sábado, 28 de julio de 2018

DEPENDENCIA VS EMPRENDIMIENTO



En medio de la visión económica y política basada en las llamadas "ventajas comparativas", en Venezuela se construyó a partir de 1958 una democracia basada en el tutelaje del progreso por parte del Estado; es decir, a mayor democracia, mayor el tamaño del Estado y mayor la dependencia; lo cual se interpretó como "progreso". Incluso los académicos no exigían el derecho a emprender más allá de sus cargos como docentes o investigadores en dependencias públicas, sino mayores sueldos, más bonificaciones, más beneficios contractuales.

La democracia en 1978 era sólida porque el Estado venezolano tenía mucha plata para obras públicas, para dar trabajo y subsidios a las clases pobres. Ese sistema, al no contar con los ingentes recursos provenientes de la renta petrolera, colapsó y dio paso al resurgimiento del militarismo, de la mano de la antipolítica y la perenne conspiración del resentimiento impulsada por sectores políticos autodenominados "de izquierda". Así llegó Chávez al poder en 1998, así el "comandante" impulsó un proyecto de destrucción de capital social a favor del fortalecimiento de su figura personal, así hizo de la democracia un expresión de máxima dependencia-sumisión material y mental hacia el Estado representado por el gobierno.

A 5 años años de la muerte de Hugo Chávez hoy tenemos un país polarizado, pero no entre chavistas y opositores sino entre dos visiones históricas sobre la política: de un lado los que buscan mantener su esquema de dependencia del Estado, recibiendo dádivas en una caja, o defendiendo la posibilidad de mejorar el desempeño del gobierno para que aumenten los ingresos y así el equilibrio de la dependencia sea restituido. Ahí se ubica el chavismo y una parte muy importante de la oposición (sobre todo las tendencias izquierdistas).

Del otro lado están los venezolanos que se han ido del país con la firme intención de hacer dinero para mantener a sus familias desde el extranjero, los vecinos que se organizan para recoger sus desechos sólidos ante la ineficiencia de las rutas públicas de recolección, la gente que contrata un bus para movilizar a los estudiantes y trabajadores de la comunidad ante la falta de unidades o la falla general del servicio existente, quienes han dejado sus empleos públicos para dedicarse a producir desde sus casas, los campesinos que dejaron la beca de la misión y hoy están nuevamente cultivando la tierra, los que en general cada vez resuelven más por cuenta propia, por su emprendimiento y autogestión, lo que antes o que según la ley sigue siendo responsabilidad del Estado.

Por ahí podemos encontrar elementos de análisis para lograr derrotar no solo al chavismo sino a la cultura de la dependencia.

martes, 18 de julio de 2017

FREDDY GUEVARA Y LA RUPTURA CON EL POPULISMO


El populismo es quizás, en la óptica de diversidad de analistas políticos, la más acabada expresión de la política latinoamericana. No porque en el resto del mundo no existan líderes populistas sino porque el desarrollo de la democracia en nuestra región ha venido necesariamente aparejado del populismo.

En el contexto de las grandes decisiones tomadas en función de complacer o reivindicar a las mayorías, líderes de América Latina nacionalizaron la explotación de minerales, declararon niveles de la educación, de la salud y la prestación de servicios como asuntos de exclusivo control del Estado a través de sus instituciones.

El acceso a derechos y la ampliación de los mismos también respondió a las exigencias mayoritarias de hombres y mujeres en el contexto de sociedades definidas por la transición entre el agrarismo, la fisiocracia y la modernidad industrial accidentada.

El populismo también generó grandes heridas e incluso se convirtió en un cáncer social para países como Venezuela. La visión de gobierno de Carlos Andrés en su primer mandato, su reelección y la de Rafael Caldera introdujeron a nuestro país en la dinámica de sujetar grandes decisiones nacionales a objetivos electorales circunstanciales. Ese cáncer populista hizo metástasis a partir de 1999, pues más que apelar a las legítimas aspiraciones de las mayorías, la llamada Revolución Bolivariana de Hugo Chávez encontró su principal factor de orientación en los grandes resentimientos de una sociedad marcada por la desigualdad social.

No solo Hugo Chávez sino la antipolítica en general cargaron contra las desgastadas instituciones políticas, creando un clima de animadversión hacia cualquier posibilidad de tomar decisiones basadas en la negociación, la concertación y la gobernanza. Aunado a esto, la dirigencia de los partidos políticos encontró un lugar cómodo en la ambivalencia y la indecisión para evitar los costos dentro de los limitados espacios de poder manejados por la disidencia.

Ahora bien, en medio de la profundización de las contradicciones políticas que permitieron al chavismo ejercer el poder de forma hegemónica desde el año 1999, traducida en el aumento de la conflictividad social desde el año 2014 y la rebelión cívica emprendida por los venezolanos a finales del mes de marzo de 2017 a partir de la ruptura del hilo constitucional provocada por la decisión tomada por el régimen de Nicolás Maduro, y ejecutada a través del Poder Judicial, de disolver de facto a la Asamblea Nacional, el país ha estado expectante de decisiones referidas a la orientación de la protesta en contra de la dictadura; al frente de esas decisiones y la conducción en nombre de la Unidad Democrática ha estado el Diputado Freddy Guevara, Coordinador Nacional Adjunto de Voluntad Popular y Primer Vicepresidente de la Asamblea Nacional.

No es nada fácil ofrecer el rostro y la integridad personal a un movimiento de rebelión cívica que no solo es atacado y perseguido por un gobierno en fase dictatorial, sino también descalificado y reprendido por factores disidentes que desde la antipolítica parecen apostar porque el viaje al basurero de la historia Nicolás Maduro lo haga acompañado del Psuv y la MUD.

En contraste, la realidad demuestra que la conquista de espacios democráticos como la Asamblea Nacional, así como la conducción de la protesta ha recaído en la Unidad Democrática, a pesar de las contradicciones internas propias de una alianza principalmente electoral, integrada por partidos con distintas prioridades. Y el llamado ha sido la respuesta al clamor nacional mayoritario de forzar a la dictadura a retomar la senda de la democracia como mecanismo para la resolución de conflictos y el logro del bienestar social.

No obstante, dar al traste con un régimen político delincuencial dirigido por traficantes del poder, sin duda alguna requiere de más que aparentes acciones fulminantes, la negación del chavismo como realidad política o la persecución sin armas contra quienes están muy bien armados y que además no vacilan en aniquilar a quien piense distinto. A lo que debemos agregar la postura timorata de altos funcionarios públicos, de empresarios que se enriquecieron haciendo negocios irregulares con el chavismo y de militares con grandes fortunas amasadas producto de la corrupción en distintos niveles de la administración pública.

Durante los más de 100 días que van desde los finales de marzo hasta el presente, el Diputado Freddy Guevara junto a otros parlamentarios provenientes de la generación estudiantil de 2007, ha sido el portavoz de la dirección de la protesta ciudadana; muchas veces aplaudido y vitoreado, otras muchas cuestionado y denostado.

 Sin embargo, el transcurrir de los difíciles días de los meses de abril, mayo, junio y julio ha permitido reivindicar ese papel de conducción, a pesar de los espíritus irreverentes que se presentan como la quintaesencia de la oposición. La mejor prueba de esto es la histórica Consulta Soberana que el domingo 16 de julio de 2017 permitió a los venezolanos materializar lo dispuesto en el artículo 350 de la Constitución; es decir, rebelarse en contra de las instituciones secuestradas por la dictadura y realizar una gran consulta nacional en la que más de 7 millones de venezolanos ratificaron su compromiso con la democracia como mejor sistema de gobierno.

Y es que si revisamos los datos periodísticos,  a finales del mes de mayo el Diputado Guevara propuso la realización de una consulta dirigida por la Asamblea Nacional y sin la supervisión del Poder Electoral para medir la apreciación de los venezolanos en torno al fraude constituyente de Nicolás Maduro. A lo cual las mayorías opinantes cargaron inmediatamente, haciendo que dicha propuesta quedara relegada en aquel momento.

El histórico 16 de julio de 2017 indica que el país si puede curarse del cáncer populista y que en la dirigencia democrática existen hombres y mujeres dispuestos a dar la cara cuando las grandes decisiones nacionales no son del agrado coyuntural de las mayorías. En eso ha sido clave la vocería y conducción depositada en Freddy Guevara.

Y es que el nuevo país que surgirá de la transición del chavismo hacia la democracia requiere de romper con la tradición populista para que como sociedad podamos insertarnos en la institucionalidad mínima que hoy se necesita para lograr el desarrollo y la modernidad. América Latina sigue siendo una región con grandes desigualdades sociales traducidas en pobreza, deficiencia de los servicios públicos y delincuencia desbordada, no obstante, cada vez son más numerosos los espacios donde la construcción de instituciones públicas y políticas solidas da paso a la solución de los problemas sociales.

Así como a finales de 2016 se inició un proceso histórico a partir de una elección parlamentaria y no de una elección presidencial o el derrocamiento de un presidente. Hoy nos encontramos en una etapa donde un nuevo tipo de dirigentes políticos decide dejar atrás el cáncer populista que tanto daño ha hecho a los latinoamericanos. Y es allí donde Freddy Guevara ha venido asumiendo un rol fundamental en el quiebre del populismo venezolano.  

sábado, 27 de mayo de 2017

DIEZ AÑOS SECUESTRADA


Hace algún tiempo veíamos a través de la televisión y el cine colombiano aquellas experiencias que nos resultaban tan lejanas, referidas a personas que pasaban varios años secuestradas por la guerrilla. Personas sometidas a un presidio ilegal, en muchos casos en medio de la selva, aguardando cual mercancía, para ser canjeada por criminales convertidos en políticos armados. En Venezuela nos resultaba harto difícil siquiera imaginar la posibilidad de pasar los días, semanas, meses y años conscientes de que nuestra libertad se reducía a la decisión de unos pocos.

En medio de la aberrante ola represiva que la dictadura de Nicolás Maduro ha desplegado con el propósito de perpetuarse en el poder, son centenares los hombres y mujeres que hoy abarrotan las mazmorras chavistas de Ramo Verde, el Sebin y otros sitios de represión-reclusión improvisados para mantener a quienes han sido detenidos por pensar distinto. Y más que detenidos se trata de secuestrados por un régimen que invierte más en perdigones y lacrimógenas que en libros y medicinas. Sin embargo, una de las más emblemáticas secuestradas del chavismo, por aquellos años donde todavía contaban con ingentes recursos para acallar conciencias de pobres, clase media y ricos, fue la libertad de expresión.

Un 28 de mayo de 2007 por orden del fallecido Hugo Chávez Frías, un capítulo de nuestra historia que se remontaba a 1953, llegó a su fin. A través de la hegemonía mediática que ya para aquel entonces tenía el gobierno, se hicieron grandes esfuerzos por imponer la vaselina semántica. No se trataba de un cierre sino del “fin de la concesión”. El problema es que ese “fin de la concesión” condujo a lo que todos sabíamos: el cierre de Radio Caracas Televisión.

Antes de 1998 en la imperfecta democracia venezolana, en aquel sistema corrupto, clientelar e ineficiente, no fueron pocas las muestras emblemáticas de la diferenciación entre Estado y gobierno. El mejor ejemplo es el de los militares que en la madrugada del 4 de febrero de 1992 se sublevaron en contra del sistema: usaron su condición de soldados y las armas de la República para atacar instituciones, provocaron más de 300 muertos, daños materiales e inmateriales, y solo purgaron dos años de cárcel sin llegar a tener sentencias firmes por sus delitos. Hoy conocemos cómo en más de una ocasión se decidió desaparecer a los llamados “golpistas” y a la vez cómo funcionarios, jueces y fiscales levantaban teléfonos, conversaban y evitaban que la venganza enviara directamente al cementerio a la cofradía militarista que hoy destruye a Venezuela cual cáncer.

Quienes nos formamos en los valores de la democracia, en los días previos al 28 de mayo de 2007, nos aferrábamos a la posibilidad de que un tribunal, la defensoría del pueblo o algún funcionario emitiera algún tipo de medida cautelar que pusiera freno a la reducida visión de Hugo Chávez sobre la política y la moral. Conscientes de que los medios de comunicación a finales de los noventa habían obrado activamente en la destrucción de la democracia, claros de que la televisión venezolana no era necesariamente el mejor ejemplo de calidad en cuanto a producción y programación, veíamos a RCTV como una ventana de libertad para la disidencia, a la que tal vez alguien desde las instituciones protegería en sentido categórico; es decir, pensando en mantener espacios abiertos para la crítica y el libre pensamiento.

No fue así. Un Hugo Chávez devenido en dueño y señor de las riquezas, de las instituciones y del país en general, impuso su visión y aquella fatídica noche le puso fin a un capítulo de la historia de la libertad de expresión, a la vez que inicio uno más en el relato de la opresión.

Es noche fuimos víctimas de la represión a nivel nacional. Los perdigones y las lacrimógenas aparecieron cual plaga hiriendo y destrozando vidas. Esa noche incluso pude sentir como una especie de martillazo endemoniado dejaba en mi rostro una cicatriz para nunca olvidar lo duro que golpea la represión de un gobierno militarista.

No obstante, ese acto de tiranía desenfrenada por parte de un hombre en contra de las mayorías, logró gestar un llamado a la conciencia en la conducción de la resistencia contra el autoritarismo, y así vimos como desde las universidades jóvenes de todas las clases sociales decidimos ser un factor decisivo en la conducción política de nuestro país; nació el movimiento estudiantil de 2007. Del que formaron parte quienes precisamente hoy dirigen la resistencia contra la dictadura de Nicolás Maduro, y del que en mayor o menor grado formamos parte mucho de los que hoy cumplimos funciones como servidores públicos en las instituciones ganadas como espacios para la democracia.
Desde vicepresidente de la Asamblea Nacional, diputados, alcaldes, concejales, funcionarios, profesores, jefes de partidos, pasando por presos o perseguidos políticos, militantes, activistas y luchadores por la democracia en general tenemos en el movimiento de renovación política que tuvo en el cierre de RCTV un referente para el llamado a la acción.

Ahora bien, hoy no solo la libertad de expresión se encuentra secuestrada por la dictadura. La democracia corre el riesgo de ser ajusticiada luego de que los traficantes del poder que integran el partido nacionalsocialista unido de Venezuela junto a los gorilas rabiosos de las fuerzas armadas y sus paramilitares la han violado, torturado, vejado y humillado. A falta de recursos para mantener el aparato clientelar, la dictadura pretende extorsionarnos y hacernos entregar el futuro a cambio de que paguemos con nuestra libertad.


La dictadura sigue insistiendo en cerrar las puertas del siglo XXI a Venezuela. Pero hoy somos millones los que en las calles no descansaremos hasta ver libres a los prisioneros de esta oscura etapa de nuestra historia. ¡VOLVERÁ RCTV Y TAMBIÉN VOLVERÁ LA LIBERTAD A VENEZUELA!

sábado, 28 de enero de 2017

LA REPÚBLICA ADOLESCENTE Y LA ADULTEZ DEMOCRÁTICA



En medio de la peor crisis económica, social, política y ética de nuestra historia, a menudo escuchamos las más diversas opiniones diletantes sobre la causa principal de nuestra desgracia nacional. Hoy hasta cierta parte de la élite política sin mayor descaro desplaza el locus hacia las masas, el pueblo o la ciudadanía: “la gente es la culpable por haber votado por Chávez”, “por ser tan pasiva”, “tan conformista”. Eso y otras expresiones casi psicoanalíticas exclaman sin siquiera haber pensado en los elementos complejos que nos han conducido a este oscuro presente. Quizás sin proponérselo políticos e intelectuales han caído como presa fácil del “fatalismo latinoamericano” que bien abordó Ignacio Martín-Baró en su texto Psicología de la liberación.

Sin embargo, la historia maestra vita vuelve a ser una opción pertinente para comprender las causalidades y no las casualidades que explican un presente decadente, en el que nos movemos cual cardumen atacado por depredadores que aparecen desde todas  las direcciones.

La historia de Venezuela es más que el devenir de la desgracia de un territorio colonizado y poblado por los peores conquistadores españoles, que además fue un espacio de desarrollo marginal para la corona española durante el periodo colonial (leyenda negra sobre la conquista). La discutida teoría de la “H”, planteada por Cornelius Osgood en 1943 como forma de explicar el poblamiento aborigen del hoy territorio venezolano puede dar luces sobre la dispersión de los grupos humanos que durante el periodo precolombino poblaron nuestro territorio, lo cual, una vez iniciado el proceso de conquista y poblamiento español en 1498, se tradujo en un largo itinerario hacia la dominación de un vasto y accidentado territorio, así como de sus habitantes. La no existencia de grandes culturas unificadas, como el caso de los aztecas o los incas, propició una dinámica intermitente, signada por avances y retrocesos; lo cual además se refuerza por el hecho demostrado de que todavía a finales del siglo XVIII el proceso de conquista y poblamiento del sur del territorio seguía en pleno desarrollo.

En términos político-administrativos este proceso se tradujo en un lento desarrollo de las instituciones coloniales, representadas en principio por los cabildos y las gobernaciones. En este orden, solo a finales del siglo XVIII con las Reformas Borbónicas es que aparecen las instituciones formales que hacen más funcional el gobierno provincial. De manera que la dependencia administrativa y judicial de una parte del territorio hacia Santo Domingo y la otra hacia la Nueva Granada llega a su fin, dando paso a la configuración de un gobierno colonial con pleno ejercicio de competencias basado en instituciones que tomaron como asiento la ciudad de Caracas (Intendencia de Ejército y Real Hacienda, Capitanía General, Real Audiencia, Real Consulado y Arzobispado).  

Es decir, a principios del siglo XIX, pocos años antes de que se produjera la ruptura del nexo colonial (independencia), Venezuela apenas comenzaba a experimentar los signos de civilización que más de cien años atrás habían conocido la Nueva España (México), la Nueva Granada (Colombia) y el Alto Perú.

La guerra civil, como describió Laureano Vallenilla Lanz a la independencia de Venezuela, además de altamente destructiva, se extendió por más de diez años desde 1812, dejando profundas heridas en todos los estratos sociales en todo el territorio nacional. Una guerra en la que confluyeron hombres surgidos de todas las clases sociales, se tornó prontamente en un enfrentamiento fratricida movido por los resentimientos de clase y que fue encausado de manera muy inteligente por los llamados padres de la patria bajo las banderas de la independencia en contraposición de la obediencia real. El odio inicial fue de esta forma sustituido por ideales republicanos y de integración.  

La República a partir de 1830 inicia un nuevo capítulo histórico, pero no como expresión de democracia y civilidad: los herederos de las luchas independentistas, los próceres devenidos en versiones caribeñas de los señores feudales se disputarían por casi cincuenta años el control del territorio y sus relativas riquezas. En 1859 esta conflictividad se matizaría con la ya evidente crisis social derivada de un modelo de desarrollo desigual (por no decir inexistente), y en tal sentido las banderas de la “federación” dieron cobijo a los resentimientos no superados con la independencia.

En la segunda mitad del siglo XIX los “campeones” de la federación, en términos del discurso se arrogarían el derecho de conducir a la nación hacia la civilidad y la democracia, pero sin que ninguno se atreviera a aflojar la cadena de la represión debida de parte de quien en condición de pater familias orientaba los rumbos de un país aún adolescente.

El siglo XX marca solo un cambio temporal convencional, pues la tiranía gomecista fue el mejor indicador de que la cultura política y social del “1900” llegaría con casi treinta y cinco años de retraso. A la par, del subsuelo brotaba una inagotable fuente de riquezas que permitiría al país experimentar un tipo de desarrollo del que ya parte de América Latina se regodeaba. Una nación párvula finalmente adquiría los medios materiales para ejercer la libertad económica que de cierto modo también movió a los padres de la patria a defender la idea de independencia.

Y con el surgimiento de la riqueza petrolera se reforzó también la idea de democracia. Pero no sin antes pasar treinta años para que la nueva clase política civil lograra los acuerdos mínimos para establecer un tipo de gobernabilidad impulsada por el deseo de progreso y no el espíritu de vindicta social. De forma que entre 1928 y 1958 sucede un proceso dialéctico que permite decantar las formas ideológicas que servirían de pilares institucionales al proyecto democrático liberal al que ha hecho referencia en distintos textos Germán Carrera Damas. La socialdemocracia y el socialcristianismo sustituyen al liberalismo y al conservadurismo que solo servían como etiquetas nominales a las montoneras que, dirigidas por caudillos, se batieron por el poder durante el siglo XIX.

A diferencia de la independencia y la federación, la democracia no era el fin aparente del resentimiento solapado entre los grupos sociales. La democracia no fue una bandera para poner fin a los privilegios del rey o de la oligarquía, sino un medio para incorporar a las mayorías en la toma de decisiones nacionales. Ni siquiera se trató de un acto contra las Fuerzas Armadas, pues parte de las mismas participarían activamente en la consolidación de un modelo de obediencia debida hacia la autoridad civil legítimamente electa. Parecía que en adelante no habría charretera que valiera más que la inmunidad parlamentaria. La democracia además, al menos entre 1958 y 1983 fue claro sinónimo de progreso nacional.

No obstante, el fantasma del resentimiento, del oportunismo y de la montonera, acicateado por una izquierda privilegiada que vivía del poder, pero enfrascada en suprimir el sistema, aunado a la ausencia de mecanismos para la formación y relevo de la clase dirigente, terminó por traspasar la toma de decisiones a los pulperos de la miseria, a los capataces del odio y los traficantes del poder. La élite que dio forma al modelo de democracia venezolana fue sustituida por mercaderes de la oportunidad y cofradías militaristas de inclinación totalitaria.

Estos elementos jugaron claramente a favor de la profundización de la desigualdad, la miseria y el odio social, logrando que en 1998, bajo las premisas del desquite, Hugo Chávez accediera al poder teniendo como una de sus proposiciones discursivas principales el “freír en aceite” las cabezas de los integrantes de los cogollos de los partidos políticos.

El resentimiento que una vez impulsó a Boves en la sanguinaria persecución de los criollos defensores de la independencia, el odio que propicio la declaración de “Guerra a Muerte” en 1813, el que hizo de Zamora el campeón de la federación, el de quienes se sujetaron a la creencia en un mesías militar, hizo posible la instauración de un tipo de gobierno cimentado sobre el rentismo, el asistencialismo social, el nepotismo, el sectarismo y el terrorismo de Estado hacia los hombres y mujeres negados a ser parte de la sociedad de cómplices que hoy decide los destinos de Venezuela.

Ahora bien, ¿Qué nos queda como lección?

Sin duda alguna recobrar la vigencia de la República Democrática jamás podrá ser un acto de desesperación impulsado por quienes desde la anti-política apuestan por la superación de la contingencia sin importar que eso implique comprometer el futuro de muchas más generaciones. Recuperar el ejercicio democrático requiere de desprendimiento, del cese y olvido de los ya muy viejos resentimientos sociales, de la renuncia al oportunismo y a la visión que hace de los espacios de representación popular especies de feudos de los partidos políticos, para avanzar hacia la construcción de un modelo funcional caracterizado por la existencia de contrapesos, por la diferenciación entre Estado, gobierno y partido, así como por la existencia de mecanismos no traumáticos para sustituir a quien ha fallado en su ejercicio de gobierno o para tomar las medidas que garanticen el desarrollo de todos los venezolanos por igual.

Hoy cuando al igual que hace cien años no hemos logrado entrar al nuevo siglo, se hace ineludible un ejercicio de reflexión para hacer de la democracia el mejor mecanismo para la protección de nuestros más preciados logros republicanos: la libertad, la igualdad ante la ley, la justicia, la alteridad, la responsabilidad y el esfuerzo como medios para lograr el desarrollo individual y colectivo.

Sin querer hacer del análisis histórico un poema cursi, la mejor vía para superar un modelo político impulsado por el resentimiento y el espíritu de desquite sin duda debe ser la democracia como espacio para la amplitud, la comprensión y la diversidad. Valga citar un extracto de las palabras de Rómulo Betancourt en la introducción de la colección Pensamiento Político Venezolano del Siglo XIX,  cuando señalaba que en el fondo

Los padres de la patria no se propusieron signar en los mapas parcelamientos nacionales, cerrados lotes para el regodeo de caudillos y de castas. Quisieron ante todo, forjar una conciencia republicana, un sentimiento democrático, fórmulas de convivencia que hicieran posibles las contradicciones que encierra la lucha política”.

He aquí una puntual y clara orientación surgida desde nuestro propio pensamiento político nacional, desde nuestra cultura democrática, desde todo lo que podemos ser una vez asumamos horizontes de expectativa en sustitución de la memoria del resentimiento.


martes, 19 de enero de 2016

LA PARADOJA DE LAS IMPORTACIONES.

Los patrones de consumo de Venezuela a principios del siglo XX resultaban bastante atrasados si se les compara con el de las naciones desarrolladas e incluso con el de otros países latinoamericanos. Siendo nuestro país un productor de materias primas (primero agrícolas luego minerales) el fenómeno de la industrialización fue notablemente tardío y por ende la producción casi artesanal no pudo nunca impulsar el consumo en masa.
El comienzo de la era petrolera a partir de la década de los veinte del mismo siglo repercutió en la conformación de patrones de consumo asociados a la producción masiva de bienes y servicios. A través de los comisariatos, de los mercados y los abastos los venezolanos conocimos la leche en polvo, los enlatados, las bebidas preelaboradas, las gaseosas, los detergentes, los cosméticos, la cerveza fría, entre otros muchos más productos.
El desarrollo de la II Guerra Mundial inevitablemente repercutió en ese nuevo patrón de consumo, siendo que la mayoría de los productos eran importados. Los venezolanos de la época conocieron un periodo de escasez que incluso se extendió hasta al menos dos años luego del fin de la guerra. Este fenómeno afecto de igual manera a los países latinoamericanos productores de materias primas.
Surgió entonces en los ámbitos de la planificación económica la idea de la "sustitución de importaciones"; de forma que las economías locales estuvieran en capacidad de sortear los altibajos de la economía global sin que eso involucrara un alto costo social que sin duda afectaría sobre todo a los sectores menos favorecidos. Aparecen, en consecuencia, los parques industriales de Valencia, Maracay, La Victoria, Barquisimeto, Maracaibo, entre otros.Ya en la década de los sesenta la capacidad industrial permitió la consolidación de industrias siderúrgicas y petroleras que años después serían nacionalizadas.
El primer "boom petrolero", también conocido como los años de la "Venezuela Saudita" desaceleró este crecimiento industrial, debido a la concentración de la inversión en la industria petrolera y sus derivados. No obstante, permitió un nivel de inversión social no conocido hasta entonces en nuestro país. Se afianzó el modelo rentista clientelar y esto generó repercusiones que incluso se extienden hasta el presente.
La caía de los precios internacionales del petróleo a principios de la década de los ochenta frenó el avance del Estado rentista y el desequilibrio económico se tradujo en una alta conflictividad social, además en el desgaste del modelo político durante las décadas de los ochenta y los noventa.
El siglo XX venezolano finalizó con una gran desigualdad social, con crecimiento económico muy bajo, pero con la inflación y demás desviaciones económicas prácticamente controladas. No es menos cierto que es durante esa época que grandes trasnacionales tecnológicas dieron un voto de confianza a nuestra economía y en tal sentido invirtieron sus capitales.
Ahora bien, Hugo Chávez asumió el país en tales condiciones y por lo menos durante los dos primeros años de su mandato no rompió la continuidad de dicha visión económica. Fue pública y notoria su aceptación de la llamada "Tercera Vía" económica de Tony Blair. Sin embargo, la polarización política en la que el empresariado y la sociedad civil (clase media) se erigieron como grandes adversarios del chavismo, acicateó la idea de impulsar un modelo económico caracterizado por rígidos controles, estatización de empresas y sustitución de la producción nacional con importaciones, como forma de reducir las posibles fuentes de financiamiento de lo que dio en llamar "contrarevolución". Aparece entonces el "socialismo chavista", o "socialismo del siglo XXI".
Y en términos del análisis del humanismo marxista no se trataba de un socialismo clásico sino de una restauración del modelo rentista y clientelar de atención social que ya en la década de los setenta y ochenta del siglo veinte habían impulsado los gobiernos de Acción Democrática.
El Estado a través del gobierno derrochó a más no poder y los grandes beneficiarios fueron los intermediarios y las nuevas mafias de las importaciones y el mercado negro (bachaqueo). Ya en el año 2008 se visualizaban los efectos perniciosos de un modelo que apuntaba a convertir la economía venezolana en un gran mercado negro.
Los planificadores económicos del chavismo no tuvieron problema en dejar florecer tan oprobioso sistema puesto que todo indicaba que a mediados de la década de los diez del siglo XXI el petróleo estaría cabalgando por encima de los 200 dólares. ¡Craso error!
En contraste, hoy mientras la economía estadounidense y la de sus socios mantiene un franco crecimiento en desmedro de las economías de los países emergentes, todo indica que entramos en un largo periodo de precios de materias primas a la baja. Paradójicamente el anacrónico gobierno chavista aboga por una política de sustitución de importaciones y de reactivación de la productividad nacional. He ahí una de las mejores pruebas de las contradicciones inherentes a un modelo político y económico decadente que, no conforme con ya estar rodando por el barranco, pretende arrastrar a toda la nación evitando con esto que entremos definitivamente al siglo XXI.
La respuesta a todo esto es que siendo el chavismo el causante de la enfermedad, no es posible que tan retrograda visión de la política sea la capaz de sacarnos de esta la peor crisis económica y social de nuestra historia. Con un barril de petróleo por debajo de los 20 dólares -tomando en cuenta que los costos de producción son superiores-, la realidad es que estamos peor que a finales de los noventa, cuando el costó del barril oscilaba los 7 dolares.
La reactivación de la economía requiere de un cambio de visión y por lo tanto de un cambio de gobierno. El chavismo debe comprender que la gran borrachera del rentismo llegó a su fin y por lo tanto dar paso a los venezolanos decididos a reconstruir todo lo que ellos destruyeron: nuestro país.

¿Acaso estamos conscientes del cambio histórico que comenzó el 6 de diciembre de 2015?

El triunfo de la oposición o la derrota del chavismo es mucho más que el producto de una campaña electoral exitosa o mal diseñada (para el caso de los perdedores). Así como el triunfo del chavismo en 1998 fue mucho más que una estrategia agresiva de propaganda impulsada por los grandes medio nacionales.
La crisis económica y social que se manifestó con el fin de la bonanza petrolera que permitió la construcción de la llamada "Gran Venezuela" no fue solventada por Hugo Chávez sino que por el contrario, la segunda gran bonanza petrolera de nuestra historia reciente solo fue utilizada para reforzar un Estado más burocrático, más corrupto, más ineficiente y una sociedad mucho más dependiente.
De ese esquema de populismo y derroche todos fuimos parte directa o indirectamente.
Hace cuestión de seis años, los teóricos económicos del chavismo visualizaban una economía multipolar con los EE. UU. hundiéndose en la crisis, la consolidación de economías como China y Rusia, la emergencia del resto de los llamados BRICS, y nosotros disfrutando de un barril de petróleo a 200 dólares para 2015. En ese orden, cambiar de socios económicos e impulsar un modelo basado en la importación estatal de productos de consumo masivo parecía viable, además de garantía de ejercicio de gobierno por al menos 30 años.
Sin embargo, la economía estadounidense no se hundió. Todo lo contrario, a través de las empresas tecnólogicas (Apple, Microsoft, Google) se recuperó y nuevamente se puso por encima de China y Rusia. A la par estos dos países entraron en procesos recesivos, generando efectos por consiguiente en el resto de los BRICS y economías de importancia secundaria como la venezolana.
En ese escenario, vale la pena señalar los ejemplos latinoamericanos de países como Colombia y Perú que aprovecharon la relativa estabilidad económica de la región para mejorar sus instituciones y a la vez crear mejores condiciones para la inversión. Venezuela por su parte se desgastó en la polarización política mientras las únicas cosas que crecían eran el gobierno y el gasto público.
Hoy la realidad es otra y luego de 7 años de colas, de bachaqueo, de controles, de delincuencia desbordada, la sociedad venezolana a través del voto expresó lo que ya en 2013 era una realidad, en 2014 un argumento a favor de la protesta y en 2015 un mensaje claro: CAMBIO.
Y más que un cambio de gobierno la ciudadanía lo que demanda es un cambio de esquema que permita que Venezuela entre definitivamente en el siglo XXI.
Gobierno y oposición deben por tanto renunciar a las propuestas populistas centradas solo en ganar el favor electoral para así reencontrar el camino de la modernidad política. Los servicios públicos hoy están peor que hace 20 años, la capacidad de respuesta gubernamental ante temas como el arreglo de vías e infraestructura hoy sigue siendo tan lento como en los años 30 del siglo XX, la distribución de los recursos en los distintos niveles de la administración público solo da para el pago de personal y la corrupción. Ya no es posible que un alcalde o un gobernador emprenda proyectos de modernidad puesto que eso es una potestad exclusiva del gobierno nacional.
En tal sentido esta nueva etapa de nuestra historia debe retomar la planificación, la discusión, la negociación y la concertación como principios rectores para atender y superar nuestras problemáticas nacionales. La megafiesta de derroche de la revolución llegó a su fin y por lo tanto es necesario que retomemos el sendero del trabajo como garantía de mejoras, movilidad social y bienestar colectivo.
Hay mucho trabajo por hacer, pero mientras más pronto comencemos, las soluciones serán mucho menos traumáticas.

jueves, 19 de febrero de 2015

EL ÚLTIMO RETUIT DE GÉNESIS.



Una noche cualquiera, de esas en que luego de varias reuniones uno llega a casa y se sienta frente al computador a revisar redes sociales, una noche cualquiera en las que uno revisa miles de comentarios en Twitter o Facebook, una noche de esas en que nos vamos por la frivolidad de escudrinar cuanto timelime se nos aparece, encontré la cuenta de una modelo valenciana llamada Génesis. Un hermoso rostro en una posición casi adolescente adornaba el avatar de una de las miles de bellezas venezolanas que podemos encontrar a través de la web en cuanta aplicación pueda estar de moda dentro de la sociedad 2.0.

A primera vista sus tuits y retuits resultarían un tanto frívolos; propios de una joven venezolana con aspiraciones de formar parte del selecto grupo de nuestras mises de talla mundial y universal. Su cuenta dejaba ver las interacciones propias de una novel modelo, sin ninguna otra urgencia que la de darse a conocer a través de su belleza. Intercalados se encontraban algunos retuits de comentarios de voceros políticos y de noticias. Un espíritu de guerrillero comunicacional al más puro estilo Miguel Ángel Pérez Pirela habría llegado a la brillante conclusión de que solo se trataba de una alienada más, otra sifrinita con aspiraciones plástico-burguesas, incapaz de ver todo lo "bueno" y "maravilloso" de la revolución de Chávez y su hijo.

La valenciana es una modelo, una miss que por más de que me empeñe en apoyarla, jamás llegará a ponerse una corona de reina, jamás logrará saltar a la fama y luego tal vez terminar siendo animadora, cantante o actriz. Tampoco podrá emular a Irene Sáez, logrando posicionarse como figura femenina en un mundo político avasallado por los hombres. Mucho menos podrá salir a una marcha a gritar consignas contra el mal gobierno, o simplemente no podrá tomarse fotos con sus amigas, adornada de tricolor en sus gorras y pulseras. 

Encontrar a la modelo valenciana no fue un hecho fortuito. Al momento de teclear en el buscador, ya estaba claro de su nombre y apellido. Al revisar su último retuit ya había reconocido que su cuenta no tenía interacciones desde el 14/02/2014. Se trataba de Génesis Carmona. Quien perdió la vida hace un año y un día, luego de que recibiera un disparo en la cabeza mientras corría para protegerse de la arremetida de las bandas delincuenciales motejadas como "colectivos", ordenada por Francisco Ameliach, luego de que este tuviera la brillante idea de anunciar por Twiiter su versión personal de la "solución final", pero aplicada a los escuálidos.

A Génesis Carmona no le quitó la vida una bala perdida. A Génesis Carmona la asesinó la intolerancia de los que piensan que quienes ejercemos nuestro derecho a pensar distinto no merecemos vivir en este país. 


El último y tal vez un tanto cursi retuit de Génesis Carmona, decía lo siguiente: "Quédate con el que cuente las mejores historias. Un día va a contar la tuya". Hoy comenzamos a contar la tuya, la de quien fue asesinada por un gobierno con más militares y malandros asesinos que médicos y maestros.