domingo, 9 de septiembre de 2018

NI DE AQUÍ NI DE ALLÁ

Los andinos sabemos un poco lo que significa emigrar. Mi querido estado Trujillo experimentó entre los años 30 y 70 del siglo XX un proceso migratorio tan significativo que las tasas de crecimiento demográfico fueron durante ese periodo de las más pequeñas de Venezuela.
De todos sus pueblos y caseríos salieron miles de trujillanos y trujillanas que se dispersaron por todo el país, teniendo como principales destinos Caracas y Maracaibo. Campesinos en su mayoría que solo sabían labrar la tierra, muchos otros trabajadores no calificados que gracias a la democracia aprendieron al menos a leer y escribir, y un pequeño grupo de jóvenes que escogieron la educación como medio para el ascenso social, convirtiéndose en destacados profesionales al servicio de tierras distintas a las que los vieron nacer.
Muy a pesar de que las mayorías solo pasaron a formar parte de los cinturones de pobreza, el cambio de hábitos alimenticios, y la adopción en general de las costumbres asociadas a la urbanidad, generaron una ilusión de bienestar en los emigrantes.
Con el paso de los años, de Caracas o Maracaibo viajaban las familias en Carnaval, Semana Santa, vacaciones escolares o navidad, traían cosas que en los pueblitos andinos no se veían, sus acentos ya no eran los de los parameros, y sus costumbres resultaban hasta extrañas. En esas visitas llegaba muchas veces lo mejor y lo peor de la accidentada modernidad venezolana.
El progreso para las familias emigrantes no necesariamente se tradujo en educación, mejor hábitat, mejores servicios públicos y capacidad de ahorro, sino en la adquisición de un carro para la familia, un puesto de trabajo en una trasnacional, una casa de dos plantas en una barriada caraqueña, o la posibilidad de viajar en bus cama cuando se iba a visitar a "los viejos" en los Andes.
Los emigrantes, ya caraqueños, pero con raíces andinas, a pesar de vivir en una sociedad que bien reflejaba las desigualdades de un estado rentista altamente clientelar y corrupto, poco o nada necesitaban de la política, debido a que bien rezaba la sabiduría popular: "quien no trabaja, no come".
Sin embargo, con el avance del chavismo hasta eso llegó a su fin: por más que se trabajara, conseguir una casa, un taxi para chambear, un trabajo e incluso una bolsa de comida, requería de demostraciones de lealtad hacia el gobierno chavista, el partido chavista y los polítiqueros chavistas del barrio.
Viajar en vacaciones se convirtió en una proeza porque ya no hay buses, y de paso ahora se debe comprar el efectivo; el chevrolet caprice de la familia tiene más de un año parado porque no tiene cauchos y tampoco batería; tampoco se puede llamar todos los días a los abuelos porque las líneas cantv no sirven.
En medio de esta crisis jamás vivida, los que una vez emigraron desde los andes hasta Caracas en busca de mejores trabajos, hoy han tenido que dejar la casa donde los títulos de bachiller enmarcados adornaban la sala, para emprender la ruta de los caminantes venezolanos a través de los Andes Suramericanos.
Toca comenzar nuevamente de cero. Así como los viejos llegaron a Caracas en los 50 y los 60, toca hacer lo mismo, pero en otro país. Ya no habrá viajes en vacaciones, ya el terminal de La Bandera no será la pocilga que anuncia que en algunas horas se podrá retornar a la tranquilidad de las montañas de Trujillo. Hay una historia de vida que no será más. Como los judíos al regresar a Hungría luego de terminar la Segunda Guerra Mundial, mientras el chavismo esté en el poder, está ya no será más la tierra de los emigrantes venezolanos. 

Siempre fueron emigrantes, pero no se habían dado cuenta...

martes, 4 de septiembre de 2018

LOS "BUENOS" OPOSITORES Y LOS "MALOS" CHAVISTAS


En Venezuela se ha hablado y se ha generalizado bastante sobre los vicios morales necesarios para ser chavista. En particular la visión oportunista, la conducta del eterno acreedor, el individualismo extremo, la capacidad para hilar mentiras, el sentido de dependencia tóxica, el resentimiento hacia quien trabaja y se exige cada día más para lograr el ascenso social, entre otros; mismos que no son solo expresión del chavismo sino de la mala política en su conjunto; en este caso elevada a la enésima potencia por el gran destructor del capital social venezolano, el teniente coronel Hugo Chávez-Frías.

Todos tenemos amigos chavistas, y por mucho cariño que les tengamos, en mayor o menor medida cumplen con estas características. También mucha gente de la oposición ha adoptado esta conducta chavista. Pero lo concreto es que en el chavismo esto es primordialmente un patrón cultural generalizado.

En el chavismo hay gente de muy mal corazón. Sobre todo los que gobiernan porque ninguno es conocido por sus méritos de profesionalismo, servicio público a desprendimiento. Son entre otras cosas dirigentes estudiantiles corruptos, sindicalistas reposeros, militares tramperos, funcionarios públicos matraqueros, etc. No es extraño que sin necesidad de apelar al asesoramiento cubano, hayan juntado toda esa experiencia nefasta, pero experiencia al fin, para construir un sistema perfectamente aceitado que configura un Estado delincuencial, efectivo para robar dinero y votos, secuestrar condiciones a su favor, modelar la ley en función de sus delitos e incluso transgredirla cuando ya no se le pueda estirar más.

Algunas de esas personas, de manera no oficial ya reconocen todos esos vicios, pero por cuestiones de supervivencia se niegan a saltar la llamada talanquera. También porque del lado de la oposición hay demasiadas hachas afiladas esperando por ellos.

Ahora bien, siendo personas de pocos valores positivos, extraña ver que al momento de defender el poder o las mentiras que se tejen desde el politburó del psuv, su comportamiento es formidable. Son soldados de la oscuridad, pero al fin y al cabo trabajadores muy bien organizados y comprometidos. Cuando se trata de apoyar a una cabeza de grupo para una postulación, puede haber odio a muerte entre ellos, pero cierran filas de inmediato cuando inclusive se les impone una candidatura. -Lo contrario es perder el poder-. Sin chistar apoyan las irracionales medidas del gobierno, y por risibles que parezcan, se encargan de pontificarlas a todos los sitios donde van.

En elecciones se levantan temprano y llegan directo a armar la macolla del ventajismo con los funcionarios del Poder Electoral y los militares. Detectan mesas sin testigos, en donde la oposición tiene un defensor del voto aguerrido, se buscan a los colectivos de la violencia,  y en medio del desamparo de nuestra gente, lo logran expulsar a patadas. No conforme con eso monitorean los centros para saber dónde sabotear y dónde no.

En el contexto de las protestas se victimizan, a pesar de ser ellos los dueños del monopolio de la violencia, se cubren los rostros para que la gente no se percate de que desde ministros, pasando por funcionarios subalternos, militares, policías y por supuesto malandros, forman parte de los grupos de choque como los que en el año 2017 asesinaron a 158 venezolanos.

Además de eso, una vez que cometen sus delitos, se organizan para defender a sus asesinos y desprestigiar a quienes salen a ejercer su derecho a la protesta. Y son tan efectivos que hasta gente de la oposición terminó por autodenominarse “guarimbera”.

En cuanto a los programas sociales o clientelares, son los primeros en hacer fila, en las ventas de comida regulada son los primeros en hacer cola e incluso organizarla para, al cabo de un tiempo, convertirse en los pranes de la escasez.

Aquí aparece la inexorable necesidad de contrastar a esa parte del país con el otro lado de la moneda política; es decir, nosotros la oposición.

Pues bien, resulta que nosotros nos vemos como la “gente buena”, con valores, educada, de actitud cívica, emprendedora, de buena convivencia, y que por supuesto tiene la capacidad de “solucionar” todos los problemas del país. Y no cabe duda que hay mucho de eso. Pero, ¿Por qué nos cuesta tanto derrotar a un chavismo que se presenta como la quintaesencia de toda la mala política?

Busquemos posibles respuestas.

En primer lugar ni de manera no oficial ha habido capacidad de reconocer errores a tiempo. Y eso tiene que ver con el hecho de que en lugar de analistas de escenarios probables, tenemos doctores en subestimación de contextos, así como filósofos en comprensión del fracaso. Aunado a eso, cuando alguien sale a reconocer los errores, lo lanzamos a los brazos del chavismo, en donde en lugar de esperar con hachas afiladas, tienen almohadas de plumas, licor, comida, contratos, y otros privilegios.

Cuando alguien mejor formado y más capacitado que nosotros tiene una aspiración, así no sea nuestra competencia, bien pronto nos volvemos articuladores de los militantes del odio para liquidarlo. Pocas veces se dice: "lo importante no es que llegue uno sino todo el equipo". Por lo contrario, una vez que se llega, y eso se hizo evidente entre 2013 y 2015, se gobierna con el grupito de confianza, independientemente de que el mismo no cuente ni con el requisito mínimo para estar al frente de la administración pública en los años del chavismo.

Cuando se proponen estrategias para confrontar a la dictadura venezolana, los primeros en desguazarlas somos nosotros. Para muestra basta revisar cómo le cayeron a martillazos comunicacionales a Freddy Guevara cuando en el mes de mayo de 2017 propuso hacer una consulta popular; muchos de esos luego se convirtieron en los más férreos defensores de la Consulta Soberana del 16 de julio, y hoy además se presentan como sus únicos herederos.

En el plano de las elecciones muchos de nuestros partidos se pelean por tener la mayor cantidad de coordinaciones de centros de votación, pero sin tener los testigos para completar los padrones, o los defensores del voto que hagan el trabajo de enfrentar al chavismo en la batalla electoral. Los padrotes de las elecciones son tan inamovibles como el Papa, y aunque sean expertos en perder, se siguen manteniendo en sus feudos políticos. Pocas personas estudian la historia electoral por estados, municipios, parroquias, centros de votación o mesas. Y es que además, en lugar de invertir dinero en eso, todo se gasta en estrategias comunicacionales para salvar lo insalvable una vez se pierden las elecciones.

Por otro lado, nuestros “dignos”, “preparados” y “buena gente” dirigentes nacionales no salen de Caracas, no conocen sus propios partidos, no hacen elecciones internas y son la ejemplificación de la "carismocracia teledirigida" de la que habla Peter Sloterdijk. Son entusiastas del micrófono y las cámaras, pero generalmente no tienen tiempo para escuchar a nadie. Cual basileus de la política, solo hablan con sus sacerdotes de partido.

¡Ay de quien requiera de la solidaridad de sus pares compañeros de lucha si de ahí no se logra aumentar el número de seguidores en Twitter e Instagram!

En la protesta, pocos se atreven a llevar la iniciativa de tomar las calles. Una vez que alguien da el paso al frente y las masas terminan por sumarse, los furibundos opositores antioposición los convierten en “traidores” u “oportunistas” si los llegan a ver un plantón o una marcha. Y agregado a eso, no son las mentes más serenas y calculadoras las que terminan dirigiendo las protestas, sino los agitadores con buen gañote.

En ese mismo escenario, nos dejamos llevar por las fábulas, subestimamos a la dictadura y terminamos por convertirnos en esclavos del discurso; nos exponemos, exponemos a nuestros compañeros y exponemos la delicada lucha clandestina al no controlar el deseo de figurar.

Activamos las calles, pero las dejamos sin dirección, no documentamos los momentos críticos de la violencia, no hacemos labores de inteligencia para identificar las figuras claves de la represión, y al poco tiempo terminamos por tratar de malandros a nuestros protestantes, dando con esto solidez a las matrices comunicacionales fascistas de la dictadura chavista.

Hay muchas iniciativas de grandes espíritus democráticos que desde el país o desde exterior trabajan para ayudar a sus familias, a sus vecinos y a sus compañeros de lucha. Pero casi todas eclipsadas por los obsesionados del protagonismo que usan fachadas organizacionales para lograr el financiamiento que permita mantener sus privilegios nivel “clase media de la Venezuela Saudita” en medio de la miseria de sus pares.

Y todo eso pasa mientras millones de venezolanos (muchos de ellos chavistas) borran sus historias de vida al cruzar las fronteras con un destino incierto en el que se tiene altas probabilidades de terminar convertidos en mercancía humana.

Compréndase entonces por qué no hemos podido derrotar el cáncer cultural representado por el chavismo, y la necesidad de cambiar cada uno de nosotros antes de quererle cambiar la vida a un país entero.

No podemos perder más tiempo o terminaremos en el basurero de la historia junto al chavismo.