_"Entonces podrá hablarse de concordia y reconciliación cuando los venezolanos, sintiendo por suyos los méritos de los otros venezolanos, consagren a la exaltación de sus valores la energía que dedican a la mutua destrucción, y cuando, también sintiendo por suyos los yerros del vecino, se adelanten a no pregonarlos complacidos, sino a colaborar modestamente en la condigna enmienda."_ (M. B. I.)
Cada vez que el acontecer de lo político se inclina hacia el extravío en los terrenos de la informalidad criteriológica, más que como representante de una organización política, como ciudadano, como estudioso de la historia y como persona interesada en la recuperación republicana, acudo con curiosidad de discente a los textos, en busca de lo que la arrolladora cotidianidad no está en capacidad de decirnos.
Me he tomado el atrevimiento de hacer un juego de palabras con el ensayo _'Mensaje sin destino'_ (1951) del historiador trujillano Mario Briceño Iragorry, porque la relectura de su obra hace pensar que como sociedad efectivamente no hemos logrado desarrollar una conciencia histórica e historiográfica que nos permita dar funcionalidad al devenir del ser humano a través del tiempo como referencia para la creación de "actos nuevos".
También porque en el campo de lo público, de la política y sus instituciones, no ha dejado de generar preocupación la incapacidad de las clases dirigentes para lograr algo continuo, y en su lugar materializar el "progreso" en distintos órdenes como la permanente sustitución de un fracaso por otro, que solo logra como balance la hiriente certidumbre de que nuestra cultura, economía, política y sociedad se encuentra en una insondable situación de incertidumbre y desorientación.
Categorías de análisis que pueden servir a la elaboración de una metodología que haga entender a nuestras clases dirigentes presentes la necesidad de construir una identidad y conciencia histórica que procure ahondar más allá de nuestro propio y arrogante protagonismo reciente. Que evite fascinarse por la liturgia patriotera y caudillista, propia de las dictaduras, y que no inclina a escribir la historia del jefe y sus seguidores, para en contraste reivindicar las gestas civiles que reconocen avances y retrocesos en un proyecto histórico continuo de construcción de la democracia venezolana.
Si de algo parecemos carecer los que integramos o apoyamos a la clase política que hoy tiene la responsabilidad de lograr recuperar nuestro bien más importante después de la independencia, es de referentes históricos de lucha y de acontecer de hombres y mujeres durante al menos los siglos XIX y XX. Nadie parece dispuesto a revisar la emancipación de Venezuela como un proceso con protagonistas civiles, cuya obra escrita ha servido de base para hablar de pensamiento político venezolano del siglo XX.
Tampoco parece interesarnos mucho a nosotros y nuestra dirigencia del presente, comprender cómo Juan Vicente Gómez a través de la modernización de las fuerzas armadas y la unificación del territorio, logró liquidar el caudillismo decimonónico, sin encontrar mayor oposición en las fragmentadas corrientes políticas liberales y conservadoras tradicionales; menos que en la joven y nueva oficialidad militar, así como en los universitarios de la Generación del 28.
El elemento común que parece conectar a quienes vivieron los albores del siglo XX con nosotros, sus equivalentes en el siglo XXI es la incapacidad de hallar una conciencia histórica de pueblo que sabe de dónde viene, tanto como conoce hacia dónde quiere transitar.
No es nueva la tendencia a combatirnos y destruirnos de la forma más intestina. En su momento lo hicieron blancos criollos y pardos, godos y liberales, mientras un mandamás se erigía como árbitro plenipotenciario de la República, sacerdote del destino y máximo interprete del ejercicio de la libertad.
Contra eso, en lugar de ser policías de las culpas en el campo de lo político, en este momento de fragmentación social conviene propugnar por un alto sentido de la solidaridad ciudadana, que desde la unidad de criterios y acción guíe la corrección de los errores como una de nuestras principales responsabilidades históricas.
No se trata pues de seguir empecinados en la búsqueda del culpable primero y primario de nuestro fracaso nacional, sino de ofrecer una solución a tiempo a un situación crítica de instituciones políticas destruidas, que requieren atención inmediata para poder recuperar la coherencia y la cohesión social necesaria ante retos humanos como la actual pandemia del Covid-19, y sus efectos políticos y sociales en la población nacional y la población migrante.
Venezuela no es un proyecto histórico unilateral prestado a las nuevas generaciones. Es un proyecto pensando por miles de venezolanos a través de las décadas y los siglos. Ese proyecto no necesariamente debe estar anclado al fatalismo que lo condena a la permanente tutela caudillista. Ante eso la democracia debe ser un referente significativo de aprendizaje en función del reconocimiento de aciertos y desaciertos a través de la historia.
Estamos a tiempo para volver a mirar al pasado en busca de luces hacia el futuro.