miércoles, 6 de mayo de 2020

LA PANDEMIA MORAL Y LA CUARENTENA POLÍTICA


En tiempos de pandemia podríamos llegar a la conclusión de que tenemos un sistema político enfermo porque nuestra sociedad está enferma. Y no se trata del covid-19 sino de un cúmulo de enfermedades que incluso hacen que deliremos de arrogancia, asumiendo que son los distinto, los contrarios, los que están enfermos y no todos nosotros.

Una vieja conseja señala que los pueblos tienen los gobiernos que se merecen. Pero más allá de esta lógica reprensiva, la dirigencia que ejerce el poder en un país puede determinar la forma de las relaciones políticas, pero su condición de decisores depende de la sociedad que los empodera por acción o por omisión.

En 1998 ya el país se encontraba sumido en un complejo proceso político, en donde las controversias internas de los partidos, así como los contubernios de los ámbitos empresariales, periodísticos e intelectuales se convirtieron en el centro del debate diario, en lugar de la discusión de los mecanismos para mantener la viabilidad del proyecto democrático republicano.

En medio de una lógica social marcada por los planes a medio hacer, los proyectos parciales, las ideas innovadoras colgando en los pasillos del desinterés, apareció el llamado chavismo bolivariano, liderado por un hombre convencido de fungir más que como presidente, como sumo sacerdote de la moral política.

No fue gratuita la insistencia del comandante hablador de impulsar un modelo de hegemonía comunicacional que le permitiera ser el principal guionista y ancla de la dinámica política a todos los niveles, reforzando el esquema de carismocracia teledirigida, en el que televisores y radios servían de púlpito al gran pastor para que diariamente indicara a quien querer, a quien odiar, a quien culpar de nuestros males y nuestras deudas históricas como pueblo.

La sociedad venezolana ha sido y es expresión de las virtudes y vicios de una región del planeta Tierra que transitó  de la premodernidad a la postmodernidad en menos de 400 años. América Latina es el lienzo civilizatorio en donde se difumina lo mejor de la humanidad a través de la creación humana en lo cultural, artístico y científico, pero también donde se hacen más profundas las contradicciones ideológicas que en Europa o Norteamérica dieron lugar a la creación de corrientes de pensamiento político o al desarrollo de grandes conflictos sociales como la lucha por los derechos civiles y geopolíticos como las grandes guerras mundiales.

Desde 1989, año del gran trauma histórico que conocemos como “El Caracazo”, las instituciones que hacen posible la cohesión social venían experimentando una severa crisis, que requería como respuesta la revisión, renovación e impulso de nuevos esquemas para posibilitar las relaciones de poder. Atrás había quedado el país rural, preindustrial de ciudades incipientes en el que tuvo lugar la conquista de la democracia. En la década de los 90 el crecimiento de los llamados cinturones de miseria fue aparejado del agotamiento de las estructuras partidistas, gremiales e institucionales que servían de piso a la República.
En medio de tal situación Hugo Chávez pasó una década y tres años más dinamitando los ya bajos niveles de confianza que los venezolanos teníamos en instituciones como la Iglesia, las universidades y las Fuerzas Armadas; todo aquél que se atreviera a poner en cuestión su personalísima visión de las cosas, entraba en la vorágine del linchamiento comunicacional. Cual chismoso de barrio o periodista amarillista, el ex militar combinaba en su discursos planes grandilocuentes y proyectos irrealizables con la exposición procaz de aspectos de la vida personal de la disidencia: si se trataba de un dirigente político entonces el estigma era el de corrupto; si era gremialista o sindicalista: reposero; si era sacerdote: pedófilo o ladrón de limosnas; si era profesional: burgués; en el caso de periodistas: palangristas; dirigentes estudiantiles: hijitos de papi y mami; personalidades políticas consideradas bien parecidas: homosexuales; militares: golpistas o traidores a la patria; y en el caso de los sectores pobres que asumían la oposición a sus políticas: alienados.

La realidad es que con este tipo de práctica comunicacional y social, los resentimientos y bajas pasiones se incoaron en el espacio de lo político, y en todos los niveles lo afirmativo venezolano terminó siendo sustituido por la construcción de supremacías discursivas basadas en el establecimiento de un tipo de moral en el que el prolegómeno en el ejercicio de la opinión política era la descalificación directa o solapada de todo lo que no pueda ser racionalizado a favor de un dirigente o un grupo de dirigentes.

Hugo Chávez como hegemón comunicacional avanzó a paso de vencedores en el linchamiento moral de toda expresión de disidencia, y lo hizo como si se tratara de un ciudadano ejemplar enfrentando los vicios de la política. Pero se trataba de un militar de pocos méritos, esposo disfuncional con inclinaciones claras a la violencia doméstica, personalidad narcisista, inestabilidad emocional, obsesionado con  el control de su entorno y megalómano, que alternaba entre la idea de predestinación y la encarnación de los más profundos resentimientos de los desclasados.

Ahora bien, en tiempos de pandemia y de cuarentena como medida extrema para evitar la diseminación del covid-19, las redes sociales se han configurado en ágora digital donde dirigentes, analistas, opinadores e inlfluencers luchan a diario por imponer criterios personales sobre lo bueno y lo correcto en política. La anulación del pensamiento y la acción del otro introduce cualquier debate. A modo de sarcasmo, pareciera que los hombres pretenden saber más de feminidad que las mujeres y viceversa; la disidencia chavista procura enseñar a la oposición a ser oposición; la vieja política insiste en ser más renovadora que la política de los jóvenes, los que cuentan más partidos políticos en su trayectoria que dedos en las manos exigen coherencia y disciplina, los traficantes del poder vilipendian a quienes no ven la política como negocio, y los otrora perseguidos políticos le hacen apología a la represión y a la violación sistemática de derechos humanos.

La diplomacia y el parlamentarismo fueron desplazados por el virulento ataque que no reconoce la alteridad, en algunos casos expresados con descalificación, o procurando excluir a los mundanos desde el templo moral de los censores de la política, que procuran mantenerse inmaculados en medio de partidos políticos, organizaciones, sindicatos y gremios.

El legado de Chávez si existe, y se expresa en las prácticas políticas basadas en el resentimiento, los intentos de colonización del pensamiento y el linchamiento moral de quienes opinan y obran según otros conceptos, categorías y orientaciones de la política. La sociedad venezolana experimenta una pandemia de animosidad y frustración que nos introduce en una especie de carrera de la muerte, en la que los competidores parecen más empeñados en el exterminio de sus pare, que en la formulación de propuestas democráticas. El corrillo de pasillo se convierte en sentencia para ejecución sumaria de dirigentes, el bulo da pie al fusilamiento moral, sin que se midan los efectos en la construcción de soluciones, que puedan dar pie a la conformación de una nueva democracia basada en la solidez y autonomía de sus instituciones.

Desde el poder fáctico la existencia de un proyecto político ha derivado en el fortalecimiento de relaciones de poder más allá de lo legal y lo legítimo, dando lugar al reemplazo de dirigentes, operadores, activistas y funcionarios, por comisarios políticos, esbirros, patriotas cooperantes, pranes locales o agentes del chantaje político.

Superar esta pandemia social no necesita una cuarentena política sino una vacuna que pueda inmunizarnos contra el odio y el resentimiento, que funcione a favor del entendimiento y la esperanza en la construcción de una democracia sin inclinaciones hacia la hegemonía, el clientelismo, el populismo y el personalismo. La necesidad de reivindicación social ante la incapacidad de los partidos del siglo XX por impulsar procesos de renovación y refrescamiento desde sus bases, solo fue el vehículo a través del cual el resentimiento y la revancha se instalaron en el poder. No se trata pues de apelar a un discurso religioso basado en el amor fraternal, pero si en el reconocimiento del derecho a la diferencia como forma de evitar este error de hace 21 años. La democracia no puede ser dictadura ni de minorías organizadas ni de mayorías sin capacidad crítica. En tal sentido no se puede perder de vista el permanente análisis de nuestros procesos históricos, y la construcción de una nueva visión de proyecto republicano venezolano. Pero con partidos políticos, con gremios, con sindicatos, con organizaciones y agentes sociales con altas capacidades para respetar la vigencia de las instituciones asentadas en amplios acuerdos ciudadanos.