miércoles, 2 de diciembre de 2020

LECCIONES POLÍTICAS DE 1952 A 1957.

Hace un par de días se cumplieron 68 años de la realización de las elecciones constituyentes de 1952, las cuales tuvieron lugar el 30 de noviembre de ese año. 4 años habían trascurrido desde el derrocamiento de Rómulo Gallegos, primer Presidente electo a través del voto universal, en unas elecciones competitivas, signadas por el respeto al estado de derecho y justicia; 2 años mediaban desde el asesinato del coronel Carlos Delgado Chalbaud, quien fungió como Presidente de la Junta Militar que asumió el poder luego del golpe incruento del 24 de noviembre de 1948. Desde ese mismo año los partidos políticos más representativos y organizados, Acción Democrática (AD) y el Partido Comunista de Venezuela (PCV), junto a los principales sindicatos y centrales obreras se encontraban ilegalizados.

Las principales funciones de esta asamblea nacional constituyente serían las de designar a todos los representantes a cargos de elección popular nacionales, a decir de Presidente, Senadores y Diputados, de los titulares de la Corte Federal, de la Corte de Casación, la Contraloría y la Procuraduría General de la República, así como la de redactar una nueva Constitución, que sustituiría a la de 1947.

 

El cuerpo deliberativo estaría integrado por 106 diputados constituyentes, y una vez convocada la contienda electoral, los partidos Unión Republicana Democrática (URD), el Comité de Organización Política Electoral Independiente (COPEI), así como el Frente Electoral Independiente (FEI) creado por la Junta Militar, aceptaron participar en las condiciones diseñadas y avaladas por los militares. Cabe destacar que URD pasó de una posición pro-abstención a la de participación, a pesar de no haber condiciones democráticas.

 

Contrario a un resultado favorable, la movilización impulsada por AD y el PCV desde la clandestinidad, dieron como ganador a URD, al cual, con casi un millón doscientos mil votos le correspondía la representación mayoritaria en la asamblea constituyente, seguido por unos cuatrocientos mil votos del FEI y algo más de trescientos mil de COPEI. El apoyo de los partidos en la clandestinidad, si bien fue fundamental, no logró ser una expresión cohesionada, ya que dichas organizaciones se batían entre las posiciones de lucha clandestina radical, la lucha armada y la aceptación de condiciones de negociación con la dictadura.

 

La misma tarde del 30 de noviembre de 1952 Marco Pérez Jiménez ordenó la suspensión de los escrutinios, la censura periodística, así como el encarcelamiento de las autoridades electorales que se prestarán a reconocer un resultado distinto al triunfo del FEI. Un par de días después, el 2 de diciembre, se anunció oficialmente que el partido de gobierno había obtenido 60 curules, 29 URD y 17 COPEI. Una vez conocidos los resultados la Junta de Gobierno presidida por Germán Suárez Flamerich entregó el poder a los militares, quienes designaron a Marcos Pérez Jiménez como Presidente Provisional, hasta su ratificación el 9 de enero de 1953 por la nueva asamblea nacional constituyente, que, el 11 de abril de ese mismo año eliminó la Constitución Democrática de 1947, mediante la cual los venezolanos conocieron por primera vez en la historia republicana el voto libre, universal, directo y secreto.

 

Los principales líderes de URD y COPEI fueron obligados al exilio, y el fraude materializado el 2 de diciembre, en lugar de potenciar una revuelta popular o una transición negociada, le otorgó a Marcos Pérez Jiménez 5 años más en el poder, en los que impulsaría un ambicioso programa de modernización de la infraestructura nacional -ya planificado desde la década de los 40-, a la par de la profundización de la persecución política.

 

Cuando justo se cumplían 5 años del fraude electoral del 52, Pérez Jiménez convocó nuevamente a los venezolanos a las mesas, pero esta vez para otorgar un nuevo mandato de cinco años al Presidente, Senadores, Diputados, Asambleas Legislativas Estadales, Concejos Municipales y demás cargos públicos, respondiendo simplemente “si” o “no”; sin partidos, sin campaña y sin mayores posibilidades de participación electoral. A la sazón, se cumplían casi 2 años desde el momento en que los principales líderes de AD, URD y COPEI se sentaron a discutir la posibilidad de firmar un gran acuerdo político, que finalmente se plasmó en el Pacto de Punto Fijo.

 

El 15 de diciembre de 1957, fecha de realización del plebiscito, la Junta Patriótica había logrado impulsar actividades de protesta en casi todas las capitales de estado, a través del movimiento estudiantil, de los trabajadores y de los dirigentes de partidos en la clandestinidad. Una vez más Pérez Jiménez optó por la alteración de los resultados electorales, pero sin prever la presión popular cada vez más organizada, y los brotes conspirativos de parte de la oficialidad institucional en el seno de las Fuerzas Armadas.

 

Un  mes y 8 días después, el 23 de enero de 1958, Pérez Jiménez era obligado a huir del país, mientras en las calles se celebraba la caída del tirano. Cabe destacar que la bueno pro otorgada a la dictadura por el gobierno de los EEUU, dirigido por Dwight Eisenhower, no fue suficiente para evitar su colapso ante una de nuestras más importantes maniobras de unidad política y presión popular para desterrar del poder a la oscuridad dictatorial.

 

Como balance general debe puntualizarse que en las elecciones libres de finales de 1958 los venezolanos decidieron premiar la lucha clandestina, y los esfuerzos desde el exilio del líder de Acción Democrática, Rómulo Betancourt, quien resultó electo Presidente para el periodo 1959-1964, al vencer a Wolfgang Larrazabal, -ex presidente de la Junta Cívico-Militar que sucedió en el poder a Pérez Jiménez-, y a Rafael Caldera, candidato de COPEI.

 

URD, a pesar de contar con el descollante liderazgo de Jóvito Villalba, no logró conquistar ni la Presidencia ni una representación mayoritaria en las cámaras del Congreso durante el Periodo Democrático; y COPEI solo concretó dos quinquenios presidenciales, ya que la segunda elección de Rafael Caldera solo fue posible como consecuencia de su salida del partido socialcristiano para crear Convergencia Nacional y el chiripero.

 

De 1952 a 1957 queda como lección que la presión popular organizada es el ingrediente más importante para motorizar el cambio histórico, bien sea por la vía de la protesta ciudadana o de la participación en elecciones como vehículo hacia la ruptura de la estructura de poder interno de la clase política dominante.

 

De 1958 a 1998 sin duda alguna un importante aprendizaje puede observarse en el análisis de  la poca capacidad de las clases dirigentes para sobreponer la defensa del Proyecto Histórico de la Democracia Liberal, a la necesidad de acomodarse en medio de la lógica de cogollos multicolores. De manera que mientras los caudillos partidistas se fortalecían, el sistema democrático avanzaba hacia su destrucción.

 

De 1998 al presente parece que la lección fundamental estriba en la capacidad de reconocer la permeabilidad de la idiosincrasia de una sociedad signada por grandes daños antropológicos causados por la modernidad atropellada, la desigualdad social, la masificación sin educación de las comunicaciones a través de la radio, la televisión y el internet, el clientelismo de Estado, la demagogia, y la voracidad de una clase dirigente formada para servirse del Estado, y no para conquistar el poder a favor de la construcción de un sistema democrático con instituciones sólidas, respeto a los derechos individuales y al imperio de la ley.

 

Tal vez en la historia podamos encontrar lecciones interesantes, más allá de los hilarantes análisis de politicólogos, analistólogos, numerólogos y filósofos diletantes de las redes sociales.

lunes, 31 de agosto de 2020

UN MENSAJE QUE SIGUE SIN DESTINO

 _"Entonces podrá hablarse de concordia y reconciliación cuando los venezolanos, sintiendo por suyos los méritos de los otros venezolanos, consagren a la exaltación de sus valores la energía que dedican a la mutua destrucción, y cuando, también sintiendo por suyos los yerros del vecino, se adelanten a no pregonarlos complacidos, sino a colaborar modestamente en la condigna enmienda."_ (M. B. I.)


Cada vez que el acontecer de lo político se inclina hacia el extravío en los terrenos de la informalidad criteriológica, más que como representante de una organización política, como ciudadano, como estudioso de la historia y como persona interesada en la recuperación republicana, acudo con curiosidad de discente a los textos, en busca de lo que la arrolladora cotidianidad no está en capacidad de decirnos.

Me he tomado el atrevimiento de hacer un juego de palabras con el ensayo _'Mensaje sin destino'_ (1951) del historiador trujillano Mario Briceño Iragorry, porque la relectura de su obra hace pensar que como sociedad efectivamente no hemos logrado desarrollar una conciencia histórica e historiográfica que nos permita dar funcionalidad al devenir del ser humano a través del tiempo como referencia para la creación de "actos nuevos".

También porque en el campo de lo público, de la política y sus instituciones, no ha dejado de generar preocupación la incapacidad de las clases dirigentes para lograr algo continuo, y en su lugar materializar el "progreso" en distintos órdenes como la permanente sustitución de un fracaso por otro, que solo logra como balance la hiriente certidumbre de que nuestra cultura, economía, política y sociedad se encuentra en una insondable situación de incertidumbre y desorientación.

Categorías de análisis que pueden servir a la elaboración de una metodología que haga entender a nuestras clases dirigentes presentes la necesidad de construir una identidad y conciencia histórica que procure ahondar más allá de nuestro propio y arrogante protagonismo reciente. Que evite fascinarse por la liturgia patriotera y caudillista, propia de las dictaduras, y que no inclina a escribir la historia del jefe y sus seguidores, para en contraste reivindicar las gestas civiles que reconocen avances y retrocesos en un proyecto histórico continuo de construcción de la democracia venezolana.

Si de algo parecemos carecer los que integramos o apoyamos a la clase política que hoy tiene la responsabilidad de lograr recuperar nuestro bien más importante después de la independencia, es de referentes históricos de lucha y de acontecer de hombres y mujeres durante al menos los siglos XIX y XX. Nadie parece dispuesto a revisar la emancipación de Venezuela como un proceso con protagonistas civiles, cuya obra escrita ha servido de base para hablar de pensamiento político venezolano del siglo XX.

Tampoco parece interesarnos mucho a nosotros y nuestra dirigencia del presente, comprender cómo Juan Vicente Gómez a través de la modernización de las fuerzas armadas y la unificación del territorio, logró liquidar el caudillismo decimonónico, sin encontrar mayor oposición en las fragmentadas corrientes políticas liberales y conservadoras tradicionales; menos que en la joven y nueva oficialidad militar, así como en los universitarios de la Generación del 28.

El elemento común que parece conectar a quienes vivieron los albores del siglo XX con nosotros, sus equivalentes en el siglo XXI es la incapacidad de hallar una conciencia histórica de pueblo que sabe de dónde viene, tanto como conoce hacia dónde quiere transitar.

No es nueva la tendencia a combatirnos y destruirnos de la forma más intestina. En su momento lo hicieron blancos criollos y pardos, godos y liberales, mientras un mandamás se erigía como árbitro plenipotenciario de la República, sacerdote del destino y máximo interprete del ejercicio de la libertad.

Contra eso, en lugar de ser policías de las culpas en el campo de lo político, en este momento de fragmentación social conviene propugnar por un alto sentido de la solidaridad ciudadana, que desde la unidad de criterios y acción guíe la corrección de los errores como una de nuestras principales responsabilidades históricas.

No se trata pues de seguir empecinados en la búsqueda del culpable primero y primario de nuestro fracaso nacional, sino de ofrecer una solución a tiempo a un situación crítica de instituciones políticas destruidas, que requieren atención inmediata para poder recuperar la coherencia y la cohesión social necesaria ante retos humanos como la actual pandemia del Covid-19, y sus efectos políticos y sociales en la población nacional y la población migrante.

Venezuela no es un proyecto histórico unilateral prestado a las nuevas generaciones. Es un proyecto pensando por miles de venezolanos a través de las décadas y los siglos. Ese proyecto no necesariamente debe estar anclado al fatalismo que lo condena a la permanente tutela caudillista. Ante eso la democracia debe ser un referente significativo de aprendizaje en función del reconocimiento de aciertos y desaciertos a través de la historia.

Estamos a tiempo para volver a mirar al pasado en busca de luces hacia el futuro.

miércoles, 6 de mayo de 2020

LA PANDEMIA MORAL Y LA CUARENTENA POLÍTICA


En tiempos de pandemia podríamos llegar a la conclusión de que tenemos un sistema político enfermo porque nuestra sociedad está enferma. Y no se trata del covid-19 sino de un cúmulo de enfermedades que incluso hacen que deliremos de arrogancia, asumiendo que son los distinto, los contrarios, los que están enfermos y no todos nosotros.

Una vieja conseja señala que los pueblos tienen los gobiernos que se merecen. Pero más allá de esta lógica reprensiva, la dirigencia que ejerce el poder en un país puede determinar la forma de las relaciones políticas, pero su condición de decisores depende de la sociedad que los empodera por acción o por omisión.

En 1998 ya el país se encontraba sumido en un complejo proceso político, en donde las controversias internas de los partidos, así como los contubernios de los ámbitos empresariales, periodísticos e intelectuales se convirtieron en el centro del debate diario, en lugar de la discusión de los mecanismos para mantener la viabilidad del proyecto democrático republicano.

En medio de una lógica social marcada por los planes a medio hacer, los proyectos parciales, las ideas innovadoras colgando en los pasillos del desinterés, apareció el llamado chavismo bolivariano, liderado por un hombre convencido de fungir más que como presidente, como sumo sacerdote de la moral política.

No fue gratuita la insistencia del comandante hablador de impulsar un modelo de hegemonía comunicacional que le permitiera ser el principal guionista y ancla de la dinámica política a todos los niveles, reforzando el esquema de carismocracia teledirigida, en el que televisores y radios servían de púlpito al gran pastor para que diariamente indicara a quien querer, a quien odiar, a quien culpar de nuestros males y nuestras deudas históricas como pueblo.

La sociedad venezolana ha sido y es expresión de las virtudes y vicios de una región del planeta Tierra que transitó  de la premodernidad a la postmodernidad en menos de 400 años. América Latina es el lienzo civilizatorio en donde se difumina lo mejor de la humanidad a través de la creación humana en lo cultural, artístico y científico, pero también donde se hacen más profundas las contradicciones ideológicas que en Europa o Norteamérica dieron lugar a la creación de corrientes de pensamiento político o al desarrollo de grandes conflictos sociales como la lucha por los derechos civiles y geopolíticos como las grandes guerras mundiales.

Desde 1989, año del gran trauma histórico que conocemos como “El Caracazo”, las instituciones que hacen posible la cohesión social venían experimentando una severa crisis, que requería como respuesta la revisión, renovación e impulso de nuevos esquemas para posibilitar las relaciones de poder. Atrás había quedado el país rural, preindustrial de ciudades incipientes en el que tuvo lugar la conquista de la democracia. En la década de los 90 el crecimiento de los llamados cinturones de miseria fue aparejado del agotamiento de las estructuras partidistas, gremiales e institucionales que servían de piso a la República.
En medio de tal situación Hugo Chávez pasó una década y tres años más dinamitando los ya bajos niveles de confianza que los venezolanos teníamos en instituciones como la Iglesia, las universidades y las Fuerzas Armadas; todo aquél que se atreviera a poner en cuestión su personalísima visión de las cosas, entraba en la vorágine del linchamiento comunicacional. Cual chismoso de barrio o periodista amarillista, el ex militar combinaba en su discursos planes grandilocuentes y proyectos irrealizables con la exposición procaz de aspectos de la vida personal de la disidencia: si se trataba de un dirigente político entonces el estigma era el de corrupto; si era gremialista o sindicalista: reposero; si era sacerdote: pedófilo o ladrón de limosnas; si era profesional: burgués; en el caso de periodistas: palangristas; dirigentes estudiantiles: hijitos de papi y mami; personalidades políticas consideradas bien parecidas: homosexuales; militares: golpistas o traidores a la patria; y en el caso de los sectores pobres que asumían la oposición a sus políticas: alienados.

La realidad es que con este tipo de práctica comunicacional y social, los resentimientos y bajas pasiones se incoaron en el espacio de lo político, y en todos los niveles lo afirmativo venezolano terminó siendo sustituido por la construcción de supremacías discursivas basadas en el establecimiento de un tipo de moral en el que el prolegómeno en el ejercicio de la opinión política era la descalificación directa o solapada de todo lo que no pueda ser racionalizado a favor de un dirigente o un grupo de dirigentes.

Hugo Chávez como hegemón comunicacional avanzó a paso de vencedores en el linchamiento moral de toda expresión de disidencia, y lo hizo como si se tratara de un ciudadano ejemplar enfrentando los vicios de la política. Pero se trataba de un militar de pocos méritos, esposo disfuncional con inclinaciones claras a la violencia doméstica, personalidad narcisista, inestabilidad emocional, obsesionado con  el control de su entorno y megalómano, que alternaba entre la idea de predestinación y la encarnación de los más profundos resentimientos de los desclasados.

Ahora bien, en tiempos de pandemia y de cuarentena como medida extrema para evitar la diseminación del covid-19, las redes sociales se han configurado en ágora digital donde dirigentes, analistas, opinadores e inlfluencers luchan a diario por imponer criterios personales sobre lo bueno y lo correcto en política. La anulación del pensamiento y la acción del otro introduce cualquier debate. A modo de sarcasmo, pareciera que los hombres pretenden saber más de feminidad que las mujeres y viceversa; la disidencia chavista procura enseñar a la oposición a ser oposición; la vieja política insiste en ser más renovadora que la política de los jóvenes, los que cuentan más partidos políticos en su trayectoria que dedos en las manos exigen coherencia y disciplina, los traficantes del poder vilipendian a quienes no ven la política como negocio, y los otrora perseguidos políticos le hacen apología a la represión y a la violación sistemática de derechos humanos.

La diplomacia y el parlamentarismo fueron desplazados por el virulento ataque que no reconoce la alteridad, en algunos casos expresados con descalificación, o procurando excluir a los mundanos desde el templo moral de los censores de la política, que procuran mantenerse inmaculados en medio de partidos políticos, organizaciones, sindicatos y gremios.

El legado de Chávez si existe, y se expresa en las prácticas políticas basadas en el resentimiento, los intentos de colonización del pensamiento y el linchamiento moral de quienes opinan y obran según otros conceptos, categorías y orientaciones de la política. La sociedad venezolana experimenta una pandemia de animosidad y frustración que nos introduce en una especie de carrera de la muerte, en la que los competidores parecen más empeñados en el exterminio de sus pare, que en la formulación de propuestas democráticas. El corrillo de pasillo se convierte en sentencia para ejecución sumaria de dirigentes, el bulo da pie al fusilamiento moral, sin que se midan los efectos en la construcción de soluciones, que puedan dar pie a la conformación de una nueva democracia basada en la solidez y autonomía de sus instituciones.

Desde el poder fáctico la existencia de un proyecto político ha derivado en el fortalecimiento de relaciones de poder más allá de lo legal y lo legítimo, dando lugar al reemplazo de dirigentes, operadores, activistas y funcionarios, por comisarios políticos, esbirros, patriotas cooperantes, pranes locales o agentes del chantaje político.

Superar esta pandemia social no necesita una cuarentena política sino una vacuna que pueda inmunizarnos contra el odio y el resentimiento, que funcione a favor del entendimiento y la esperanza en la construcción de una democracia sin inclinaciones hacia la hegemonía, el clientelismo, el populismo y el personalismo. La necesidad de reivindicación social ante la incapacidad de los partidos del siglo XX por impulsar procesos de renovación y refrescamiento desde sus bases, solo fue el vehículo a través del cual el resentimiento y la revancha se instalaron en el poder. No se trata pues de apelar a un discurso religioso basado en el amor fraternal, pero si en el reconocimiento del derecho a la diferencia como forma de evitar este error de hace 21 años. La democracia no puede ser dictadura ni de minorías organizadas ni de mayorías sin capacidad crítica. En tal sentido no se puede perder de vista el permanente análisis de nuestros procesos históricos, y la construcción de una nueva visión de proyecto republicano venezolano. Pero con partidos políticos, con gremios, con sindicatos, con organizaciones y agentes sociales con altas capacidades para respetar la vigencia de las instituciones asentadas en amplios acuerdos ciudadanos.

miércoles, 8 de abril de 2020

FIN DE LA EDAD CONTEMPORÁNEA

_“…Y cuando el peligro terminó, Y la gente se encontró de nuevo, Lloraron por los muertos, Y tomaron nuevas decisiones, Y soñaron nuevas visiones, Y crearon nuevas formas de vida, Y sanaron la Tierra completamente, Tal y como ellos fueron curados.” (En tiempos de pandemia, K. O’Meara)._

Fue Cristoph Keller (Cristóbal Cellarius en español) quien durante el siglo XVII propuso la periodización de la historia en tres edades. Esta visión eurocéntrica y profundamente imbuida por el incipiente positivismo, propuso comprender el devenir del hombre a través del tiempo en una Edad Antigua comprendida entre la invención de la escritura 4000 años antes de Cristo y la caída del Imperio Romano de occidente en el 476 después de Cristo, la Edad Media entre este último hito y la caída del Imperio Romano de oriente (Bizantino) en el siglo XV o la llegada de los colonizadores europeos a América, y la Edad Moderna desde el fin de este siglo hasta la Revolución Francesa y la Independencia de los Estados Unidos a finales del siglo XVIII. Keller no vivió lo suficiente para ver los levantamientos populares de Francia, pero ya para principios del siglo XIX el uso de su periodización se había hecho convención cronológica en la mayoría de cátedras de estudios históricos de las universidades europeas. 

La Edad Contemporánea fue entonces una añadidura reciente a la periodización tripartita propuesta por Keller, basada en una visión de ruptura de la Modernidad, a propósito de hechos como la Revolución Industrial, la Independencia de los Estados Unidos, la Revolución Francesa, el fin del antiguo régimen y la emergencia de los nuevos estados nacionales europeos que tuvo lugar durante el siglo XIX. En el campo de la filosofía de la historia se han dado importantes discusiones en relación al sentido de ruptura o continuidad de hechos y procesos a través del tiempo, y de éstas se ha podido extraer consideración sobre la existencia de una modernidad tardía en lugar de una Edad Contemporánea, de modo similar a los periodos transicionales como la protohistoria –entre la prehistoria y la antigüedad-, la tardoantigüedad, la transición de la Edad Antigua y la Edad Media, o los siglos XV y XVI denominados historiográficamente como edad media tardía. 

El debate en este caso no se restringe a probar la validez o no de las periodizaciones históricas, apunta más bien a analizar la vigencia o no de una categoría histórica cuya denominación de origen parece darle una validez infinita, cuando si de algo pueda certeza la historia es que el devenir del hombre en el tiempo es finito; es decir, sujeto a límites superiores e inferiores en cuanto a relaciones causales y consecuenciales. 

Ahora bien, desde la década de los noventa del siglo XX el mundo parece tener una deuda con la comprensión de sus procesos históricos, porque a pesar de la aparición de hitos que han parecido indicar un sentido de ruptura epocal, la contemporaneidad ha mantenido su valor como convención cómoda que procura ubicar a la humanidad presente en el más alto estadio de su desarrollo cultural, en comparación con edades anteriores. Ni siquiera el fin de la Guerra Fría que inspiró a Francis Fukujama a hablar de un fin de la historia, ni el cambio trascendental de las comunicaciones a propósito de la masificación del uso de internet más allá de los fines puramente comunicacionales, ni el surgimiento de una especie de ciudadanía digital con el auge de las redes sociales, parecen haber generado mayor incidencia para que la ciencia de la historia se decante por el establecimiento de una nueva categoría temporal que pueda explicar el cambio cultural universal que se viene gestando desde finales del siglo XX. 

Sin duda alguna, el debate sobre el cambio epocal vuelve a ser pertinente, cuando el presente es tiempo en el que, de forma similar a la propagación de la gripe española entre 1918 y 1920, la humanidad se enfrenta nuevamente ante una pandemia, el covid-19, la cual surgida en China ha obligado una importante parada de la economía mundial, las comunicaciones, los servicios, y por ende de todas las actividades humanas más allá de lo que hoy hacemos a través de nuestras redes sociales. Harto difícil evadir en este orden, la idea de que después del covid-19 la humanidad no será igual. Es decir, el cambio epocal que parecía atajarse desde la caída del muro de Berlín en 1989, hoy rompe cual curso de agua que busca abrir nuevos caminos para el desarrollo humano y su correspondiente comprensión. Ya durante el siglo XX Jean Lyotard en su propuesta analítica sobre postmodernidad, consideraba la gran crisis de los metarelatos científico, político y religioso, abriendo con esto la posibilidad de comprender un sentido de cambio histórico y cultural en el periodo de  la postguerra. 

_¿Qué ha hecho falta entonces para poner un límite superior a un periodo de la historia que ya nos resulta quizás insuficiente para explicar el sentido de desarrollo de una humanidad globalizada y telemática, donde lo actual parece moverse a la velocidad de los flujos cibernéticos?_

El cambio epocal no implica que la humanidad dejé de ser humana; ni siquiera el sentido de cambio o ruptura podría hablar categóricamente de una negación de lo pretérito. Pero si expresa bien que los referentes culturales y sociocéntricos que sirvieron de base al desarrollo vital de la humanidad, pueden haber perdido vigencia o comenzado a virar hacia horizontes distintos, dando lugar a nuevos conceptos y apreciaciones en lo político, lo económico y lo social.

El desarrollo de las comunicaciones a través de la world wide web le ha abierto una posibilidad de democratización general a la sociedad no antes experimentada. La revolución informática ha dado pie a una faceta digital de la ciudadanía que prescinde los mediadores tradicionales que hicieron posibles las relaciones de poder en siglos anteriores, permitiendo emerger a agentes sociales con iguales o mayores capacidades comunicativas que los políticos tradicionales. En redes sociales a diario, a cada momento palpitan mensajes de los llamados influencers, tendencias de opinión, conceptos, ideas y apreciaciones que inciden directamente en los tiempos para las decisiones políticas de los centros de poder mundial. Los procesos comunicativos son tan rápidos que las audiencias casi pueden observar en horario estelar la caída de una dictadura, el surgimiento de una democracia, el desarrollo de una guerra, de un desastre natural o un colapso económico. Y en este contexto de ciudadanía con acceso a volúmenes de información antes inimaginados, las sociedades vienen desarrollando mayores capacidades críticas ante las élites intelectuales y políticas. Todo esto posible gracias a la existencia  millones de ordenadores y puntos de conexión a internet en casi todo el planeta.

En el comienzo de la segunda década del 2020 la humanidad enfrenta un reto global distinto a los grandes conflictos que tuvieron lugar en el siglo XX. Hasta la fecha presente es difícil predecir si la pandemia del covid-19 tendrá efectos más devastadores que la gripe española en 1918 o la peste negra a finales de la Edad Media. La movilidad humana del presente, así como el imparable crecimiento urbano de la principales metrópolis mundiales parece crear condiciones favorables para el contagio masivo de cualquier virus que pueda viajar por el aíre. No obstante, el desarrollo científico logrado hasta hoy, también abre la posibilidad de considerar en una acción de contención más eficaz que con otras pandemias de nuestra historia universal. Como elemento agregado, las medidas de contención basadas en el confinamiento social y la parada de los sistemas productivos, abren también un importante debate sobre potenciales y catastróficos efectos colaterales de dicha pandemia en la economía mundial. 

Es así como los efectos sociales, económicos e institucionales del covid-19 exigen retomar la discusión sobre el cambio epocal que orbita la atmósfera intelectual y cultural de nuestro tiempo, tal como sucedió con el Renacimiento durante el siglo XV y la grandes revoluciones de finales del siglo XVIII. La caída del Muro de Berlín en 1989, la disolución de la Unión Soviética en 1991 y la revolución informática derivada de la masificación del uso del internet a finales del siglo XX permiten mirar a la humanidad desde una óptica distinta a la de la contemporaneidad. 

No se trata de sentenciar que estamos ante una sociedad mundial más preparada que la de otras épocas, sino de considerar que en la actualidad existe una sociedad más informada y con mayores posibilidades de elegir entre los distintos caudales de información que a cada segundo circulan a través de las redes informáticas. Si la invención de la escritura en Mesopotamia y Egipto durante el cuarto milenio antes de nuestra era sirvió de referente para considerar el cambio entre Prehistoria e Historia, la posibilidad de compartir datos entre puntos extremos en el mundo en solo segundos, nos permite inferir que desde al menos hace 30 años estamos viviendo en un mundo distinto al conocido por las generaciones pretéritas. 

La contingencia mundial provocada por la pandemia del covid-19 no solo ha obligado a una parada vital sino que apunta a una especie de reinicio planetario, que puede ser aprovechado para dejar atrás formas prejuicios, ideologías, culturas institucionales y formas de intercambio que no son garantía de desarrollo de nuestra civilización hacia el futuro, por sus efectos destructivos de los tejidos humanos y el medio ambiente ocupado. Una sociedad mundial más informada requiere de categorías que permitan reafirmar que un cambio de mentalidad si es posible porque en principio hemos sido capaces de generar y reconocer el cambio epocal.

Queda pendiente entonces la tarea de dar con una categorización para esta nueva edad que ya hemos comenzado a vivir: ¿cibernética?, ¿telemática?, ¿Postmoderna? Pero ya no contemporánea.