¿A través de qué funciones los ciudadanos comunes pueden identificar la
existencia del Estado?
No hace falta apelar a categorías políticas complejas ni análisis
profundos para comprender que un agricultor de Niquitao, un pescador de Güiria,
un vendedor ambulante de Tinaquillo, un estudiante merideño o un empresario
marabino reconocen que el Estado existe cuando a través del gobierno ofrece
servicios públicos como agua potable, electricidad, gas, telefonía, servicios
de salud, educación, registro civil y seguridad. En América Latina, tan
acostumbrada al populismo ambidextro, difícilmente se puede encontrar un
modelo de gobierno donde estas funciones las provea el sector privado.
Al amparo del proteccionismo estatal, la mayor parte de nuestros pueblos
conocieron estas expresiones de modernidad a través del Estado. Incluso
llegamos al punto de evadir el debate sobre el denominado desarrollo
sostenible, para centrarnos en la cantidad de servicios y empresas que los
gobiernos debían administrar directamente, so pretexto de la visión sobre el
control estratégico de las riquezas como una forma de autodeterminación o
soberanía.
Durante el periodo democrático, entre 1958 y 1999 se hicieron notables
esfuerzos por consolidar una conceptualización de propiedad y administración
estatal, sobre la apreciación de que efectivamente el Estado podía ser un buen
administrador. Solo los periodos de precios del petróleo a la baja lograron
hacer que la élite gobernante dejará de invertir tiempo y energía en esa
quimera. Sin embargo, a la llegada del chavismo en 1999, el ascenso de la curva
de precios por fuera del eje, así como la incapacidad de la llamada revolución
para impulsar un modelo productivo basado en ventajas competitivas, hizo de
Venezuela una especie de feudo bituminoso donde lo importante no era producir
sino vender. Se reforzó entonces la idea de que el Estado estaba en capacidad
de proveer todos los servicios públicos posibles, sin cobrarlos, incentivando
inclusive el derroche por parte de la población.
Los servicios públicos en Venezuela comenzaron a colapsar antes incluso
de que la modernidad llegará completa. En muchos lugares llegaron primero las
neveras y los televisores que la electricidad; se comenzaron a construir casas
con lavamanos y sanitarios en sitios donde no había ni acueductos ni tuberías.
No obstante, importantes avances se lograron en términos de la construcción de
un mega-sistema de generación eléctrica en el bajo Caroní, en los principales
ríos de los Andes, y también se construyeron plantas termoeléctricas para dar
independencia a zonas alejadas de las áreas de generación como Caracas o Zulia.
Luego de 11 años de chavismo, en el año 2010 Venezuela conoció algo que
no era parte de la cotidianidad de la segunda mitad del siglo XX; es decir, un
mega-apagón que dejó sin electricidad a 70% del territorio nacional. En adelante, cada año la crisis del sector
eléctrico fue profundizándose con periodos más prolongados de racionamiento,
apagones más frecuentes, y por supuesto, la advertencia de los conocedores en
la materia de que tarde o tempranos sucedería un mega apagón que dejaría a todo
el país sin electricidad por varios días.
¡Y sucedió!
El jueves 7 de marzo de 2019 probablemente será recordado de manera
similar al 18 de febrero de 1983, al 27 de febrero de 1989 o al 4 de febrero de
1992. Se trata de hechos que dejan profundas heridas en la psicología colectiva
de la sociedad venezolana; que dan forma a imaginarios, que modelan conductas y
nutren esa larga cadena de resentimientos que tanto mal le ha hecho a la
política nacional.
En una época donde el pulso de la vida en la tierra no solo se mide por
los latidos de los corazones de los seres vivientes, sino por la
interconectividad, en donde todavía recordamos los delirios milenaristas y
escatológicos del efecto Y2K, resulta que Venezuela se desconectó del mundo y
se sumió en la oscuridad por 5 días.
Y no se trataba de un relato salido de la pluma de Saramago. Por 5 días
Venezuela estuvo sin electricidad, sin servicios públicos derivados y en
sentido estricto, sin gobierno. En una sociedad donde el régimen se jacta de
controlarlo todo, resulta que por casi una semana no pudo hacer nada. A no ser
por las funciones represivas desplegadas contras las personas que con dignidad
tomaron las calles para exigir respeto a tener un mínimo de calidad de vida, a
no ser por la necesidad de los sádicos esbirros uniformados por dañar al prójimo, el gobierno chavista dejó de existir por 5 días.
En contraste no faltaron las muestras de solidaridad y la capacidad
organizativa de vecinos que hicieron sancochos para no dejar perder la poca
carne guardada en las neveras, personas que prestaron sus plantas eléctricas para
atender enfermos renales como en el caso de una unidad de diálisis en la población
de Tovar en el estado Mérida, empresas como Hielo El Toro en Maracaibo
regalando sus productos para ayudar a calmar un poco la sed y soportar el
inclemente calor.
Pero a la par de la inexistencia del gobierno, también el país mostró
mucho de lo peor que puede llegar a ser: jefes de ubchs o claps discriminando
entre los que podían y los que no podían recibir agua de una cisterna, jefes
chavistas disfrutando de la comodidad de tener en sus palacetes plantas eléctricas
con autonomías hasta para pasar un mes sin electricidad, represión, saqueos y
destrucción en la que los cuerpos de seguridad no perdían la oportunidad de
participar en el festín, familias desconsoladas al ver su poca comida podrirse,
adultos mayores muriendo en medio de la soledad producto de la expatriación
solapada de sus hijos, y en general calles, pueblos, ciudades sumergidas en la
penumbra, en medio de la incertidumbre de si en algún momento se restauraría el
servicio eléctrico.
La realidad es que en un país donde el gobierno autoritario del chavismo
ha querido traspasar su esfera de control para incluso apoderarse de la
existencia íntima de las personas, la gran mayoría de los venezolanos
sobrevivieron a los 5 días de oscuridad chavista sin la ayuda del Estado. Una
vez más, y como ha venido sucediendo desde que la bonanza petrolera del
chavismo llegó a su fin, hombres y mujeres de todas las edades lograron
resistir apelando a esquemas de solidaridad familiar y vecinal.
Luego de 5 días sin electricidad y 20 años de oscuridad vimos a un
gobierno cicatero concentrarse en buscar culpables externos, en lugar de dar
respuesta a venezolanos como los que en Maracaibo perdieron todo su patrimonio
de vida producto de los saqueos.
5 días de oscuridad parecen haber hecho mella en el ánimo de un país que
mayoritariamente decidió desconocer un régimen incapaz de dar respuestas más
allá de su propia nariz. 10 días después del mega apagón del 2019, la herida
parece todavía estar fresca en la psique colectiva de los venezolanos. Pero quien
no se podrá recuperar de la ceguera, de la oscuridad perenne, es el chavismo.
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