martes, 1 de mayo de 2012


SOBRE LA POSIBILIDAD DE CONSTRUIR UN MODELO POLÍTICO Y SOCIAL ALTERNATIVO DESDE LOS REFERENTES HISTÓRICOS Y LAS CORRIENTES DE PENSAMIENTO POLÍTICO OCCIDENTAL.

Durante el siglo XX venezolano, luego de la finalización del ciclo de las dictaduras militares (1958), se plantea la posibilidad concreta –después del experimento fallido del trienio 1945-1948- de desarrollar un proyecto democrático liberal (en alusión a una expresión usada por el historiador Germán Carrera Damas) bajo lo que para entonces representó un acuerdo mínimo de gobernabilidad –Pacto de Punto Fijo, “gobierno de la Ancha Base”- entre las fuerzas políticas en las que se agrupaba la élite política formada en la herencia de la Generación del 28.
            Sin embargo encontramos como la apuesta por una institucionalidad solida como forma de asegurar el no retorno del militarismo y el paternalismo estatal no fue capaz de mantenerse ante la emergencia del populismo, la consolidación del rentismo, el burocratismo, la tendencia al clientelismo de los partidos políticos y la profundización de las desigualdades sociales. A la sazón, los intentos de sinceración y reestructuración del sistema político venezolano a finales de la década de los ochenta y principios de la de los noventa del siglo pasado,  al no funcionar en alternancia con los respectivos paliativos que permitieran aminorar el costo social de las tentativas de reforma del Estado, agravaron la crisis de la democracia representativa, haciendo de ésta un modelo jurídico, político y social inviable.
            Ante el ritmo paquidérmico que había asumido el Estado venezolano con respecto a la generación de movilidad, estabilidad y bienestar social, el “sistema populista de conciliación de élites” (Rey, 1991 citado por Andara) es sustituido por un “modelo de Estado decisionista y patrimonialista de inclusión popular” (Andara, 2011). Con esto la apuesta por el “Estado mínimo” apoyado desde las corrientes conservadoras y liberales resulta paradójicamente desplazada por un Estado reforzado en sus poderes, proclive al presidencialismo.
            Si bien es cierto que luego de trece años desde la llegada de la Revolución Bolivariana al poder, y de alrededor de siete después del impulso inicial del llamado “socialismo del siglo XXI” en Venezuela, nos encontramos ante un panorama de reivindicación de los derechos a la participación y atención por parte del gobierno de los sectores más desposeídos, así como en el de los intentos por construir una nueva mentalidad social regida por los principios de la solidaridad, la participación, la autogestión y la “defensa de la patria”, las contradicciones objetivas nos muestran a un modelo político transicional incapaz de no reeditar los llamados “vicios” de la democracia representativa. Que además parece apostar por una ruptura radical de las barreras entre las esferas de lo público y lo privado, bajo la tutela de un Estado hegemonizante de los diversos espacios de la vida social.
            En contraste, si bien puede aceptarse la viabilidad política del proyecto liderado por el presidente Hugo Chávez en tanto este sea la cabeza del Estado venezolano, elementos políticos, sociológicos y ontológicos expresan la inviabilidad de la sociedad venezolana bajo los patrones de hábitat, consumo y desarrollo en general que se han venido reafirmando en los últimos años.
            Dentro de todo este panorama al menos un elemento aparece claro: la afirmación del ejercicio de la ciudadanía como forma de construcción de un proyecto nacional democrático expresado en un nuevo contrato social que más que alternativo sea viable en el espacio y el tiempo.
            Para el caso de la cultura occidental, de la cual inexorablemente forma parte la nacionalidad venezolana, además de los ya mencionados modelos de “conciliación de élites” y “decisionista-patrimonialista” se podría plantear la posibilidad de una reorganización política y social sobre la base de los postulados de las tradiciones liberal, republicana y comunitaria. Ahora bien, aceptando la probable inviabilidad temporal del llamado modelo bolivariano y socialista del siglo XXI ¿Es el liberalismo, el republicanismo o el comunitarismo, la alternativa de construcción de una sociedad viable para Venezuela?
            La experiencia histórica venezolana demuestra que el “sistema populista de conciliación de élites”, al haber derivado en un modelo fundamentado en el rentismo petrolero donde los partidos políticos terminaron fungiendo como apéndices de un Estado con clara tendencia al corporativismo, fomentó de manera tácita, luego del experimento de Estado asistencialista que tiene su más importante expresión en el primer gobierno de Carlos Andrés Pérez, a partir de finales de la década de los ochenta del siglo pasado la primacía de la llamada “libertad negativa”, la despolitización y el desinterés por los asuntos públicos de la sociedad venezolana. Y en la medida en que las élites políticas encontraron en el Estado rentista la mayor oportunidad para garantizar la movilidad social, los segmentos mayoritarios de la población pasaron a ser el simple objeto de la “economía electoral”.
            Por otra parte, tomando en cuenta que el esquema de “democracia delegativa” que se inserta dentro del nuevo modelo de “Estado decisionista y patrimonialista de inclusión popular”, refuerza la posibilidad de un gobierno voluntarioso en donde “Bajo un pretendido debate ideológico del “socialismo del siglo XXI” se incrementa la autonomía relativa del Estado y la política estatal penetra en todos los ámbitos sociales, públicos y privados” (Andara, 2011), y que también este Estado-gobierno-partido encuentra en la economía electoral un objetivo funcional estratégico, puede inferirse que la idea de sociedad viable ha tendido en los últimos años a subordinarse a los intereses políticos personalistas de la actual élite gobernante, y por lo tanto a difuminarse en su sentido de ciudadanía.
            De esta forma, si bien el país ha venido experimentado una reestructuración de las élites gobernantes bajo las premisas de un modelo de inclusión, protagonismo e igualdad, la cultura política que concibe a la participación en las “cuestiones públicas” como uno de los más importantes mecanismos de ascenso económico-social-corporativo, no ha perdido vigencia, pues en todo caso demuestra también haber inoculado la acción pública de la actual burocracia estatal.
            Aunado a esto considérese que la acción de igualación de estratos sociales bajo la dirección de un Estado-gobierno-partido que plantea la hecatombe del “muro de separación liberal” entre lo público y lo privado, o el viraje de la economía electoral que sustituye el beneficio a los estratos medios por el de los estratos bajos de la población, lejos de generar bienestar colectivo sostenible, hasta el presente parece redundar en la profundización de las desigualdades, los odios y las desconfianzas mutuas entre clases sociales.
            Por tanto, el problema de fondo que se plantea para Venezuela es el de la superación de la imposibilidad de construir una sociedad viable más allá del desgaste natural de un gobierno o de las limitaciones políticas de una minoría que se presenta como representación de las mayorías; es decir, el de la superación de la actividad política entendida solamente como la conquista y conservación del poder a cualquier costo, en pro de la construcción de un sistema político basado en una “sociedad de ciudadanos”.
En tal sentido, un primer aspecto a considerar se refiere a la necesidad primaria de desarrollar mecanismos que permitan armonizar los principios incluidos dentro de propuestas como el liberalismo, el republicanismo o el comunitarismo –aceptando dichas tradiciones como desarrolladas por otras sociedades en otros tiempos- y los elementos característicos de la sociedad venezolana actual. De forma que se limite el riesgo de caer en la aplicación absoluta de nomenclaturas exógenas, de apelar a una negación basada en un nacionalismo exacerbado, o de darle continuidad al perenne “ensayo y error” en que ha devenido buena parte del acontecer venezolano del periodo republicano.
            Un segundo aspecto a considerar es el de la colocación de las relaciones socio-emotivas dentro de sus ámbitos específicos, de forma que pueda diferenciarse entre la real trascendencia de la gestión pública y la necesidad de identificación con estructuras supra-estatales que arropan a los ciudadanos de un modo paterno-filial a través de procesos ideologizantes (propensos estos últimos al culto a la personalidad).
            Se trata pues de cultivar una conciencia ciudadana o conciencia popular de manera que los problemas sociales dejen de ser el objeto de disputas intestinas dentro de lo que el sociólogo Javier Biardeau (2012) llamó “torneos de realpolitik y marketing político”, para pasar a ser elementos de discusión dentro de una sociedad reflexiva.
            Actualmente la compleja realidad histórica venezolana, signada por sendos procesos históricos de mestizaje, estructuración y reestructuración de élites, así como del viraje económico que marca la incorporación definitiva del país al sistema capitalista mundial a través de la explotación petrolera –cuestión que hasta el “Viernes Negro” de 1983 estimuló la idea de Venezuela como el país del “sueño latinoamericano”-, advierte sobre los posibles riesgos de la aplicación de una alternativa enteramente liberal o republicana en respuesta al llamado socialismo del siglo XXI.
            Por un lado, si bien es cierto que los principios de “autonomía individual y distinción” (en su representación como parte de la libertad positiva) plantean importantes posibilidades para la estructuración de una sociedad de derechos, las fallas del proyecto democrático representativo venezolano están estrechamente vinculadas a la tendencia al corporativismo –liberal- en el plano de la función pública, así como en la deconstrucción de las relaciones políticas que otrora permitieron a agrupaciones como Acción Democrática y Copei constituirse en partidos de masas.
            Por otro lado, el impulso de una “ciudadanía virtuosa” en la que los individuos encuentren el bienestar individual como parte del bienestar colectivo, es decir, en su participación responsable dentro de la vida cívica –republicanismo-, aparece como una posibilidad de desarrollo anclada en medianos y largos plazos. Lo cual además requiere de importantes procesos de formación para una ciudadanía adaptada a los contextos local, regional y nacional de participación. 
            Considérese, además que quien ha tenido la experiencia de vivir, pernoctar o frecuentar los espacios donde hacen vida los distintos estratos integran a nuestra sociedad actual, bien podría reafirmar el hecho de que no todo puede ser reducido a la percepción de que “todos los pobres son buenos por naturaleza”, “todos los ricos son malos por naturaleza”, o viceversa. La realidad sin duda alguna, a pesar de que se compone de esto, avanza más allá de los meros maniqueísmos; aun más cuando se trata del ejercicio de la ciudadanía.
Y es que en la medida en que estos aspectos se convierten o se  reafirman como referencias fundamentales dentro de la discusión política, los ya señalados odios y desconfianzas mutuas hacen que los intereses se tornen irreconciliables, provocando en las personas respuestas y reacciones más asociadas a las disputas por asuntos de fe y al “darvinismo social”, que a las de una sociedad de ciudadanos.
                Por tanto, una propuesta viable o alternativa para Venezuela podría encontrase en la afirmación de los distintos estratos sociales como parte de una sociedad civil o sociedad de ciudadanos que sirve de enlace, control y a la vez de soporte a un Estado democrático que asume una clara responsabilidad como servidor social. Para lo cual resulta necesario además, el reconocimiento de las experiencias históricas –la Historia como maestra de vida, no como subterfugio a la necesidad de vindicta- en lo que respecta a la conformación de instituciones que fungieron como sostenes del sistema democrático y a la activación de organizaciones y movimientos sociales bajos los principios de la autogestión y el glocalismo (más no en el territorialismo), como forma de hacer reconocimiento a los potenciales sociopolíticos que puedan permitir el desarrollo de un proyecto nacional que incorporé principios del constructivismo social.
            Sin embargo, ante esto cabe la posibilidad cierta de que sobre la base de la incorporación de tales principios se incurra en posturas idealistas en las que, discusiones intestinas sobre problemas sociales, corran a la par de la estructuración de nuevas hegemonías políticas, ideológicas o económicas.
            Debe puntualizarse, además, que pese a las distintas propuestas de inclusión y participación enmarcadas dentro del proyecto político liderado por el presidente Hugo Chávez, dirigidas a atender los problemas de desigualdad e inequidad en la distribución de las riquezas generadas por el Estado rentista, un asunto que sigue pendiente en su resolución es el relativo al logro de la movilidad social por una segmento de la población es desmedro de los otros –independientemente de si estos son minoritarios-.
            Con base a una comprensión realista de las complejidades intrínsecas a una sociedad estructurada a partir de los postulados fundamentales de la modernidad política, debe aceptarse el carácter  ineluctable de ciertas desigualdades económicas y sociales que, en todo caso permitirían la ratificación del rol social del Estado democrático –más no asistencialista-benefactor-. Considérese por tanto los dos principios de Rawls (1985), los cuales establecen que:

1.- Toda persona tiene igual derecho a un régimen plenamente suficiente de libertades básicas iguales, que sea compatible con un régimen similar de libertades para todos.
2.- Las desigualdades sociales y económicas deben satisfacer dos condiciones: primero deben estar ligadas a empleos y funciones abiertos a todos, bajo condiciones de igualdad de oportunidades; y segundo, deben beneficiar a los miembros menos favorecidos de la sociedad. 
               
            Sin que la propuesta alternativa implique necesariamente la aplicación de un modelo comunitarista de forma absoluta, la idea de una serie de consensos mínimos basados en estos principios, y que incorporen principios de libertad e igualdad asociados a las tradiciones liberal y republicana, cobra vigencia en lo que respecta a la construcción de una sociedad de ciudadanos en Venezuela. Aunado a esto, sin recurrir al esquema de neutralidad (liberalismo) y de perfeccionismo (republicanismo), debe aceptarse que

El Estado siempre estará presente y no podrá ser neutral. Corresponde al Estado moverse en lo político y nutrirse de ese ejercicio para poder cumplir su papel regulador y garante de la igualdad, propiciando la participación y el fortalecimiento de los lazos de la sociedad en un contexto de plena democracia. Para la búsqueda de la equidad, igual que para corregir la injusticia, será necesaria la intervención del Estado. (Moncaleano, 2005: 250).

Debe, por tanto, hacerse énfasis en esto ya que la tradición histórica en Venezuela de un Estado propietario, rentista, administrador, asistencialista y benefactor lo convierte en un elemento estructural en la construcción de una sociedad viable.
Finalmente, entre la disyunción de si hay temas fundamentales que solo pueden ser tratados dentro de la esfera de lo privado o si todos los temas relacionados a hombres y mujeres están sujetos a la atención integral por parte de la sociedad y del Estado, sin excluir la dimensión humana que de manera trascedente define a los sujetos sociales, un modelo alternativo en este caso debería poder identificar los aspectos que tienen mayor trascendencia en la “cuestión pública”. Se trata pues de comprender que “La felicidad se construye sobre aspectos que mejoran la vida de las personas como cosa real; la democracia se desarrolla y se fortalece cuando todos por igual tienen acceso a la participación y eventualmente al poder” (Ibíd.: 253).
De esta manera se hace patente que un modelo alternativo de sociedad en Venezuela debe avanzar más allá de la concepción hegemónica de la política: la que ve en la democracia un mero mecanismo para acceder y mantenerse en el poder. El liberalismo en su expresión radical, es decir, la exaltación de la libertad individual, no prevé mecanismos de control ante esto; el republicanismo proclive a estructuración de gobiernos mayoritarios de carácter populista y perfeccionista colocan en este último una fuerte dependencia; y cierto tipo de comunitarismo, al considerar la integralidad del hombre político (compuesto de valores morales, religiosos y culturales) no parece evitar el riesgo ante potenciales procesos ideologizantes. 
Sin pretender aludir entonces a la adopción de un sistema de “frenos y contrapesos” como el que incluyeron los federalistas norteamericanos en la Constitución de 1787, se trata de construir un modelo de sociedad de carácter orgánico –por lo tanto con capacidad de inmunización y regeneración- en la que las fallas de una de sus partes, no implique el colapso de su totalidad.


REFERENCIAS.

ANDARA, A (2011). “El Estado decisionista y patrimonialista de inclusión popular en Venezuela: 1999-2011”. Mérida: Universidad de Los Andes (Artículo no publicado).

BIARDEAU, J. (2012). Psuv: la ilusión del triunfalismo como condición de los escenarios de derrota estratégica [artículo en línea]. Disponible en: www.aporrea.org/actualidad/a138830.html

HERNÁNDEZ, A. (Comp.) (2002). Republicanismo contemporáneo: igualdad, democracia deliberativa y ciudadanía. Bogotá: Siglo del Hombre Editores, Universidad de Los Andes, Centro Interdisciplinario de Estudios Regionales.

MONCALEANO, A. (2005). “Del liberalismo al comunitarismo de John Rawls, a Chantal Mouffe” En Papel Político 17 (junio) [artículo en línea]. Disponible en: http://www.javeriana.edu.co/politicas/publicaciones/documents/239-259.pdf

RAWLS, J. (1996). “La justicia como equidad: política, no metafísica (Sebastián Mazzuca, trd.). En La política (1).

sábado, 7 de abril de 2012

TRANSICIÓN Y CONCIENCIA HISTÓRICA.
Todos aquellos que se integraron a la vida terrena entre los años de una párvula Venezuela convertida en trust petrolero, y lo que aún parecía una inacabable luna de miel entre el pueblo de Bolívar y un medico oriental venido a presidente –a pesar de la oscuridad de un viernes 18 de febrero- cuentan en su existencia con una cualidad que los aproxima con hombres y mujeres de finales del siglo XV y principios del siglo XVI del mundo, hasta esa época conocido, por los europeos. Una especie de transición hacia, o lo que un buen marxista habría de llamar “salto cualitativo”. Y esa cualidad no es otra que la quizás desdeñoso virtud de poder observar hacia adelante y también hacia atrás desde el presente –a pesar de que esto ya no suele hacerse con tanta frecuencia-, de tener un casi innato olfato para adentrarse en lo complejo por cabalgar entre la última de las generaciones analógicas y monocromáticas, y la primera que en su partida de nacimiento tiene el digital como adjetivo.
Paradójicamente ambas formadas en respectivas bonanzas catalizadoras del efecto invernadero, y en similares “desilusiones” del bienestar. Quienes por su parte han tenido la desventura de estar en la incertidumbre de la mitad del camino cuestionan si Sísifo se resignó a no encumbrar su roca condenatoria o a vivir en la quimera de que al encumbrarla se acabará el sempiterno martirio. La verdad es que la generación post-boba en buena parte de los casos parece haber salido de su versión moderna de la mítica caverna platónica, pasando de ver el mundo en blanco y negro (las sombras) a la versión a todo color y en High Definition (el mundo fuera de la caverna) en la que la humanidad, contrariamente, ya no parece tan humana.
Colosal entonces se ha erigido la tarea de sortear un proceso dialéctico entre los principios fundamentales de la llamada contracultura de los años 60 y 70 por un lado, y el paradigma de pensamiento MTV por el otro.  Se trata de una extraña combinación de entusiasmo y desdén en un conflicto disipativo que involucra la melancolía por el acetato, las imágenes en sepia,  por los archivos magnetofónicos, por el texto escrito como fundamental fuente de conocimiento, y la información y comunicación simplificadas en siglas, apocopes de dudosa explicación gramatical, o píxeles. Como tribulación anti-natura  encontramos en esto un movimiento entrópico orientado hacia el rancio anacronismo y la idea de la vida en las no-palabras.
Ahora bien, siendo una especie de anatema la equidistancia generacional, también tiene visos de virtud. Y sobre todo si una perspectiva colocada entre dos aguas, cual Demiurgo que puede mirar en direcciones opuestas, puede penetrar en el orden subyacente de las realidades humanas y apuntar hacia una nueva concepción del mundo que busque armonizar definitivamente el devenir histórico que nos ha colocado como sociedad del presente y un futuro que deje de ser espejismo para volver a ser incertidumbre. ¿Acaso ya los ciudadanos del mundo no han optado por el pesimismo ante el endémico providencialismo cultural, político e incluso científico?
La idea teleológica que hunde sus raíces en el cristianismo medieval, y que luego se mimetiza en el plano del racionalismo moderno y contemporáneo –positivismo, marxismo y todos los “ismos” por igual- terminó por provocar en Clío el efecto de una mirada  gorgónica, convirtiéndola en roca con expresión pavorosa  e indemne. En tal sentido, sin que la generación modal pretenda encarnar a Perseo, su condición de estrato en movimiento, en transición, obliga a la misma a propugnar por una visión que considere que así como los elementos que definen a los hechos históricos en función de su espacialidad y su temporalidad no son invariables, tampoco podrían serlo los enfoques metodológicos, conceptuales e interpretativos. De donde surge que la labor de un historiador en su condición de científico social debe ir más allá de la búsqueda del hecho cual tesoro en el mar –heurística a lo Disney-, para enfocarse en las cambiantes consecuencias e interpretaciones de los mismos a través de distintas épocas. El reto está entonces en que la generación post-boba deje de ser abismo entre lo pretérito y lo ulterior, y en su lugar apele a una condición dual de onda y partícula conectora de los sucesos e ideas del mundo por el que a diario transitamos.
Seguir escribiendo en “el fondo del mar” o en la “espalda del sol” solo ha de conducirnos al orgasmo teórico-conceptual luego de una sesión de onanismo académico. Desde los pasos de Von Ranke hemos desarrollado la capacidad de resolver los problemas de nuestros pueblos ya muertos, pero en el presente hemos hecho plop ante las complejidades de ciudades y pueblos donde se entretejen barrios, urbanizaciones, esnobismo, indigencia, delincuencia, inacción; ante sociedades que se defecan en el sentido común y la ciudadanía, mientras festejan la muerte o la llegada de la última de los dioses electrónicos.
Cerrar los ojos no es sana opción entonces cuando se poseen ocho sentidos más y un cerebro majadero. El análisis social, económico y cultural ya no quiere ser solo de los políticos, de los clérigos, de los académicos de mármol o de los iluminados. Resulta pues imperativa una conciencia de que en la existencia cotidiana hacemos historia. Y  más que eso, una conciencia meta-histórica, pero no en sentido de las grandes narrativas cuestionadas por Lyotard en su visión sobre posmodernidad, sino en el de cualidad cognitiva; es decir, hacer historia en conocimiento de que se está haciendo historia. ¿Acaso con esto he resuelto el problema de la objetividad en el conocimiento histórico? No, puesto que ese es un problema de los periodistas del pasado, y además porque en breves diálogos con las letras de Mommsen ya había superado ese escollo.
Individuos, grupos, pueblos y sociedades deben dejar de ser meros inquilinos del tiempo y espacio para ejercer como propietarios de conciencias epocales. Dejemos los problemas intestinos de vecindad de cementerio, huyamos de las inclinaciones astrológicas, y comencemos por resolver, o al menos comprender, el origen de nuestras contradicciones presentes. Con la Historia como maestra de vida, quizás, comencemos a encontrar reales significados del devenir que nos ha colocado en el “aquí” y el “ahora”.

UNA DEFENSA GENERACIONAL: LA VIDA MÁS ALLÁ DE 140 CARACTERES.
Sin temor a ser cuestionado, suelo pensar que la época que nos ha tocado vivir, independientemente de las dificultades, es cualitativamente mejor que las anteriores. El respeto a los derechos humanos, el acceso a calidad de vida e información, la observancia de la integridad de la mujer, los niños, adultos mayores y grupos de diversidad sexual, como en ningún otro tiempo  hacen que miremos el pasado con cierta actitud de alivio y de esperanza por el presente.
Una de las cosas destacables de vivir en esta época en el diario trabajo dentro de un aula de clases –como docente y estudiante- es la de poder descubrir interesantes facetas de personas pertenecientes a distintos grupos generacionales. No deja de sorprender la capacidad que pueden tener algunas de estas, tantos los curtidos de experiencia como los adolescentes empeñados en adelantarse hacia la adultez. Sin embargo, tampoco deja de asombrar ver a una joven humanidad empeñada en no dejar ninguna huella importante de su existencia más allá de la simpleza del respirar, comer, dormir y excretar. 
Hasta aquí probablemente lo que buscan estas palabras es hacer público el barullo mental que me ha causado el encontrarme cada vez más imposibilitado de comprender a las noveles generaciones, quizás por haber envejecido mentalmente a un ritmo más acelerado que el somático (recordando una lectura de un texto sobre filosofía de José Ortega y Gasset). Admito pues que mi posición es enteramente personal; derivada de la observación en distintos contextos, por lo demás, perfectamente calificable de arbitraria. Empero, al ser corolario de las elucubraciones de una generación transicional entre el mundo “predigital” y la “sociedad de la tecnología y la información”, envuelve cierta profundidad de criterio para hacer juicios sobre la dimensión ontológica de nuestros tiempos.
Como las pretéritas y las ulteriores, la generación a la que pertenezco se formó en ese característico proceso dialéctico de colocarse en franco antagonismo de todo aquello que nos aventajara en edad o amenazara nuestros intereses como segmento etario con valores propios. De esta forma sentimos a la juventud como un patrimonio exclusivo y al igual que nuestras predecesoras, poco dispuestos estuvimos y estamos aún a renunciar a ella.
Paralelamente parte de nosotros encontró en el tiempo un maestro que nos enseñó sus virtudes intrínsecas. Y a los que decidimos por las humanidades y las ciencias sociales como eje de nuestras vidas profesionales, se nos despertó un extraño dejo de melancolía por lo que ahora solo forma parte de la memoria individual/colectiva generacional –cuestión que no es exclusiva-. De todo lo cual se desprendió una enseñanza vinculada a la valoración de las tres dimensiones del tiempo en que se mueve el pensamiento humano: el pasado, el presente y el futuro.
Y con esos preconceptos nos tocó enfrentarnos a una de las épocas más “nihilistas” de la historia de la humanidad; en la que el “eterno adolescente” en que se ha convertido el mundo, más que dejar de creer en algo, lo que no quiere es pensarse a sí mismo; paradójicamente, nada más y nada menos que en la era de la información y la tecnología.
Y todavía más cuando esta última avanza propulsada por turbinas supersónicas mientras nuestra conciencia se ralentiza hasta quedarse estancada, esperando a la orilla del camino, temerosa de llegar a una meta y de que quienes vienen más atrás la sobrepasen. La tecnología de esta forma nos facilita tanto la vida que inclusive nos comienza a ahorrar la tarea de ‘pensar’, de manejar opciones. De esta forma el intelecto dejó de estar de “moda” para darle paso al imperio sapiente de  los dioses ‘pixelados’ de la era digital –una nueva versión de los ‘Idola fori’ de Bacon-. 
Todo parece subjetivarse y relativizarse en función de nuestra incapacidad para ver más allá del orden aparente e intentar imaginar o representar las estructuras subyacentes que dan vida y sentido a las cosas. Avanzamos entonces hacia un mundo en el que “poeta” puede ser un rapero callejero que sabe rimar “tetas” con “letras”; “pintor” un grafitero drogadicto; “escritor” un esnob periodista de farándula; “científico” un astrólogo; “analista político” alguien que solo descalifica e insulta a sus adversarios a través de los foros de un portal de noticias, y “filósofo” un famoso que luego de años de vida licenciosa se da cuenta que sabe razonar. Cabe preguntarse: ¿En qué momento dejamos de pensar que el arte, la ciencia, la filosofía, para ser lo que son, parten del acto consciente de ‘conocer que conocemos’? (tomar conciencias de la capacidad de conocer, o lo que en el plano psicopedagógico se llama “metacognición”), ¿Cuándo dejamos de notar que para llegar a los niveles superiores del pensamiento humano debemos en principio ‘pensar’?
Aunado a esto consideremos que cada generación desarrolla una concepción particularísima del tiempo en función de la época que le ha tocado vivir: a medida que avanzamos sobre él, cada una parece tornarlo más rápido, más estrecho, más prescindible. Revelador sería por tanto que en la sociedad de la información los legados intelectuales generacionales duran cada vez menos, y no solo por la potencial debilidad de sus postulados fundamentales, sino porque en sentido estricto se invierte menos tiempo en el humanísimo acto de “pensar”. Como agregado, la vida sufre una tirantez en la carrera por hacer de la existencia un “reality” encapsulado en unos pocos minutos, en el que todos queremos posar cual modelos y expresarnos en no más de ciento cuarenta caracteres.
Es necesario decirlo entonces: ¡Nuestro mundo se está quedando progresivamente sin generaciones de relevo! Pues fuera del presente parece ya no interesar otra dimensión de tiempo. La información se multiplica por su infinita expresión, pero los receptores y procesadores de la misma desaparecen cual especies en inevitable proceso de extinción.  Lo “chévere” pesa más que lo “complejo”; lo “sexy” es una etiqueta genérica que el “eterno adolescente” solo le coloca a lo que está en capacidad de comprender y asimilar con el mínimo trabajo sináptico. Y los que rebasamos la barrera de los veinte y tantos, majaderos de esta época, nos convertimos a la sazón, en una prematura nueva generación de adultos mayores. 
No obstante, en este plano de cosas, y a manera de defensa generacional, huelga decir que si bien nos podrían designar como el remedo de la llamada “generación boba”, las más nuevas nos demuestran que, al menos, no somos los últimos de la fila. En todo caso finalizo considerando que el humilde conocimiento del devenir histórico hace que valga la pena expresar a toda la humanidad de manera categórica: ¡BIENVENIDOS A LA EDAD DE LA BOBERÍA 2.0!