood en
1943 como forma de explicar el poblamiento aborigen del hoy territorio
venezolano puede dar luces sobre la dispersión de los grupos humanos que
durante el periodo precolombino poblaron nuestro territorio, lo cual, una vez
iniciado el proceso de conquista y poblamiento español en 1498, se tradujo en
un largo itinerario hacia la dominación de un vasto y accidentado territorio,
así como de sus habitantes. La no existencia de grandes culturas unificadas,
como el caso de los aztecas o los incas, propició una dinámica intermitente,
signada por avances y retrocesos; lo cual además se refuerza por el hecho demostrado
de que todavía a finales del siglo XVIII el proceso de conquista y poblamiento
del sur del territorio seguía en pleno desarrollo.
En términos político-administrativos
este proceso se tradujo en un lento desarrollo de las instituciones coloniales,
representadas en principio por los cabildos y las gobernaciones. En este orden,
solo a finales del siglo XVIII con las Reformas Borbónicas es que aparecen las
instituciones formales que hacen más funcional el gobierno provincial. De
manera que la dependencia administrativa y judicial de una parte del territorio
hacia Santo Domingo y la otra hacia la Nueva Granada llega a su fin, dando paso
a la configuración de un gobierno colonial con pleno ejercicio de competencias
basado en instituciones que tomaron como asiento la ciudad de Caracas
(Intendencia de Ejército y Real Hacienda, Capitanía General, Real Audiencia,
Real Consulado y Arzobispado).
Es decir, a principios del siglo XIX,
pocos años antes de que se produjera la ruptura del nexo colonial
(independencia), Venezuela apenas comenzaba a experimentar los signos de
civilización que más de cien años atrás habían conocido la Nueva España
(México), la Nueva Granada (Colombia) y el Alto Perú.
La guerra civil, como describió Laureano
Vallenilla Lanz a la independencia de Venezuela, además de altamente
destructiva, se extendió por más de diez años desde 1812, dejando profundas
heridas en todos los estratos sociales en todo el territorio nacional. Una
guerra en la que confluyeron hombres surgidos de todas las clases sociales, se
tornó prontamente en un enfrentamiento fratricida movido por los resentimientos
de clase y que fue encausado de manera muy inteligente por los llamados padres
de la patria bajo las banderas de la independencia en contraposición de la
obediencia real. El odio inicial fue de esta forma sustituido por ideales
republicanos y de integración.
La República a partir de 1830 inicia un
nuevo capítulo histórico, pero no como expresión de democracia y civilidad: los
herederos de las luchas independentistas, los próceres devenidos en versiones
caribeñas de los señores feudales se disputarían por casi cincuenta años el
control del territorio y sus relativas riquezas. En 1859 esta conflictividad se
matizaría con la ya evidente crisis social derivada de un modelo de desarrollo
desigual (por no decir inexistente), y en tal sentido las banderas de la “federación”
dieron cobijo a los resentimientos no superados con la independencia.
En la segunda mitad del siglo XIX los “campeones”
de la federación, en términos del discurso se arrogarían el derecho de conducir
a la nación hacia la civilidad y la democracia, pero sin que ninguno se
atreviera a aflojar la cadena de la represión debida de parte de quien en
condición de pater familias orientaba
los rumbos de un país aún adolescente.
El siglo XX marca solo un cambio
temporal convencional, pues la tiranía gomecista fue el mejor indicador de que
la cultura política y social del “1900” llegaría con casi treinta y cinco años
de retraso. A la par, del subsuelo brotaba una inagotable fuente de riquezas
que permitiría al país experimentar un tipo de desarrollo del que ya parte de
América Latina se regodeaba. Una nación párvula finalmente adquiría los medios
materiales para ejercer la libertad económica que de cierto modo también movió
a los padres de la patria a defender la idea de independencia.
Y con el surgimiento de la riqueza
petrolera se reforzó también la idea de democracia. Pero no sin antes pasar
treinta años para que la nueva clase política civil lograra los acuerdos
mínimos para establecer un tipo de gobernabilidad impulsada por el deseo de
progreso y no el espíritu de vindicta social. De forma que entre 1928 y 1958
sucede un proceso dialéctico que permite decantar las formas ideológicas que
servirían de pilares institucionales al proyecto democrático liberal al que ha
hecho referencia en distintos textos Germán Carrera Damas. La socialdemocracia
y el socialcristianismo sustituyen al liberalismo y al conservadurismo que solo
servían como etiquetas nominales a las montoneras que, dirigidas por caudillos, se
batieron por el poder durante el siglo XIX.
A diferencia de la independencia y la
federación, la democracia no era el fin aparente del resentimiento solapado
entre los grupos sociales. La democracia no fue una bandera para poner fin a
los privilegios del rey o de la oligarquía, sino un medio para incorporar a las
mayorías en la toma de decisiones nacionales. Ni siquiera se trató de un acto
contra las Fuerzas Armadas, pues parte de las mismas participarían activamente
en la consolidación de un modelo de obediencia debida hacia la autoridad civil
legítimamente electa. Parecía que en adelante no habría charretera que valiera más
que la inmunidad parlamentaria. La democracia además, al menos entre 1958 y
1983 fue claro sinónimo de progreso nacional.
No obstante, el fantasma del
resentimiento, del oportunismo y de la montonera, acicateado por una izquierda
privilegiada que vivía del poder, pero enfrascada en suprimir el sistema,
aunado a la ausencia de mecanismos para la formación y relevo de la clase
dirigente, terminó por traspasar la toma de decisiones a los pulperos de la
miseria, a los capataces del odio y los traficantes del poder. La élite que dio
forma al modelo de democracia venezolana fue sustituida por mercaderes de la
oportunidad y cofradías militaristas de inclinación totalitaria.
Estos elementos jugaron claramente a
favor de la profundización de la desigualdad, la miseria y el odio social,
logrando que en 1998, bajo las premisas del desquite, Hugo Chávez accediera al
poder teniendo como una de sus proposiciones discursivas principales el “freír
en aceite” las cabezas de los integrantes de los cogollos de los partidos
políticos.
El resentimiento que una vez impulsó a
Boves en la sanguinaria persecución de los criollos defensores de la
independencia, el odio que propicio la declaración de “Guerra a Muerte” en 1813,
el que hizo de Zamora el campeón de la federación, el de quienes se sujetaron a
la creencia en un mesías militar, hizo posible la instauración de un tipo de
gobierno cimentado sobre el rentismo, el asistencialismo social, el nepotismo,
el sectarismo y el terrorismo de Estado hacia los hombres y mujeres negados a
ser parte de la sociedad de cómplices que hoy decide los destinos de Venezuela.
Ahora bien, ¿Qué nos queda como lección?
Sin duda alguna recobrar la vigencia de
la República Democrática jamás podrá ser un acto de desesperación impulsado por
quienes desde la anti-política apuestan por la superación de la contingencia
sin importar que eso implique comprometer el futuro de muchas más generaciones.
Recuperar el ejercicio democrático requiere de desprendimiento, del cese y
olvido de los ya muy viejos resentimientos sociales, de la renuncia al
oportunismo y a la visión que hace de los espacios de representación popular
especies de feudos de los partidos políticos, para avanzar hacia la
construcción de un modelo funcional caracterizado por la existencia de
contrapesos, por la diferenciación entre Estado, gobierno y partido, así como
por la existencia de mecanismos no traumáticos para sustituir a quien ha fallado
en su ejercicio de gobierno o para tomar las medidas que garanticen el
desarrollo de todos los venezolanos por igual.
Hoy cuando al igual que hace cien años
no hemos logrado entrar al nuevo siglo, se hace ineludible un ejercicio de
reflexión para hacer de la democracia el mejor mecanismo para la protección de
nuestros más preciados logros republicanos: la libertad, la igualdad ante la ley, la
justicia, la alteridad, la responsabilidad y el esfuerzo como medios para
lograr el desarrollo individual y colectivo.
Sin querer hacer del análisis histórico
un poema cursi, la mejor vía para superar un modelo político impulsado por el
resentimiento y el espíritu de desquite sin duda debe ser la democracia como
espacio para la amplitud, la comprensión y la diversidad. Valga citar un extracto de las
palabras de Rómulo Betancourt en la introducción de la colección Pensamiento Político Venezolano del Siglo
XIX, cuando señalaba que en el fondo
“Los padres de la
patria no se propusieron signar en los mapas parcelamientos nacionales,
cerrados lotes para el regodeo de caudillos y de castas. Quisieron ante todo,
forjar una conciencia republicana, un sentimiento democrático, fórmulas de
convivencia que hicieran posibles las contradicciones que encierra la lucha
política”.
He aquí una puntual y clara orientación surgida desde
nuestro propio pensamiento político nacional, desde nuestra cultura democrática,
desde todo lo que podemos ser una vez asumamos horizontes de expectativa en
sustitución de la memoria del resentimiento.

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