viernes, 12 de octubre de 2018

LA INICIACIÓN DICTATORIAL

Cada vez que procuro hacer una reflexión crítica desde la perspectiva de quien es observador y a la vez protagonista de un proceso histórico de desgaste de los mecanismos de representación política e institucional, siempre aparece una especie de llamado de atención metacognitivo para evitar trasgredir eso que llaman "disciplina partidista". Mi familia y mis amigos saben que soy activista de un partido político que, a pesar de sus yerros estratégicos y erradas lecturas de los tiempos de la política, sigue representando la mejor opción para la reconstrucción de la democracia en Venezuela: integrado por buenas bases ciudadanas, con sentido del sacrificio como consecuencia de la persecución, y con un pilar organizacional sólido, es decir, su juventud. 

Citando a Spencer, Laureano Vallenilla Lanz en 'Cesarismo Democrático' señala que en las jóvenes repúblicas como Venezuela los "jefes no se eligen sino se imponen"; aserto que no deja de gravitar en las nebulosas de la historia política de estos tiempos de autoritarismo devenido en pranato constitucional. Cuando Venezuela fue democrática desaparecieron momentáneamente los jefes y fueron sustituidos por los dirigentes. El resurgimiento del militarismo le dio un nuevo aire a los mandamases. 

Las transiciones desde gobiernos personalistas en no pocas oportunidades abrieron la oportunidad para la recuperación de modelos basados en instituciones y no en hombres. López Contreras no fue un tirano como Gómez; Medina Angarita fue un militar que gobernó como civil. Y para no ir tan lejos en el viaje hacia el pasado, Lenín Moreno en Ecuador ha tenido la suficiente determinación para romper con la línea populista y personalista de Rafael Correa. 

Cuando se trata de fenómenos carismáticos como el de Hugo Chávez Frías, quien ejerció un liderazgo centrípeto en el seno de su alianza política, la no formación de cuadros para el relevo hizo que la sucesión en el contexto de su inminente muerte en 2012, se fundamentara más en la lealtad, la amistad y la camaradería, que en una decisión tomada por una élite política. Que Nicolás Maduro haya reciclado a muchos de los otrora “engañadores” de Chávez, da sustento a este planteamiento. 

Maduro evidentemente no es Chávez. Y nunca se le reconoció como un tipo carismático o encantador. En las elecciones presidenciales del año 2013, donde gracias a una ayudita del Poder Electoral logró arrebatar la silla presidencial a Henrique Capriles entre las 6 y 8pm de aquel domingo 14 de abril, Nicolás se mostraba como un presidente débil, incapaz de soportar la dinámica que en una y otra ocasión logró fortalecer a su antecesor. Al menos hasta el año 2014 Maduro no parecía convencer al propio chavismo de cabalgar escenarios electorales blandiendo la espada populista. Y efectivamente la abrumadora derrota en las elecciones parlamentarias de 2015 esto se hizo indudable.

Sin embargo, la debilidad electoral no necesariamente es debilidad política o debilidad para ejercer el poder. En ese escenario, el de ejercer el poder hasta por encima de la ley fue que Nicolás Maduro pasó de ser un “bobolongo” al “martillo autoritario” que Chávez quiso ser, pero nunca fue.

En el mundo de las organizaciones criminales latinoamericanas es común ver la existencia de rituales de iniciación delincuencial, donde se pone a prueba la determinación del aspirante a jefe: en el mundo de los malandros, los choros, los narcos o los gánster nadie se vuelve líder por ser ejemplo de amistad, trabajo y sacrificio; el pran en Venezuela comienza su carrera hacia la cúspide del poder cuando demuestra que es capaz de agredir o matar sin espabilar.

De esta manera en el 2014 Maduro demostró que si bien no ganaba elecciones sobrado, si tenía la determinación de perseguir, encarcelar, desaparecer y asesinar a su disidencia. Leopoldo López fue su primer experimento: encarcelado desde febrero de 2014 hasta la fecha. 

En el 2015 la prueba de Maduro fue electoral y una vez más demostró su incapacidad para ser un líder en el escenario político electoral. Una vez más el chavismo dudaba del “burro”, del “bobolongo”; la Mesa de la Unidad Democrática logró hacerse con la mayoría calificada de la Asamblea Nacional, a pesar del ventajismo, de la parcialidad chavista del CNE, de la intimidación de los grupos paramilitares y parapoliciales.

No obstante, en el 2016 los partidarios de la lucha armada sin armas reaparecen de las cenizas del 2014, y a pesar de que desde la entonces Mesa de la Unidad Democrática se procuró canalizar “la calle” en pos de la realización de un referéndum revocatorio, Maduro llevó la crisis política al terreno donde es fuerte, cerrando la opción electoral, so pretexto de los errores en cuanto al planteamiento político electoral de la oposición; cerrada quedó entonces la opción electoral como consecuencia de una errada estrategia de “calle, y si no se puede, elecciones”. Maduro siguió empujando a la oposición al terreno de la lucha armada sin armas.

En el 2017 Nicolás dejó de estar a la sombra del llamado “comandante supremo”, y pese a los costos políticos internacionales pasó a ser el hombre fuerte del chavismo: el burro, el bobolongo, ahora era motejado como “el carnicero de Miraflores”. En 2017 Maduro se impuso como jefe del chavismo ganando la batalla a través de la represión, la persecución y el asesinato, empujando a la oposición hacia la antipolítica, logrando competir solo en el único escenario donde sabe que puede ser derrotado, es decir, el electoral. 

Ahora bien, si hacemos un análisis del tipo de relaciones de poder sobre las que ha construido su jefatura Nicolás Maduro, podremos comprender que la protesta en la calle no es un mecanismo efectivo para lograr el quiebre de la estructura de poder interna del chavismo pues, si bien puede llegar a ser masiva, carece de estructura orgánica que permita lograr la disciplina suficiente para avanzar o hacer repliegues estratégicos; no se cuenta además con mecanismos de inteligencia social, grupos de choque entrenados, zonas de distención o rutas para evacuar posibles perseguidos políticos. 

En contraste, hasta el 2015 a nivel electoral se logró articular equipos de trabajo que garantizaron la existencia hasta de hasta dos padrones electorales por centros de votación, activistas sociales que buscaron los votos de adultos mayores, enfermos en hospitales, presos en la cárceles y chavistas descontentos por la crisis económica; casi literalmente hasta debajo de las piedras.

Lo cual nos puede permitir pensar que no se trata de participar en elecciones en las condiciones en que el chavismo gana así no cuente con los votos. Pero si de orientar la presión social para que el chavismo dictatorial se vea obligado a transitar hacia un escenario electoral donde cualquier ventajismo o trampa sea sobrepasado por la participación masiva. No hay quiebre posible si no se dibuja un escenario de legitimación electoral de la gran mayoría de venezolanos y venezolanas que se cansaron del chavismo.

No somos combatientes, somos ciudadanos. No somos soldados, somos políticos.

domingo, 9 de septiembre de 2018

NI DE AQUÍ NI DE ALLÁ

Los andinos sabemos un poco lo que significa emigrar. Mi querido estado Trujillo experimentó entre los años 30 y 70 del siglo XX un proceso migratorio tan significativo que las tasas de crecimiento demográfico fueron durante ese periodo de las más pequeñas de Venezuela.
De todos sus pueblos y caseríos salieron miles de trujillanos y trujillanas que se dispersaron por todo el país, teniendo como principales destinos Caracas y Maracaibo. Campesinos en su mayoría que solo sabían labrar la tierra, muchos otros trabajadores no calificados que gracias a la democracia aprendieron al menos a leer y escribir, y un pequeño grupo de jóvenes que escogieron la educación como medio para el ascenso social, convirtiéndose en destacados profesionales al servicio de tierras distintas a las que los vieron nacer.
Muy a pesar de que las mayorías solo pasaron a formar parte de los cinturones de pobreza, el cambio de hábitos alimenticios, y la adopción en general de las costumbres asociadas a la urbanidad, generaron una ilusión de bienestar en los emigrantes.
Con el paso de los años, de Caracas o Maracaibo viajaban las familias en Carnaval, Semana Santa, vacaciones escolares o navidad, traían cosas que en los pueblitos andinos no se veían, sus acentos ya no eran los de los parameros, y sus costumbres resultaban hasta extrañas. En esas visitas llegaba muchas veces lo mejor y lo peor de la accidentada modernidad venezolana.
El progreso para las familias emigrantes no necesariamente se tradujo en educación, mejor hábitat, mejores servicios públicos y capacidad de ahorro, sino en la adquisición de un carro para la familia, un puesto de trabajo en una trasnacional, una casa de dos plantas en una barriada caraqueña, o la posibilidad de viajar en bus cama cuando se iba a visitar a "los viejos" en los Andes.
Los emigrantes, ya caraqueños, pero con raíces andinas, a pesar de vivir en una sociedad que bien reflejaba las desigualdades de un estado rentista altamente clientelar y corrupto, poco o nada necesitaban de la política, debido a que bien rezaba la sabiduría popular: "quien no trabaja, no come".
Sin embargo, con el avance del chavismo hasta eso llegó a su fin: por más que se trabajara, conseguir una casa, un taxi para chambear, un trabajo e incluso una bolsa de comida, requería de demostraciones de lealtad hacia el gobierno chavista, el partido chavista y los polítiqueros chavistas del barrio.
Viajar en vacaciones se convirtió en una proeza porque ya no hay buses, y de paso ahora se debe comprar el efectivo; el chevrolet caprice de la familia tiene más de un año parado porque no tiene cauchos y tampoco batería; tampoco se puede llamar todos los días a los abuelos porque las líneas cantv no sirven.
En medio de esta crisis jamás vivida, los que una vez emigraron desde los andes hasta Caracas en busca de mejores trabajos, hoy han tenido que dejar la casa donde los títulos de bachiller enmarcados adornaban la sala, para emprender la ruta de los caminantes venezolanos a través de los Andes Suramericanos.
Toca comenzar nuevamente de cero. Así como los viejos llegaron a Caracas en los 50 y los 60, toca hacer lo mismo, pero en otro país. Ya no habrá viajes en vacaciones, ya el terminal de La Bandera no será la pocilga que anuncia que en algunas horas se podrá retornar a la tranquilidad de las montañas de Trujillo. Hay una historia de vida que no será más. Como los judíos al regresar a Hungría luego de terminar la Segunda Guerra Mundial, mientras el chavismo esté en el poder, está ya no será más la tierra de los emigrantes venezolanos. 

Siempre fueron emigrantes, pero no se habían dado cuenta...

martes, 4 de septiembre de 2018

LOS "BUENOS" OPOSITORES Y LOS "MALOS" CHAVISTAS


En Venezuela se ha hablado y se ha generalizado bastante sobre los vicios morales necesarios para ser chavista. En particular la visión oportunista, la conducta del eterno acreedor, el individualismo extremo, la capacidad para hilar mentiras, el sentido de dependencia tóxica, el resentimiento hacia quien trabaja y se exige cada día más para lograr el ascenso social, entre otros; mismos que no son solo expresión del chavismo sino de la mala política en su conjunto; en este caso elevada a la enésima potencia por el gran destructor del capital social venezolano, el teniente coronel Hugo Chávez-Frías.

Todos tenemos amigos chavistas, y por mucho cariño que les tengamos, en mayor o menor medida cumplen con estas características. También mucha gente de la oposición ha adoptado esta conducta chavista. Pero lo concreto es que en el chavismo esto es primordialmente un patrón cultural generalizado.

En el chavismo hay gente de muy mal corazón. Sobre todo los que gobiernan porque ninguno es conocido por sus méritos de profesionalismo, servicio público a desprendimiento. Son entre otras cosas dirigentes estudiantiles corruptos, sindicalistas reposeros, militares tramperos, funcionarios públicos matraqueros, etc. No es extraño que sin necesidad de apelar al asesoramiento cubano, hayan juntado toda esa experiencia nefasta, pero experiencia al fin, para construir un sistema perfectamente aceitado que configura un Estado delincuencial, efectivo para robar dinero y votos, secuestrar condiciones a su favor, modelar la ley en función de sus delitos e incluso transgredirla cuando ya no se le pueda estirar más.

Algunas de esas personas, de manera no oficial ya reconocen todos esos vicios, pero por cuestiones de supervivencia se niegan a saltar la llamada talanquera. También porque del lado de la oposición hay demasiadas hachas afiladas esperando por ellos.

Ahora bien, siendo personas de pocos valores positivos, extraña ver que al momento de defender el poder o las mentiras que se tejen desde el politburó del psuv, su comportamiento es formidable. Son soldados de la oscuridad, pero al fin y al cabo trabajadores muy bien organizados y comprometidos. Cuando se trata de apoyar a una cabeza de grupo para una postulación, puede haber odio a muerte entre ellos, pero cierran filas de inmediato cuando inclusive se les impone una candidatura. -Lo contrario es perder el poder-. Sin chistar apoyan las irracionales medidas del gobierno, y por risibles que parezcan, se encargan de pontificarlas a todos los sitios donde van.

En elecciones se levantan temprano y llegan directo a armar la macolla del ventajismo con los funcionarios del Poder Electoral y los militares. Detectan mesas sin testigos, en donde la oposición tiene un defensor del voto aguerrido, se buscan a los colectivos de la violencia,  y en medio del desamparo de nuestra gente, lo logran expulsar a patadas. No conforme con eso monitorean los centros para saber dónde sabotear y dónde no.

En el contexto de las protestas se victimizan, a pesar de ser ellos los dueños del monopolio de la violencia, se cubren los rostros para que la gente no se percate de que desde ministros, pasando por funcionarios subalternos, militares, policías y por supuesto malandros, forman parte de los grupos de choque como los que en el año 2017 asesinaron a 158 venezolanos.

Además de eso, una vez que cometen sus delitos, se organizan para defender a sus asesinos y desprestigiar a quienes salen a ejercer su derecho a la protesta. Y son tan efectivos que hasta gente de la oposición terminó por autodenominarse “guarimbera”.

En cuanto a los programas sociales o clientelares, son los primeros en hacer fila, en las ventas de comida regulada son los primeros en hacer cola e incluso organizarla para, al cabo de un tiempo, convertirse en los pranes de la escasez.

Aquí aparece la inexorable necesidad de contrastar a esa parte del país con el otro lado de la moneda política; es decir, nosotros la oposición.

Pues bien, resulta que nosotros nos vemos como la “gente buena”, con valores, educada, de actitud cívica, emprendedora, de buena convivencia, y que por supuesto tiene la capacidad de “solucionar” todos los problemas del país. Y no cabe duda que hay mucho de eso. Pero, ¿Por qué nos cuesta tanto derrotar a un chavismo que se presenta como la quintaesencia de toda la mala política?

Busquemos posibles respuestas.

En primer lugar ni de manera no oficial ha habido capacidad de reconocer errores a tiempo. Y eso tiene que ver con el hecho de que en lugar de analistas de escenarios probables, tenemos doctores en subestimación de contextos, así como filósofos en comprensión del fracaso. Aunado a eso, cuando alguien sale a reconocer los errores, lo lanzamos a los brazos del chavismo, en donde en lugar de esperar con hachas afiladas, tienen almohadas de plumas, licor, comida, contratos, y otros privilegios.

Cuando alguien mejor formado y más capacitado que nosotros tiene una aspiración, así no sea nuestra competencia, bien pronto nos volvemos articuladores de los militantes del odio para liquidarlo. Pocas veces se dice: "lo importante no es que llegue uno sino todo el equipo". Por lo contrario, una vez que se llega, y eso se hizo evidente entre 2013 y 2015, se gobierna con el grupito de confianza, independientemente de que el mismo no cuente ni con el requisito mínimo para estar al frente de la administración pública en los años del chavismo.

Cuando se proponen estrategias para confrontar a la dictadura venezolana, los primeros en desguazarlas somos nosotros. Para muestra basta revisar cómo le cayeron a martillazos comunicacionales a Freddy Guevara cuando en el mes de mayo de 2017 propuso hacer una consulta popular; muchos de esos luego se convirtieron en los más férreos defensores de la Consulta Soberana del 16 de julio, y hoy además se presentan como sus únicos herederos.

En el plano de las elecciones muchos de nuestros partidos se pelean por tener la mayor cantidad de coordinaciones de centros de votación, pero sin tener los testigos para completar los padrones, o los defensores del voto que hagan el trabajo de enfrentar al chavismo en la batalla electoral. Los padrotes de las elecciones son tan inamovibles como el Papa, y aunque sean expertos en perder, se siguen manteniendo en sus feudos políticos. Pocas personas estudian la historia electoral por estados, municipios, parroquias, centros de votación o mesas. Y es que además, en lugar de invertir dinero en eso, todo se gasta en estrategias comunicacionales para salvar lo insalvable una vez se pierden las elecciones.

Por otro lado, nuestros “dignos”, “preparados” y “buena gente” dirigentes nacionales no salen de Caracas, no conocen sus propios partidos, no hacen elecciones internas y son la ejemplificación de la "carismocracia teledirigida" de la que habla Peter Sloterdijk. Son entusiastas del micrófono y las cámaras, pero generalmente no tienen tiempo para escuchar a nadie. Cual basileus de la política, solo hablan con sus sacerdotes de partido.

¡Ay de quien requiera de la solidaridad de sus pares compañeros de lucha si de ahí no se logra aumentar el número de seguidores en Twitter e Instagram!

En la protesta, pocos se atreven a llevar la iniciativa de tomar las calles. Una vez que alguien da el paso al frente y las masas terminan por sumarse, los furibundos opositores antioposición los convierten en “traidores” u “oportunistas” si los llegan a ver un plantón o una marcha. Y agregado a eso, no son las mentes más serenas y calculadoras las que terminan dirigiendo las protestas, sino los agitadores con buen gañote.

En ese mismo escenario, nos dejamos llevar por las fábulas, subestimamos a la dictadura y terminamos por convertirnos en esclavos del discurso; nos exponemos, exponemos a nuestros compañeros y exponemos la delicada lucha clandestina al no controlar el deseo de figurar.

Activamos las calles, pero las dejamos sin dirección, no documentamos los momentos críticos de la violencia, no hacemos labores de inteligencia para identificar las figuras claves de la represión, y al poco tiempo terminamos por tratar de malandros a nuestros protestantes, dando con esto solidez a las matrices comunicacionales fascistas de la dictadura chavista.

Hay muchas iniciativas de grandes espíritus democráticos que desde el país o desde exterior trabajan para ayudar a sus familias, a sus vecinos y a sus compañeros de lucha. Pero casi todas eclipsadas por los obsesionados del protagonismo que usan fachadas organizacionales para lograr el financiamiento que permita mantener sus privilegios nivel “clase media de la Venezuela Saudita” en medio de la miseria de sus pares.

Y todo eso pasa mientras millones de venezolanos (muchos de ellos chavistas) borran sus historias de vida al cruzar las fronteras con un destino incierto en el que se tiene altas probabilidades de terminar convertidos en mercancía humana.

Compréndase entonces por qué no hemos podido derrotar el cáncer cultural representado por el chavismo, y la necesidad de cambiar cada uno de nosotros antes de quererle cambiar la vida a un país entero.

No podemos perder más tiempo o terminaremos en el basurero de la historia junto al chavismo.

sábado, 28 de julio de 2018

DEPENDENCIA VS EMPRENDIMIENTO



En medio de la visión económica y política basada en las llamadas "ventajas comparativas", en Venezuela se construyó a partir de 1958 una democracia basada en el tutelaje del progreso por parte del Estado; es decir, a mayor democracia, mayor el tamaño del Estado y mayor la dependencia; lo cual se interpretó como "progreso". Incluso los académicos no exigían el derecho a emprender más allá de sus cargos como docentes o investigadores en dependencias públicas, sino mayores sueldos, más bonificaciones, más beneficios contractuales.

La democracia en 1978 era sólida porque el Estado venezolano tenía mucha plata para obras públicas, para dar trabajo y subsidios a las clases pobres. Ese sistema, al no contar con los ingentes recursos provenientes de la renta petrolera, colapsó y dio paso al resurgimiento del militarismo, de la mano de la antipolítica y la perenne conspiración del resentimiento impulsada por sectores políticos autodenominados "de izquierda". Así llegó Chávez al poder en 1998, así el "comandante" impulsó un proyecto de destrucción de capital social a favor del fortalecimiento de su figura personal, así hizo de la democracia un expresión de máxima dependencia-sumisión material y mental hacia el Estado representado por el gobierno.

A 5 años años de la muerte de Hugo Chávez hoy tenemos un país polarizado, pero no entre chavistas y opositores sino entre dos visiones históricas sobre la política: de un lado los que buscan mantener su esquema de dependencia del Estado, recibiendo dádivas en una caja, o defendiendo la posibilidad de mejorar el desempeño del gobierno para que aumenten los ingresos y así el equilibrio de la dependencia sea restituido. Ahí se ubica el chavismo y una parte muy importante de la oposición (sobre todo las tendencias izquierdistas).

Del otro lado están los venezolanos que se han ido del país con la firme intención de hacer dinero para mantener a sus familias desde el extranjero, los vecinos que se organizan para recoger sus desechos sólidos ante la ineficiencia de las rutas públicas de recolección, la gente que contrata un bus para movilizar a los estudiantes y trabajadores de la comunidad ante la falta de unidades o la falla general del servicio existente, quienes han dejado sus empleos públicos para dedicarse a producir desde sus casas, los campesinos que dejaron la beca de la misión y hoy están nuevamente cultivando la tierra, los que en general cada vez resuelven más por cuenta propia, por su emprendimiento y autogestión, lo que antes o que según la ley sigue siendo responsabilidad del Estado.

Por ahí podemos encontrar elementos de análisis para lograr derrotar no solo al chavismo sino a la cultura de la dependencia.