miércoles, 6 de mayo de 2020

LA PANDEMIA MORAL Y LA CUARENTENA POLÍTICA


En tiempos de pandemia podríamos llegar a la conclusión de que tenemos un sistema político enfermo porque nuestra sociedad está enferma. Y no se trata del covid-19 sino de un cúmulo de enfermedades que incluso hacen que deliremos de arrogancia, asumiendo que son los distinto, los contrarios, los que están enfermos y no todos nosotros.

Una vieja conseja señala que los pueblos tienen los gobiernos que se merecen. Pero más allá de esta lógica reprensiva, la dirigencia que ejerce el poder en un país puede determinar la forma de las relaciones políticas, pero su condición de decisores depende de la sociedad que los empodera por acción o por omisión.

En 1998 ya el país se encontraba sumido en un complejo proceso político, en donde las controversias internas de los partidos, así como los contubernios de los ámbitos empresariales, periodísticos e intelectuales se convirtieron en el centro del debate diario, en lugar de la discusión de los mecanismos para mantener la viabilidad del proyecto democrático republicano.

En medio de una lógica social marcada por los planes a medio hacer, los proyectos parciales, las ideas innovadoras colgando en los pasillos del desinterés, apareció el llamado chavismo bolivariano, liderado por un hombre convencido de fungir más que como presidente, como sumo sacerdote de la moral política.

No fue gratuita la insistencia del comandante hablador de impulsar un modelo de hegemonía comunicacional que le permitiera ser el principal guionista y ancla de la dinámica política a todos los niveles, reforzando el esquema de carismocracia teledirigida, en el que televisores y radios servían de púlpito al gran pastor para que diariamente indicara a quien querer, a quien odiar, a quien culpar de nuestros males y nuestras deudas históricas como pueblo.

La sociedad venezolana ha sido y es expresión de las virtudes y vicios de una región del planeta Tierra que transitó  de la premodernidad a la postmodernidad en menos de 400 años. América Latina es el lienzo civilizatorio en donde se difumina lo mejor de la humanidad a través de la creación humana en lo cultural, artístico y científico, pero también donde se hacen más profundas las contradicciones ideológicas que en Europa o Norteamérica dieron lugar a la creación de corrientes de pensamiento político o al desarrollo de grandes conflictos sociales como la lucha por los derechos civiles y geopolíticos como las grandes guerras mundiales.

Desde 1989, año del gran trauma histórico que conocemos como “El Caracazo”, las instituciones que hacen posible la cohesión social venían experimentando una severa crisis, que requería como respuesta la revisión, renovación e impulso de nuevos esquemas para posibilitar las relaciones de poder. Atrás había quedado el país rural, preindustrial de ciudades incipientes en el que tuvo lugar la conquista de la democracia. En la década de los 90 el crecimiento de los llamados cinturones de miseria fue aparejado del agotamiento de las estructuras partidistas, gremiales e institucionales que servían de piso a la República.
En medio de tal situación Hugo Chávez pasó una década y tres años más dinamitando los ya bajos niveles de confianza que los venezolanos teníamos en instituciones como la Iglesia, las universidades y las Fuerzas Armadas; todo aquél que se atreviera a poner en cuestión su personalísima visión de las cosas, entraba en la vorágine del linchamiento comunicacional. Cual chismoso de barrio o periodista amarillista, el ex militar combinaba en su discursos planes grandilocuentes y proyectos irrealizables con la exposición procaz de aspectos de la vida personal de la disidencia: si se trataba de un dirigente político entonces el estigma era el de corrupto; si era gremialista o sindicalista: reposero; si era sacerdote: pedófilo o ladrón de limosnas; si era profesional: burgués; en el caso de periodistas: palangristas; dirigentes estudiantiles: hijitos de papi y mami; personalidades políticas consideradas bien parecidas: homosexuales; militares: golpistas o traidores a la patria; y en el caso de los sectores pobres que asumían la oposición a sus políticas: alienados.

La realidad es que con este tipo de práctica comunicacional y social, los resentimientos y bajas pasiones se incoaron en el espacio de lo político, y en todos los niveles lo afirmativo venezolano terminó siendo sustituido por la construcción de supremacías discursivas basadas en el establecimiento de un tipo de moral en el que el prolegómeno en el ejercicio de la opinión política era la descalificación directa o solapada de todo lo que no pueda ser racionalizado a favor de un dirigente o un grupo de dirigentes.

Hugo Chávez como hegemón comunicacional avanzó a paso de vencedores en el linchamiento moral de toda expresión de disidencia, y lo hizo como si se tratara de un ciudadano ejemplar enfrentando los vicios de la política. Pero se trataba de un militar de pocos méritos, esposo disfuncional con inclinaciones claras a la violencia doméstica, personalidad narcisista, inestabilidad emocional, obsesionado con  el control de su entorno y megalómano, que alternaba entre la idea de predestinación y la encarnación de los más profundos resentimientos de los desclasados.

Ahora bien, en tiempos de pandemia y de cuarentena como medida extrema para evitar la diseminación del covid-19, las redes sociales se han configurado en ágora digital donde dirigentes, analistas, opinadores e inlfluencers luchan a diario por imponer criterios personales sobre lo bueno y lo correcto en política. La anulación del pensamiento y la acción del otro introduce cualquier debate. A modo de sarcasmo, pareciera que los hombres pretenden saber más de feminidad que las mujeres y viceversa; la disidencia chavista procura enseñar a la oposición a ser oposición; la vieja política insiste en ser más renovadora que la política de los jóvenes, los que cuentan más partidos políticos en su trayectoria que dedos en las manos exigen coherencia y disciplina, los traficantes del poder vilipendian a quienes no ven la política como negocio, y los otrora perseguidos políticos le hacen apología a la represión y a la violación sistemática de derechos humanos.

La diplomacia y el parlamentarismo fueron desplazados por el virulento ataque que no reconoce la alteridad, en algunos casos expresados con descalificación, o procurando excluir a los mundanos desde el templo moral de los censores de la política, que procuran mantenerse inmaculados en medio de partidos políticos, organizaciones, sindicatos y gremios.

El legado de Chávez si existe, y se expresa en las prácticas políticas basadas en el resentimiento, los intentos de colonización del pensamiento y el linchamiento moral de quienes opinan y obran según otros conceptos, categorías y orientaciones de la política. La sociedad venezolana experimenta una pandemia de animosidad y frustración que nos introduce en una especie de carrera de la muerte, en la que los competidores parecen más empeñados en el exterminio de sus pare, que en la formulación de propuestas democráticas. El corrillo de pasillo se convierte en sentencia para ejecución sumaria de dirigentes, el bulo da pie al fusilamiento moral, sin que se midan los efectos en la construcción de soluciones, que puedan dar pie a la conformación de una nueva democracia basada en la solidez y autonomía de sus instituciones.

Desde el poder fáctico la existencia de un proyecto político ha derivado en el fortalecimiento de relaciones de poder más allá de lo legal y lo legítimo, dando lugar al reemplazo de dirigentes, operadores, activistas y funcionarios, por comisarios políticos, esbirros, patriotas cooperantes, pranes locales o agentes del chantaje político.

Superar esta pandemia social no necesita una cuarentena política sino una vacuna que pueda inmunizarnos contra el odio y el resentimiento, que funcione a favor del entendimiento y la esperanza en la construcción de una democracia sin inclinaciones hacia la hegemonía, el clientelismo, el populismo y el personalismo. La necesidad de reivindicación social ante la incapacidad de los partidos del siglo XX por impulsar procesos de renovación y refrescamiento desde sus bases, solo fue el vehículo a través del cual el resentimiento y la revancha se instalaron en el poder. No se trata pues de apelar a un discurso religioso basado en el amor fraternal, pero si en el reconocimiento del derecho a la diferencia como forma de evitar este error de hace 21 años. La democracia no puede ser dictadura ni de minorías organizadas ni de mayorías sin capacidad crítica. En tal sentido no se puede perder de vista el permanente análisis de nuestros procesos históricos, y la construcción de una nueva visión de proyecto republicano venezolano. Pero con partidos políticos, con gremios, con sindicatos, con organizaciones y agentes sociales con altas capacidades para respetar la vigencia de las instituciones asentadas en amplios acuerdos ciudadanos.

miércoles, 8 de abril de 2020

FIN DE LA EDAD CONTEMPORÁNEA

_“…Y cuando el peligro terminó, Y la gente se encontró de nuevo, Lloraron por los muertos, Y tomaron nuevas decisiones, Y soñaron nuevas visiones, Y crearon nuevas formas de vida, Y sanaron la Tierra completamente, Tal y como ellos fueron curados.” (En tiempos de pandemia, K. O’Meara)._

Fue Cristoph Keller (Cristóbal Cellarius en español) quien durante el siglo XVII propuso la periodización de la historia en tres edades. Esta visión eurocéntrica y profundamente imbuida por el incipiente positivismo, propuso comprender el devenir del hombre a través del tiempo en una Edad Antigua comprendida entre la invención de la escritura 4000 años antes de Cristo y la caída del Imperio Romano de occidente en el 476 después de Cristo, la Edad Media entre este último hito y la caída del Imperio Romano de oriente (Bizantino) en el siglo XV o la llegada de los colonizadores europeos a América, y la Edad Moderna desde el fin de este siglo hasta la Revolución Francesa y la Independencia de los Estados Unidos a finales del siglo XVIII. Keller no vivió lo suficiente para ver los levantamientos populares de Francia, pero ya para principios del siglo XIX el uso de su periodización se había hecho convención cronológica en la mayoría de cátedras de estudios históricos de las universidades europeas. 

La Edad Contemporánea fue entonces una añadidura reciente a la periodización tripartita propuesta por Keller, basada en una visión de ruptura de la Modernidad, a propósito de hechos como la Revolución Industrial, la Independencia de los Estados Unidos, la Revolución Francesa, el fin del antiguo régimen y la emergencia de los nuevos estados nacionales europeos que tuvo lugar durante el siglo XIX. En el campo de la filosofía de la historia se han dado importantes discusiones en relación al sentido de ruptura o continuidad de hechos y procesos a través del tiempo, y de éstas se ha podido extraer consideración sobre la existencia de una modernidad tardía en lugar de una Edad Contemporánea, de modo similar a los periodos transicionales como la protohistoria –entre la prehistoria y la antigüedad-, la tardoantigüedad, la transición de la Edad Antigua y la Edad Media, o los siglos XV y XVI denominados historiográficamente como edad media tardía. 

El debate en este caso no se restringe a probar la validez o no de las periodizaciones históricas, apunta más bien a analizar la vigencia o no de una categoría histórica cuya denominación de origen parece darle una validez infinita, cuando si de algo pueda certeza la historia es que el devenir del hombre en el tiempo es finito; es decir, sujeto a límites superiores e inferiores en cuanto a relaciones causales y consecuenciales. 

Ahora bien, desde la década de los noventa del siglo XX el mundo parece tener una deuda con la comprensión de sus procesos históricos, porque a pesar de la aparición de hitos que han parecido indicar un sentido de ruptura epocal, la contemporaneidad ha mantenido su valor como convención cómoda que procura ubicar a la humanidad presente en el más alto estadio de su desarrollo cultural, en comparación con edades anteriores. Ni siquiera el fin de la Guerra Fría que inspiró a Francis Fukujama a hablar de un fin de la historia, ni el cambio trascendental de las comunicaciones a propósito de la masificación del uso de internet más allá de los fines puramente comunicacionales, ni el surgimiento de una especie de ciudadanía digital con el auge de las redes sociales, parecen haber generado mayor incidencia para que la ciencia de la historia se decante por el establecimiento de una nueva categoría temporal que pueda explicar el cambio cultural universal que se viene gestando desde finales del siglo XX. 

Sin duda alguna, el debate sobre el cambio epocal vuelve a ser pertinente, cuando el presente es tiempo en el que, de forma similar a la propagación de la gripe española entre 1918 y 1920, la humanidad se enfrenta nuevamente ante una pandemia, el covid-19, la cual surgida en China ha obligado una importante parada de la economía mundial, las comunicaciones, los servicios, y por ende de todas las actividades humanas más allá de lo que hoy hacemos a través de nuestras redes sociales. Harto difícil evadir en este orden, la idea de que después del covid-19 la humanidad no será igual. Es decir, el cambio epocal que parecía atajarse desde la caída del muro de Berlín en 1989, hoy rompe cual curso de agua que busca abrir nuevos caminos para el desarrollo humano y su correspondiente comprensión. Ya durante el siglo XX Jean Lyotard en su propuesta analítica sobre postmodernidad, consideraba la gran crisis de los metarelatos científico, político y religioso, abriendo con esto la posibilidad de comprender un sentido de cambio histórico y cultural en el periodo de  la postguerra. 

_¿Qué ha hecho falta entonces para poner un límite superior a un periodo de la historia que ya nos resulta quizás insuficiente para explicar el sentido de desarrollo de una humanidad globalizada y telemática, donde lo actual parece moverse a la velocidad de los flujos cibernéticos?_

El cambio epocal no implica que la humanidad dejé de ser humana; ni siquiera el sentido de cambio o ruptura podría hablar categóricamente de una negación de lo pretérito. Pero si expresa bien que los referentes culturales y sociocéntricos que sirvieron de base al desarrollo vital de la humanidad, pueden haber perdido vigencia o comenzado a virar hacia horizontes distintos, dando lugar a nuevos conceptos y apreciaciones en lo político, lo económico y lo social.

El desarrollo de las comunicaciones a través de la world wide web le ha abierto una posibilidad de democratización general a la sociedad no antes experimentada. La revolución informática ha dado pie a una faceta digital de la ciudadanía que prescinde los mediadores tradicionales que hicieron posibles las relaciones de poder en siglos anteriores, permitiendo emerger a agentes sociales con iguales o mayores capacidades comunicativas que los políticos tradicionales. En redes sociales a diario, a cada momento palpitan mensajes de los llamados influencers, tendencias de opinión, conceptos, ideas y apreciaciones que inciden directamente en los tiempos para las decisiones políticas de los centros de poder mundial. Los procesos comunicativos son tan rápidos que las audiencias casi pueden observar en horario estelar la caída de una dictadura, el surgimiento de una democracia, el desarrollo de una guerra, de un desastre natural o un colapso económico. Y en este contexto de ciudadanía con acceso a volúmenes de información antes inimaginados, las sociedades vienen desarrollando mayores capacidades críticas ante las élites intelectuales y políticas. Todo esto posible gracias a la existencia  millones de ordenadores y puntos de conexión a internet en casi todo el planeta.

En el comienzo de la segunda década del 2020 la humanidad enfrenta un reto global distinto a los grandes conflictos que tuvieron lugar en el siglo XX. Hasta la fecha presente es difícil predecir si la pandemia del covid-19 tendrá efectos más devastadores que la gripe española en 1918 o la peste negra a finales de la Edad Media. La movilidad humana del presente, así como el imparable crecimiento urbano de la principales metrópolis mundiales parece crear condiciones favorables para el contagio masivo de cualquier virus que pueda viajar por el aíre. No obstante, el desarrollo científico logrado hasta hoy, también abre la posibilidad de considerar en una acción de contención más eficaz que con otras pandemias de nuestra historia universal. Como elemento agregado, las medidas de contención basadas en el confinamiento social y la parada de los sistemas productivos, abren también un importante debate sobre potenciales y catastróficos efectos colaterales de dicha pandemia en la economía mundial. 

Es así como los efectos sociales, económicos e institucionales del covid-19 exigen retomar la discusión sobre el cambio epocal que orbita la atmósfera intelectual y cultural de nuestro tiempo, tal como sucedió con el Renacimiento durante el siglo XV y la grandes revoluciones de finales del siglo XVIII. La caída del Muro de Berlín en 1989, la disolución de la Unión Soviética en 1991 y la revolución informática derivada de la masificación del uso del internet a finales del siglo XX permiten mirar a la humanidad desde una óptica distinta a la de la contemporaneidad. 

No se trata de sentenciar que estamos ante una sociedad mundial más preparada que la de otras épocas, sino de considerar que en la actualidad existe una sociedad más informada y con mayores posibilidades de elegir entre los distintos caudales de información que a cada segundo circulan a través de las redes informáticas. Si la invención de la escritura en Mesopotamia y Egipto durante el cuarto milenio antes de nuestra era sirvió de referente para considerar el cambio entre Prehistoria e Historia, la posibilidad de compartir datos entre puntos extremos en el mundo en solo segundos, nos permite inferir que desde al menos hace 30 años estamos viviendo en un mundo distinto al conocido por las generaciones pretéritas. 

La contingencia mundial provocada por la pandemia del covid-19 no solo ha obligado a una parada vital sino que apunta a una especie de reinicio planetario, que puede ser aprovechado para dejar atrás formas prejuicios, ideologías, culturas institucionales y formas de intercambio que no son garantía de desarrollo de nuestra civilización hacia el futuro, por sus efectos destructivos de los tejidos humanos y el medio ambiente ocupado. Una sociedad mundial más informada requiere de categorías que permitan reafirmar que un cambio de mentalidad si es posible porque en principio hemos sido capaces de generar y reconocer el cambio epocal.

Queda pendiente entonces la tarea de dar con una categorización para esta nueva edad que ya hemos comenzado a vivir: ¿cibernética?, ¿telemática?, ¿Postmoderna? Pero ya no contemporánea.  

domingo, 24 de marzo de 2019

COYUNTURA O PROCESO HISTÓRICO


La democracia venezolana como proyecto histórico no fue el producto de una sola huelga general articulada con el quiebre de un sector de las fuerzas armadas. Para que esto fuese posible se hizo necesaria la creación de espacios para la concertación y el establecimiento de preacuerdos políticos, que luego fueron honrados a través de la firma del Pacto de Punto Fijo y de la aprobación de la Constitución de 1961, así como del respeto a la conformación de gobiernos amplios y el ejercicio alternativo del poder a partir de 1958.

El desarrollo social que logró Venezuela entre 1958 y 1983 también fue el producto de consensos, y del respeto a las reglas institucionales, a pesar de que en términos políticos, las imperfecciones siempre estuvieron presentes. Por ejemplo, el proceso de descentralización que incluía la Constitución solo fue posible a partir de 1989, y no obstante, se hicieron importantes avances en términos de desarrollo de las regiones.

Ahora bien, la llegada al poder de Hugo Chávez, más que el efecto de una revolución de los pobres, expresó el agotamiento de la capacidad de la dirigencia política de dar respuestas a un sistema social cambiante, que desde el proceso inflacionario que comenzó en 1983 con el llamado “Viernes Negro”, vio implosionar el modelo de dependencia estatal que garantizaba bienestar a la burocracia estatal y al sector privado, cuyo crecimiento estaba altamente determinado por los negocios con el Estado, y la capacidad de gasto de los empleados púbicos.

Los partidos políticos venezolanos a finales del siglo XX perdieron toda la capacidad de defender el proyecto democrático, y sirvieron la mesa para que el empresariado, los medios de comunicación y parte de la clase media empobrecida, apostara por la antipolítica como solución letal para un sistema político enfermo. En parte esto explica el ascenso de Hugo Chávez al poder, y no la historia patria de una izquierda que nunca estuvo en capacidad de ejercer un liderazgo real en el escenario político.

Más que sobre la debilidad institucional, Hugo Chávez y el chavismo, quienes con el tiempo terminaron demostrando que no tenían la menor idea sobre el ejercicio de la función pública, avanzaron más allá de lo que se habían propuesto, dada la facilidad para hacer caída y mesa limpia con cada institución a la que iban penetrando. En dos años sustituyeron los colores políticos de la clase dirigente, aprobando nueva constitución y conquistando más del 75% de los cargos de elección popular, dos años más tarde hicieron de PDVSA el cajero automático de las misiones populistas, mientras a la par convertían a la Fuerza Armada profesional, en un brazo represor al servicio del chavismo, depurado de cualquier rastro de oficialidad institucional.

Entre el año 1999 y el 2005, un sector minoritario de empresarios, sindicalistas y dirigentes políticos nuevos fueron los factores de mayor resistencia, en medio de las contradicciones, que lograron aglutinar el descontento social generalizado, pero obviando la necesidad de establecer acuerdos mínimos para proteger la poca institucionalidad que aún existía, y no solo centrándose en la polarización en torno al poder. Recordemos que la antigua Corte Suprema de Justicia, integrada por magistrados que hoy a través de redes sociales apuestan por soluciones radicales, en 1999 fueron complacientes con las propuestas de Hugo Chávez; el para entonces recién creado Consejo Nacional Electoral (Poder Electoral) rápido se adaptó al ventajismo ejercido por el chavismo en procesos electorales, facilitando la sustitución del modelo de representación proporcional de las minorías por el oscuro “suma cero”.

Al cabo de 20 años de oscuridad en Venezuela, la caída de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez, y la misma llegada del chavismo al poder, son referentes históricos de los que pueden extraerse lecciones, pero no soluciones totales de cara a la actualidad. Por un lado, el esquema de huelga general impulsado por la Junta Patriótica junto a los alzamientos militares que dieron al traste con la dictadura perejimenista entre diciembre de 1957 y enero de 1958, difícilmente podría aplicarse para el presente, dado que la institucionalidad en la fuerza armada y la burocracia estatal no existe, pues en su lugar nos enfrentamos a una red de lealtades criminales que busca proteger intereses funcionariales, negocios ilegales, cobro de matracas, tráfico de suministros, comida, combustible, drogas e incluso trata de personas; a lo cual debe agregarse que el chavismo gobernante busca a cualquier precio evitar ser procesado por los delitos de lesa humanidad que se han convertido en práctica habitual del régimen.

Por otro lado, aunque los partidos políticos que forman parte del chavismo muestran un profundo desgaste y descrédito ante la opinión pública, encabezados por el psuv mantienen un férreo control de una dirigencia integrada por lo más granado de la cloaca social y política de nuestro país, desde los jefes nacionales hasta llegar a los que integran las llamadas ubchs. Es decir, se trata de agentes sociales que en medio de un proceso mínimo de reinstitucionalización quedarían rezagados en razón de su incapacidad para adaptarse a esquemas de convivencia ciudadana basada en el respeto al estado de derecho. Por lo cual es natural que vean con reticencia cualquier posibilidad de cambio mínimo en el equilibrio de poder.

De esto se puede destacar que si buscamos referentes en los hechos experimentados en 1998, comprenderemos que el empresariado actual y los medios de comunicación han experimentado procesos caracterizados por la adaptación para no ser aniquilados, o la destrucción total, como es el caso de canales de televisión, emisoras de radio y periódicos cerrados, así como de las empresas expropiadas (hoy muchas quebradas).

Es así como en la Venezuela del 2019 se plantea un gran reto basado en el aprendizaje de los más recientes capítulos de nuestra historia, signados por la conflictividad social de 2014, el avance electoral de 2015, los errores estratégicos de 2016, el proceso de arrase represivo del 2017, y la inacción política de 2018.

En este sentido lo primero que debemos comprender es que no se trata de un cambio presidencial que por obra y gracia del espíritu santo hará que al día siguiente de Nicolás Maduro abandonar el poder los problemas sociales y estructurales de nuestro país desaparezcan. Se trata fundamentalmente de un proceso de desmontaje de un Estado cuyo fin funcional principal es la defensa de las redes delincuenciales que se han tejido en torno al ejercicio autoritario del poder por parte del politburó del psuv. Y la complejidad de este proceso estriba entre otras cosas, en la creación de incentivos lo suficientemente atractivos para que quienes forman parte de estas redes, pero de forma marginal-desigual, tomen partido por el quiebre de la coalición militar-cívica gobernante.

Igual situación se presenta en el seno de las fuerzas armadas, debido a que la sustitución de la meritocracia por las relaciones de lealtad, hizo posible que quienes por sus incapacidades profesionales estaban impedidos de lograr materializar la carrera de los honores militares, lograran ascender, ocupar puestos importantes de comando, hacer negocios con la institucionalidad, e insertarse inclusive en el oscuro jet set del chavismo gobernante. De esta manera el ofrecimiento de incentivos de salida debe reconocer el alto costo, pues lo que está en medio de la negociación no es solo la posibilidad de estos no ser perseguidos en el postchavismo, sino la de mantener vivas esas redes delincuenciales controladas por una parte de los militares.

A todo esto debe agregarse la dificultad que implica mantener la cohesión y unidad de criterios de una disidencia política integrada por representantes de visiones moderadas tendientes a la cohabitación, moderados partidarios de salidas electorales, partidarios de la confrontación directa, la autodenominada resistencia, los que apoyan la intervención militar como única solución posible, la sociedad civil antipartidos, la diáspora venezolana y el llamado ex chavismo.

De todo lo anterior se desprende que la salida del chavismo del poder no debe entenderse como una coyuntura sino como un proceso en el que la profundización de la conflictividad social, el deterioro de los servicios públicos y la incapacidad para obtener ingresos obligue a la coalición militar-cívica a aceptar los términos para su salida del poder. Todo esto con el fin de evitar que remanentes violentos del chavismo terminen por apostar por la opción del terrorismo urbano, o que las actuales estructuras corruptas logren mimetizarse en el proyecto político que pueda restaurar la democracia, logrando que Venezuela entré definitivamente en el siglo XXI.

Es decir, mientras más corta sea la salida, mayores serán los efectos colaterales que como país deberemos afrontar. En contraste, mientras mantengamos el enfoque orientado a desmontar al chavismo como sistema social y político vicioso, mayores serán las posibilidades de lograr la reinstitucionalización del país a mediano plazo, recuperar la economía, y más importante, reconstruir el capital social destruido.

Héctor Azuaje Mendoza
Licenciado en Historia / Licenciado en Educación / Estudiante de Especialización en Gestión y Políticas Públicas
Coordinador Municipal de Voluntad Popular en Mérida

viernes, 15 de marzo de 2019

5 días sin electricidad - 20 años sin luz.


¿A través de qué funciones los ciudadanos comunes pueden identificar la existencia del Estado?

No hace falta apelar a categorías políticas complejas ni análisis profundos para comprender que un agricultor de Niquitao, un pescador de Güiria, un vendedor ambulante de Tinaquillo, un estudiante merideño o un empresario marabino reconocen que el Estado existe cuando a través del gobierno ofrece servicios públicos como agua potable, electricidad, gas, telefonía, servicios de salud, educación, registro civil y seguridad. En América Latina, tan acostumbrada al populismo ambidextro, difícilmente se puede encontrar un modelo de gobierno donde estas funciones las provea el sector privado.

Al amparo del proteccionismo estatal, la mayor parte de nuestros pueblos conocieron estas expresiones de modernidad a través del Estado. Incluso llegamos al punto de evadir el debate sobre el denominado desarrollo sostenible, para centrarnos en la cantidad de servicios y empresas que los gobiernos debían administrar directamente, so pretexto de la visión sobre el control estratégico de las riquezas como una forma de autodeterminación o soberanía.

Durante el periodo democrático, entre 1958 y 1999 se hicieron notables esfuerzos por consolidar una conceptualización de propiedad y administración estatal, sobre la apreciación de que efectivamente el Estado podía ser un buen administrador. Solo los periodos de precios del petróleo a la baja lograron hacer que la élite gobernante dejará de invertir tiempo y energía en esa quimera. Sin embargo, a la llegada del chavismo en 1999, el ascenso de la curva de precios por fuera del eje, así como la incapacidad de la llamada revolución para impulsar un modelo productivo basado en ventajas competitivas, hizo de Venezuela una especie de feudo bituminoso donde lo importante no era producir sino vender. Se reforzó entonces la idea de que el Estado estaba en capacidad de proveer todos los servicios públicos posibles, sin cobrarlos, incentivando inclusive el derroche por parte de la población.

Los servicios públicos en Venezuela comenzaron a colapsar antes incluso de que la modernidad llegará completa. En muchos lugares llegaron primero las neveras y los televisores que la electricidad; se comenzaron a construir casas con lavamanos y sanitarios en sitios donde no había ni acueductos ni tuberías. No obstante, importantes avances se lograron en términos de la construcción de un mega-sistema de generación eléctrica en el bajo Caroní, en los principales ríos de los Andes, y también se construyeron plantas termoeléctricas para dar independencia a zonas alejadas de las áreas de generación como Caracas o Zulia.

Luego de 11 años de chavismo, en el año 2010 Venezuela conoció algo que no era parte de la cotidianidad de la segunda mitad del siglo XX; es decir, un mega-apagón que dejó sin electricidad a 70% del territorio nacional. En  adelante, cada año la crisis del sector eléctrico fue profundizándose con periodos más prolongados de racionamiento, apagones más frecuentes, y por supuesto, la advertencia de los conocedores en la materia de que tarde o tempranos sucedería un mega apagón que dejaría a todo el país sin electricidad por varios días.

¡Y sucedió!

El jueves 7 de marzo de 2019 probablemente será recordado de manera similar al 18 de febrero de 1983, al 27 de febrero de 1989 o al 4 de febrero de 1992. Se trata de hechos que dejan profundas heridas en la psicología colectiva de la sociedad venezolana; que dan forma a imaginarios, que modelan conductas y nutren esa larga cadena de resentimientos que tanto mal le ha hecho a la política nacional.

En una época donde el pulso de la vida en la tierra no solo se mide por los latidos de los corazones de los seres vivientes, sino por la interconectividad, en donde todavía recordamos los delirios milenaristas y escatológicos del efecto Y2K, resulta que Venezuela se desconectó del mundo y se sumió en la oscuridad por 5 días.

Y no se trataba de un relato salido de la pluma de Saramago. Por 5 días Venezuela estuvo sin electricidad, sin servicios públicos derivados y en sentido estricto, sin gobierno. En una sociedad donde el régimen se jacta de controlarlo todo, resulta que por casi una semana no pudo hacer nada. A no ser por las funciones represivas desplegadas contras las personas que con dignidad tomaron las calles para exigir respeto a tener un mínimo de calidad de vida, a no ser por la necesidad de los sádicos esbirros uniformados por dañar al prójimo, el gobierno chavista dejó de existir por 5 días.

En contraste no faltaron las muestras de solidaridad y la capacidad organizativa de vecinos que hicieron sancochos para no dejar perder la poca carne guardada en las neveras, personas que prestaron sus plantas eléctricas para atender enfermos renales como en el caso de una unidad de diálisis en la población de Tovar en el estado Mérida, empresas como Hielo El Toro en Maracaibo regalando sus productos para ayudar a calmar un poco la sed y soportar el inclemente calor.

Pero a la par de la inexistencia del gobierno, también el país mostró mucho de lo peor que puede llegar a ser: jefes de ubchs o claps discriminando entre los que podían y los que no podían recibir agua de una cisterna, jefes chavistas disfrutando de la comodidad de tener en sus palacetes plantas eléctricas con autonomías hasta para pasar un mes sin electricidad, represión, saqueos y destrucción en la que los cuerpos de seguridad no perdían la oportunidad de participar en el festín, familias desconsoladas al ver su poca comida podrirse, adultos mayores muriendo en medio de la soledad producto de la expatriación solapada de sus hijos, y en general calles, pueblos, ciudades sumergidas en la penumbra, en medio de la incertidumbre de si en algún momento se restauraría el servicio eléctrico.

La realidad es que en un país donde el gobierno autoritario del chavismo ha querido traspasar su esfera de control para incluso apoderarse de la existencia íntima de las personas, la gran mayoría de los venezolanos sobrevivieron a los 5 días de oscuridad chavista sin la ayuda del Estado. Una vez más, y como ha venido sucediendo desde que la bonanza petrolera del chavismo llegó a su fin, hombres y mujeres de todas las edades lograron resistir apelando a esquemas de solidaridad familiar y vecinal.

Luego de 5 días sin electricidad y 20 años de oscuridad vimos a un gobierno cicatero concentrarse en buscar culpables externos, en lugar de dar respuesta a venezolanos como los que en Maracaibo perdieron todo su patrimonio de vida producto de los saqueos.

5 días de oscuridad parecen haber hecho mella en el ánimo de un país que mayoritariamente decidió desconocer un régimen incapaz de dar respuestas más allá de su propia nariz. 10 días después del mega apagón del 2019, la herida parece todavía estar fresca en la psique colectiva de los venezolanos. Pero quien no se podrá recuperar de la ceguera, de la oscuridad perenne, es el chavismo.

viernes, 12 de octubre de 2018

LA INICIACIÓN DICTATORIAL

Cada vez que procuro hacer una reflexión crítica desde la perspectiva de quien es observador y a la vez protagonista de un proceso histórico de desgaste de los mecanismos de representación política e institucional, siempre aparece una especie de llamado de atención metacognitivo para evitar trasgredir eso que llaman "disciplina partidista". Mi familia y mis amigos saben que soy activista de un partido político que, a pesar de sus yerros estratégicos y erradas lecturas de los tiempos de la política, sigue representando la mejor opción para la reconstrucción de la democracia en Venezuela: integrado por buenas bases ciudadanas, con sentido del sacrificio como consecuencia de la persecución, y con un pilar organizacional sólido, es decir, su juventud. 

Citando a Spencer, Laureano Vallenilla Lanz en 'Cesarismo Democrático' señala que en las jóvenes repúblicas como Venezuela los "jefes no se eligen sino se imponen"; aserto que no deja de gravitar en las nebulosas de la historia política de estos tiempos de autoritarismo devenido en pranato constitucional. Cuando Venezuela fue democrática desaparecieron momentáneamente los jefes y fueron sustituidos por los dirigentes. El resurgimiento del militarismo le dio un nuevo aire a los mandamases. 

Las transiciones desde gobiernos personalistas en no pocas oportunidades abrieron la oportunidad para la recuperación de modelos basados en instituciones y no en hombres. López Contreras no fue un tirano como Gómez; Medina Angarita fue un militar que gobernó como civil. Y para no ir tan lejos en el viaje hacia el pasado, Lenín Moreno en Ecuador ha tenido la suficiente determinación para romper con la línea populista y personalista de Rafael Correa. 

Cuando se trata de fenómenos carismáticos como el de Hugo Chávez Frías, quien ejerció un liderazgo centrípeto en el seno de su alianza política, la no formación de cuadros para el relevo hizo que la sucesión en el contexto de su inminente muerte en 2012, se fundamentara más en la lealtad, la amistad y la camaradería, que en una decisión tomada por una élite política. Que Nicolás Maduro haya reciclado a muchos de los otrora “engañadores” de Chávez, da sustento a este planteamiento. 

Maduro evidentemente no es Chávez. Y nunca se le reconoció como un tipo carismático o encantador. En las elecciones presidenciales del año 2013, donde gracias a una ayudita del Poder Electoral logró arrebatar la silla presidencial a Henrique Capriles entre las 6 y 8pm de aquel domingo 14 de abril, Nicolás se mostraba como un presidente débil, incapaz de soportar la dinámica que en una y otra ocasión logró fortalecer a su antecesor. Al menos hasta el año 2014 Maduro no parecía convencer al propio chavismo de cabalgar escenarios electorales blandiendo la espada populista. Y efectivamente la abrumadora derrota en las elecciones parlamentarias de 2015 esto se hizo indudable.

Sin embargo, la debilidad electoral no necesariamente es debilidad política o debilidad para ejercer el poder. En ese escenario, el de ejercer el poder hasta por encima de la ley fue que Nicolás Maduro pasó de ser un “bobolongo” al “martillo autoritario” que Chávez quiso ser, pero nunca fue.

En el mundo de las organizaciones criminales latinoamericanas es común ver la existencia de rituales de iniciación delincuencial, donde se pone a prueba la determinación del aspirante a jefe: en el mundo de los malandros, los choros, los narcos o los gánster nadie se vuelve líder por ser ejemplo de amistad, trabajo y sacrificio; el pran en Venezuela comienza su carrera hacia la cúspide del poder cuando demuestra que es capaz de agredir o matar sin espabilar.

De esta manera en el 2014 Maduro demostró que si bien no ganaba elecciones sobrado, si tenía la determinación de perseguir, encarcelar, desaparecer y asesinar a su disidencia. Leopoldo López fue su primer experimento: encarcelado desde febrero de 2014 hasta la fecha. 

En el 2015 la prueba de Maduro fue electoral y una vez más demostró su incapacidad para ser un líder en el escenario político electoral. Una vez más el chavismo dudaba del “burro”, del “bobolongo”; la Mesa de la Unidad Democrática logró hacerse con la mayoría calificada de la Asamblea Nacional, a pesar del ventajismo, de la parcialidad chavista del CNE, de la intimidación de los grupos paramilitares y parapoliciales.

No obstante, en el 2016 los partidarios de la lucha armada sin armas reaparecen de las cenizas del 2014, y a pesar de que desde la entonces Mesa de la Unidad Democrática se procuró canalizar “la calle” en pos de la realización de un referéndum revocatorio, Maduro llevó la crisis política al terreno donde es fuerte, cerrando la opción electoral, so pretexto de los errores en cuanto al planteamiento político electoral de la oposición; cerrada quedó entonces la opción electoral como consecuencia de una errada estrategia de “calle, y si no se puede, elecciones”. Maduro siguió empujando a la oposición al terreno de la lucha armada sin armas.

En el 2017 Nicolás dejó de estar a la sombra del llamado “comandante supremo”, y pese a los costos políticos internacionales pasó a ser el hombre fuerte del chavismo: el burro, el bobolongo, ahora era motejado como “el carnicero de Miraflores”. En 2017 Maduro se impuso como jefe del chavismo ganando la batalla a través de la represión, la persecución y el asesinato, empujando a la oposición hacia la antipolítica, logrando competir solo en el único escenario donde sabe que puede ser derrotado, es decir, el electoral. 

Ahora bien, si hacemos un análisis del tipo de relaciones de poder sobre las que ha construido su jefatura Nicolás Maduro, podremos comprender que la protesta en la calle no es un mecanismo efectivo para lograr el quiebre de la estructura de poder interna del chavismo pues, si bien puede llegar a ser masiva, carece de estructura orgánica que permita lograr la disciplina suficiente para avanzar o hacer repliegues estratégicos; no se cuenta además con mecanismos de inteligencia social, grupos de choque entrenados, zonas de distención o rutas para evacuar posibles perseguidos políticos. 

En contraste, hasta el 2015 a nivel electoral se logró articular equipos de trabajo que garantizaron la existencia hasta de hasta dos padrones electorales por centros de votación, activistas sociales que buscaron los votos de adultos mayores, enfermos en hospitales, presos en la cárceles y chavistas descontentos por la crisis económica; casi literalmente hasta debajo de las piedras.

Lo cual nos puede permitir pensar que no se trata de participar en elecciones en las condiciones en que el chavismo gana así no cuente con los votos. Pero si de orientar la presión social para que el chavismo dictatorial se vea obligado a transitar hacia un escenario electoral donde cualquier ventajismo o trampa sea sobrepasado por la participación masiva. No hay quiebre posible si no se dibuja un escenario de legitimación electoral de la gran mayoría de venezolanos y venezolanas que se cansaron del chavismo.

No somos combatientes, somos ciudadanos. No somos soldados, somos políticos.

domingo, 9 de septiembre de 2018

NI DE AQUÍ NI DE ALLÁ

Los andinos sabemos un poco lo que significa emigrar. Mi querido estado Trujillo experimentó entre los años 30 y 70 del siglo XX un proceso migratorio tan significativo que las tasas de crecimiento demográfico fueron durante ese periodo de las más pequeñas de Venezuela.
De todos sus pueblos y caseríos salieron miles de trujillanos y trujillanas que se dispersaron por todo el país, teniendo como principales destinos Caracas y Maracaibo. Campesinos en su mayoría que solo sabían labrar la tierra, muchos otros trabajadores no calificados que gracias a la democracia aprendieron al menos a leer y escribir, y un pequeño grupo de jóvenes que escogieron la educación como medio para el ascenso social, convirtiéndose en destacados profesionales al servicio de tierras distintas a las que los vieron nacer.
Muy a pesar de que las mayorías solo pasaron a formar parte de los cinturones de pobreza, el cambio de hábitos alimenticios, y la adopción en general de las costumbres asociadas a la urbanidad, generaron una ilusión de bienestar en los emigrantes.
Con el paso de los años, de Caracas o Maracaibo viajaban las familias en Carnaval, Semana Santa, vacaciones escolares o navidad, traían cosas que en los pueblitos andinos no se veían, sus acentos ya no eran los de los parameros, y sus costumbres resultaban hasta extrañas. En esas visitas llegaba muchas veces lo mejor y lo peor de la accidentada modernidad venezolana.
El progreso para las familias emigrantes no necesariamente se tradujo en educación, mejor hábitat, mejores servicios públicos y capacidad de ahorro, sino en la adquisición de un carro para la familia, un puesto de trabajo en una trasnacional, una casa de dos plantas en una barriada caraqueña, o la posibilidad de viajar en bus cama cuando se iba a visitar a "los viejos" en los Andes.
Los emigrantes, ya caraqueños, pero con raíces andinas, a pesar de vivir en una sociedad que bien reflejaba las desigualdades de un estado rentista altamente clientelar y corrupto, poco o nada necesitaban de la política, debido a que bien rezaba la sabiduría popular: "quien no trabaja, no come".
Sin embargo, con el avance del chavismo hasta eso llegó a su fin: por más que se trabajara, conseguir una casa, un taxi para chambear, un trabajo e incluso una bolsa de comida, requería de demostraciones de lealtad hacia el gobierno chavista, el partido chavista y los polítiqueros chavistas del barrio.
Viajar en vacaciones se convirtió en una proeza porque ya no hay buses, y de paso ahora se debe comprar el efectivo; el chevrolet caprice de la familia tiene más de un año parado porque no tiene cauchos y tampoco batería; tampoco se puede llamar todos los días a los abuelos porque las líneas cantv no sirven.
En medio de esta crisis jamás vivida, los que una vez emigraron desde los andes hasta Caracas en busca de mejores trabajos, hoy han tenido que dejar la casa donde los títulos de bachiller enmarcados adornaban la sala, para emprender la ruta de los caminantes venezolanos a través de los Andes Suramericanos.
Toca comenzar nuevamente de cero. Así como los viejos llegaron a Caracas en los 50 y los 60, toca hacer lo mismo, pero en otro país. Ya no habrá viajes en vacaciones, ya el terminal de La Bandera no será la pocilga que anuncia que en algunas horas se podrá retornar a la tranquilidad de las montañas de Trujillo. Hay una historia de vida que no será más. Como los judíos al regresar a Hungría luego de terminar la Segunda Guerra Mundial, mientras el chavismo esté en el poder, está ya no será más la tierra de los emigrantes venezolanos. 

Siempre fueron emigrantes, pero no se habían dado cuenta...

martes, 4 de septiembre de 2018

LOS "BUENOS" OPOSITORES Y LOS "MALOS" CHAVISTAS


En Venezuela se ha hablado y se ha generalizado bastante sobre los vicios morales necesarios para ser chavista. En particular la visión oportunista, la conducta del eterno acreedor, el individualismo extremo, la capacidad para hilar mentiras, el sentido de dependencia tóxica, el resentimiento hacia quien trabaja y se exige cada día más para lograr el ascenso social, entre otros; mismos que no son solo expresión del chavismo sino de la mala política en su conjunto; en este caso elevada a la enésima potencia por el gran destructor del capital social venezolano, el teniente coronel Hugo Chávez-Frías.

Todos tenemos amigos chavistas, y por mucho cariño que les tengamos, en mayor o menor medida cumplen con estas características. También mucha gente de la oposición ha adoptado esta conducta chavista. Pero lo concreto es que en el chavismo esto es primordialmente un patrón cultural generalizado.

En el chavismo hay gente de muy mal corazón. Sobre todo los que gobiernan porque ninguno es conocido por sus méritos de profesionalismo, servicio público a desprendimiento. Son entre otras cosas dirigentes estudiantiles corruptos, sindicalistas reposeros, militares tramperos, funcionarios públicos matraqueros, etc. No es extraño que sin necesidad de apelar al asesoramiento cubano, hayan juntado toda esa experiencia nefasta, pero experiencia al fin, para construir un sistema perfectamente aceitado que configura un Estado delincuencial, efectivo para robar dinero y votos, secuestrar condiciones a su favor, modelar la ley en función de sus delitos e incluso transgredirla cuando ya no se le pueda estirar más.

Algunas de esas personas, de manera no oficial ya reconocen todos esos vicios, pero por cuestiones de supervivencia se niegan a saltar la llamada talanquera. También porque del lado de la oposición hay demasiadas hachas afiladas esperando por ellos.

Ahora bien, siendo personas de pocos valores positivos, extraña ver que al momento de defender el poder o las mentiras que se tejen desde el politburó del psuv, su comportamiento es formidable. Son soldados de la oscuridad, pero al fin y al cabo trabajadores muy bien organizados y comprometidos. Cuando se trata de apoyar a una cabeza de grupo para una postulación, puede haber odio a muerte entre ellos, pero cierran filas de inmediato cuando inclusive se les impone una candidatura. -Lo contrario es perder el poder-. Sin chistar apoyan las irracionales medidas del gobierno, y por risibles que parezcan, se encargan de pontificarlas a todos los sitios donde van.

En elecciones se levantan temprano y llegan directo a armar la macolla del ventajismo con los funcionarios del Poder Electoral y los militares. Detectan mesas sin testigos, en donde la oposición tiene un defensor del voto aguerrido, se buscan a los colectivos de la violencia,  y en medio del desamparo de nuestra gente, lo logran expulsar a patadas. No conforme con eso monitorean los centros para saber dónde sabotear y dónde no.

En el contexto de las protestas se victimizan, a pesar de ser ellos los dueños del monopolio de la violencia, se cubren los rostros para que la gente no se percate de que desde ministros, pasando por funcionarios subalternos, militares, policías y por supuesto malandros, forman parte de los grupos de choque como los que en el año 2017 asesinaron a 158 venezolanos.

Además de eso, una vez que cometen sus delitos, se organizan para defender a sus asesinos y desprestigiar a quienes salen a ejercer su derecho a la protesta. Y son tan efectivos que hasta gente de la oposición terminó por autodenominarse “guarimbera”.

En cuanto a los programas sociales o clientelares, son los primeros en hacer fila, en las ventas de comida regulada son los primeros en hacer cola e incluso organizarla para, al cabo de un tiempo, convertirse en los pranes de la escasez.

Aquí aparece la inexorable necesidad de contrastar a esa parte del país con el otro lado de la moneda política; es decir, nosotros la oposición.

Pues bien, resulta que nosotros nos vemos como la “gente buena”, con valores, educada, de actitud cívica, emprendedora, de buena convivencia, y que por supuesto tiene la capacidad de “solucionar” todos los problemas del país. Y no cabe duda que hay mucho de eso. Pero, ¿Por qué nos cuesta tanto derrotar a un chavismo que se presenta como la quintaesencia de toda la mala política?

Busquemos posibles respuestas.

En primer lugar ni de manera no oficial ha habido capacidad de reconocer errores a tiempo. Y eso tiene que ver con el hecho de que en lugar de analistas de escenarios probables, tenemos doctores en subestimación de contextos, así como filósofos en comprensión del fracaso. Aunado a eso, cuando alguien sale a reconocer los errores, lo lanzamos a los brazos del chavismo, en donde en lugar de esperar con hachas afiladas, tienen almohadas de plumas, licor, comida, contratos, y otros privilegios.

Cuando alguien mejor formado y más capacitado que nosotros tiene una aspiración, así no sea nuestra competencia, bien pronto nos volvemos articuladores de los militantes del odio para liquidarlo. Pocas veces se dice: "lo importante no es que llegue uno sino todo el equipo". Por lo contrario, una vez que se llega, y eso se hizo evidente entre 2013 y 2015, se gobierna con el grupito de confianza, independientemente de que el mismo no cuente ni con el requisito mínimo para estar al frente de la administración pública en los años del chavismo.

Cuando se proponen estrategias para confrontar a la dictadura venezolana, los primeros en desguazarlas somos nosotros. Para muestra basta revisar cómo le cayeron a martillazos comunicacionales a Freddy Guevara cuando en el mes de mayo de 2017 propuso hacer una consulta popular; muchos de esos luego se convirtieron en los más férreos defensores de la Consulta Soberana del 16 de julio, y hoy además se presentan como sus únicos herederos.

En el plano de las elecciones muchos de nuestros partidos se pelean por tener la mayor cantidad de coordinaciones de centros de votación, pero sin tener los testigos para completar los padrones, o los defensores del voto que hagan el trabajo de enfrentar al chavismo en la batalla electoral. Los padrotes de las elecciones son tan inamovibles como el Papa, y aunque sean expertos en perder, se siguen manteniendo en sus feudos políticos. Pocas personas estudian la historia electoral por estados, municipios, parroquias, centros de votación o mesas. Y es que además, en lugar de invertir dinero en eso, todo se gasta en estrategias comunicacionales para salvar lo insalvable una vez se pierden las elecciones.

Por otro lado, nuestros “dignos”, “preparados” y “buena gente” dirigentes nacionales no salen de Caracas, no conocen sus propios partidos, no hacen elecciones internas y son la ejemplificación de la "carismocracia teledirigida" de la que habla Peter Sloterdijk. Son entusiastas del micrófono y las cámaras, pero generalmente no tienen tiempo para escuchar a nadie. Cual basileus de la política, solo hablan con sus sacerdotes de partido.

¡Ay de quien requiera de la solidaridad de sus pares compañeros de lucha si de ahí no se logra aumentar el número de seguidores en Twitter e Instagram!

En la protesta, pocos se atreven a llevar la iniciativa de tomar las calles. Una vez que alguien da el paso al frente y las masas terminan por sumarse, los furibundos opositores antioposición los convierten en “traidores” u “oportunistas” si los llegan a ver un plantón o una marcha. Y agregado a eso, no son las mentes más serenas y calculadoras las que terminan dirigiendo las protestas, sino los agitadores con buen gañote.

En ese mismo escenario, nos dejamos llevar por las fábulas, subestimamos a la dictadura y terminamos por convertirnos en esclavos del discurso; nos exponemos, exponemos a nuestros compañeros y exponemos la delicada lucha clandestina al no controlar el deseo de figurar.

Activamos las calles, pero las dejamos sin dirección, no documentamos los momentos críticos de la violencia, no hacemos labores de inteligencia para identificar las figuras claves de la represión, y al poco tiempo terminamos por tratar de malandros a nuestros protestantes, dando con esto solidez a las matrices comunicacionales fascistas de la dictadura chavista.

Hay muchas iniciativas de grandes espíritus democráticos que desde el país o desde exterior trabajan para ayudar a sus familias, a sus vecinos y a sus compañeros de lucha. Pero casi todas eclipsadas por los obsesionados del protagonismo que usan fachadas organizacionales para lograr el financiamiento que permita mantener sus privilegios nivel “clase media de la Venezuela Saudita” en medio de la miseria de sus pares.

Y todo eso pasa mientras millones de venezolanos (muchos de ellos chavistas) borran sus historias de vida al cruzar las fronteras con un destino incierto en el que se tiene altas probabilidades de terminar convertidos en mercancía humana.

Compréndase entonces por qué no hemos podido derrotar el cáncer cultural representado por el chavismo, y la necesidad de cambiar cada uno de nosotros antes de quererle cambiar la vida a un país entero.

No podemos perder más tiempo o terminaremos en el basurero de la historia junto al chavismo.