El populismo es quizás, en la óptica de diversidad de analistas
políticos, la más acabada expresión de la política latinoamericana. No porque
en el resto del mundo no existan líderes populistas sino porque el desarrollo
de la democracia en nuestra región ha venido necesariamente aparejado del
populismo.
En el contexto de las grandes decisiones tomadas en función de complacer
o reivindicar a las mayorías, líderes de América Latina nacionalizaron la
explotación de minerales, declararon niveles de la educación, de la salud y la
prestación de servicios como asuntos de exclusivo control del Estado a través
de sus instituciones.
El acceso a derechos y la ampliación de los mismos también respondió a
las exigencias mayoritarias de hombres y mujeres en el contexto de sociedades
definidas por la transición entre el agrarismo, la fisiocracia y la modernidad
industrial accidentada.
El populismo también generó grandes heridas e incluso se convirtió en un
cáncer social para países como Venezuela. La visión de gobierno de Carlos
Andrés en su primer mandato, su reelección y la de Rafael Caldera introdujeron
a nuestro país en la dinámica de sujetar grandes decisiones nacionales a
objetivos electorales circunstanciales. Ese cáncer populista hizo metástasis a
partir de 1999, pues más que apelar a las legítimas aspiraciones de las
mayorías, la llamada Revolución Bolivariana de Hugo Chávez encontró su
principal factor de orientación en los grandes resentimientos de una sociedad
marcada por la desigualdad social.
No solo Hugo Chávez sino la antipolítica en general cargaron contra las
desgastadas instituciones políticas, creando un clima de animadversión hacia
cualquier posibilidad de tomar decisiones basadas en la negociación, la
concertación y la gobernanza. Aunado a esto, la dirigencia de los partidos
políticos encontró un lugar cómodo en la ambivalencia y la indecisión para
evitar los costos dentro de los limitados espacios de poder manejados por la
disidencia.
Ahora bien, en medio de la profundización de las contradicciones
políticas que permitieron al chavismo ejercer el poder de forma hegemónica
desde el año 1999, traducida en el aumento de la conflictividad social desde el
año 2014 y la rebelión cívica emprendida por los venezolanos a finales del mes
de marzo de 2017 a partir de la ruptura del hilo constitucional provocada por
la decisión tomada por el régimen de Nicolás Maduro, y ejecutada a través del
Poder Judicial, de disolver de facto a la Asamblea Nacional, el país ha estado
expectante de decisiones referidas a la orientación de la protesta en contra de
la dictadura; al frente de esas decisiones y la conducción en nombre de la
Unidad Democrática ha estado el Diputado Freddy Guevara, Coordinador Nacional
Adjunto de Voluntad Popular y Primer Vicepresidente de la Asamblea Nacional.
No es nada fácil ofrecer el rostro y la integridad personal a un
movimiento de rebelión cívica que no solo es atacado y perseguido por un
gobierno en fase dictatorial, sino también descalificado y reprendido por
factores disidentes que desde la antipolítica parecen apostar porque el viaje
al basurero de la historia Nicolás Maduro lo haga acompañado del Psuv y la MUD.
En contraste, la realidad demuestra que la conquista de espacios
democráticos como la Asamblea Nacional, así como la conducción de la protesta
ha recaído en la Unidad Democrática, a pesar de las contradicciones internas
propias de una alianza principalmente electoral, integrada por partidos con
distintas prioridades. Y el llamado ha sido la respuesta al clamor nacional
mayoritario de forzar a la dictadura a retomar la senda de la democracia como
mecanismo para la resolución de conflictos y el logro del bienestar social.
No obstante, dar al traste con un régimen político delincuencial dirigido
por traficantes del poder, sin duda alguna requiere de más que aparentes
acciones fulminantes, la negación del chavismo como realidad política o la
persecución sin armas contra quienes están muy bien armados y que además no
vacilan en aniquilar a quien piense distinto. A lo que debemos agregar la
postura timorata de altos funcionarios públicos, de empresarios que se
enriquecieron haciendo negocios irregulares con el chavismo y de militares con
grandes fortunas amasadas producto de la corrupción en distintos niveles de la
administración pública.
Durante los más de 100 días que van desde los finales de marzo hasta el
presente, el Diputado Freddy Guevara junto a otros parlamentarios provenientes
de la generación estudiantil de 2007, ha sido el portavoz de la dirección de la
protesta ciudadana; muchas veces aplaudido y vitoreado, otras muchas cuestionado
y denostado.
Sin embargo, el transcurrir de los
difíciles días de los meses de abril, mayo, junio y julio ha permitido
reivindicar ese papel de conducción, a pesar de los espíritus irreverentes que
se presentan como la quintaesencia de la oposición. La mejor prueba de esto es
la histórica Consulta Soberana que el domingo 16 de julio de 2017 permitió a
los venezolanos materializar lo dispuesto en el artículo 350 de la Constitución;
es decir, rebelarse en contra de las instituciones secuestradas por la
dictadura y realizar una gran consulta nacional en la que más de 7 millones de
venezolanos ratificaron su compromiso con la democracia como mejor sistema de
gobierno.
Y es que si revisamos los datos periodísticos, a finales del mes de mayo el Diputado Guevara
propuso la realización de una consulta dirigida por la Asamblea Nacional y sin
la supervisión del Poder Electoral para medir la apreciación de los venezolanos
en torno al fraude constituyente de Nicolás Maduro. A lo cual las mayorías
opinantes cargaron inmediatamente, haciendo que dicha propuesta quedara
relegada en aquel momento.
El histórico 16 de julio de 2017 indica que el país si puede curarse del
cáncer populista y que en la dirigencia democrática existen hombres y mujeres
dispuestos a dar la cara cuando las grandes decisiones nacionales no son del
agrado coyuntural de las mayorías. En eso ha sido clave la vocería y conducción
depositada en Freddy Guevara.
Y es que el nuevo país que surgirá de la transición del chavismo hacia la
democracia requiere de romper con la tradición populista para que como sociedad
podamos insertarnos en la institucionalidad mínima que hoy se necesita para
lograr el desarrollo y la modernidad. América Latina sigue siendo una región
con grandes desigualdades sociales traducidas en pobreza, deficiencia de los
servicios públicos y delincuencia desbordada, no obstante, cada vez son más
numerosos los espacios donde la construcción de instituciones públicas y
políticas solidas da paso a la solución de los problemas sociales.
Así como a finales de 2016 se inició un proceso histórico a partir de una
elección parlamentaria y no de una elección presidencial o el derrocamiento de
un presidente. Hoy nos encontramos en una etapa donde un nuevo tipo de
dirigentes políticos decide dejar atrás el cáncer populista que tanto daño ha
hecho a los latinoamericanos. Y es allí donde Freddy Guevara ha venido
asumiendo un rol fundamental en el quiebre del populismo venezolano.


