En tiempos de pandemia podríamos
llegar a la conclusión de que tenemos un sistema político enfermo porque
nuestra sociedad está enferma. Y no se trata del covid-19 sino de un cúmulo de
enfermedades que incluso hacen que deliremos de arrogancia, asumiendo que son
los distinto, los contrarios, los que están enfermos y no todos nosotros.
Una vieja conseja señala que los pueblos tienen los gobiernos que se merecen. Pero más allá de esta lógica reprensiva, la dirigencia que ejerce el poder en un país puede determinar la forma de las relaciones políticas, pero su condición de decisores depende de la sociedad que los empodera por acción o por omisión.
En 1998 ya el país se encontraba sumido en un complejo proceso político, en donde las controversias internas de los partidos, así como los contubernios de los ámbitos empresariales, periodísticos e intelectuales se convirtieron en el centro del debate diario, en lugar de la discusión de los mecanismos para mantener la viabilidad del proyecto democrático republicano.
En medio de una lógica social marcada
por los planes a medio hacer, los proyectos parciales, las ideas innovadoras
colgando en los pasillos del desinterés, apareció el llamado chavismo
bolivariano, liderado por un hombre convencido de fungir más que como
presidente, como sumo sacerdote de la moral política.
No fue gratuita la insistencia del
comandante hablador de impulsar un modelo de hegemonía comunicacional que le
permitiera ser el principal guionista y ancla de la dinámica política a todos
los niveles, reforzando el esquema de carismocracia teledirigida, en el que
televisores y radios servían de púlpito al gran pastor para que diariamente
indicara a quien querer, a quien odiar, a quien culpar de nuestros males y
nuestras deudas históricas como pueblo.
La sociedad venezolana ha sido y es
expresión de las virtudes y vicios de una región del planeta Tierra que
transitó de la premodernidad a la
postmodernidad en menos de 400 años. América Latina es el lienzo civilizatorio
en donde se difumina lo mejor de la humanidad a través de la creación humana en
lo cultural, artístico y científico, pero también donde se hacen más profundas
las contradicciones ideológicas que en Europa o Norteamérica dieron lugar a la
creación de corrientes de pensamiento político o al desarrollo de grandes
conflictos sociales como la lucha por los derechos civiles y geopolíticos como
las grandes guerras mundiales.
Desde 1989, año del gran trauma
histórico que conocemos como “El Caracazo”, las instituciones que hacen posible
la cohesión social venían experimentando una severa crisis, que requería como
respuesta la revisión, renovación e impulso de nuevos esquemas para posibilitar
las relaciones de poder. Atrás había quedado el país rural, preindustrial de
ciudades incipientes en el que tuvo lugar la conquista de la democracia. En la
década de los 90 el crecimiento de los llamados cinturones de miseria fue
aparejado del agotamiento de las estructuras partidistas, gremiales e
institucionales que servían de piso a la República.
En medio de tal situación Hugo Chávez
pasó una década y tres años más dinamitando los ya bajos niveles de confianza
que los venezolanos teníamos en instituciones como la Iglesia, las
universidades y las Fuerzas Armadas; todo aquél que se atreviera a poner en
cuestión su personalísima visión de las cosas, entraba en la vorágine del
linchamiento comunicacional. Cual chismoso de barrio o periodista amarillista,
el ex militar combinaba en su discursos planes grandilocuentes y proyectos
irrealizables con la exposición procaz de aspectos de la vida personal de la
disidencia: si se trataba de un dirigente político entonces el estigma era el de
corrupto; si era gremialista o sindicalista: reposero; si era sacerdote:
pedófilo o ladrón de limosnas; si era profesional: burgués; en el caso de
periodistas: palangristas; dirigentes estudiantiles: hijitos de papi y mami;
personalidades políticas consideradas bien parecidas: homosexuales; militares:
golpistas o traidores a la patria; y en el caso de los sectores pobres que
asumían la oposición a sus políticas: alienados.
La realidad es que con este tipo de
práctica comunicacional y social, los resentimientos y bajas pasiones se
incoaron en el espacio de lo político, y en todos los niveles lo afirmativo
venezolano terminó siendo sustituido por la construcción de supremacías
discursivas basadas en el establecimiento de un tipo de moral en el que el
prolegómeno en el ejercicio de la opinión política era la descalificación
directa o solapada de todo lo que no pueda ser racionalizado a favor de un
dirigente o un grupo de dirigentes.
Hugo Chávez como hegemón
comunicacional avanzó a paso de vencedores en el linchamiento moral de toda
expresión de disidencia, y lo hizo como si se tratara de un ciudadano ejemplar
enfrentando los vicios de la política. Pero se trataba de un militar de pocos
méritos, esposo disfuncional con inclinaciones claras a la violencia doméstica,
personalidad narcisista, inestabilidad emocional, obsesionado con el control de su entorno y megalómano, que
alternaba entre la idea de predestinación y la encarnación de los más profundos
resentimientos de los desclasados.
Ahora bien, en tiempos de pandemia y
de cuarentena como medida extrema para evitar la diseminación del covid-19, las
redes sociales se han configurado en ágora digital donde dirigentes, analistas,
opinadores e inlfluencers luchan a diario por imponer criterios personales
sobre lo bueno y lo correcto en política. La anulación del pensamiento y la
acción del otro introduce cualquier debate. A modo de sarcasmo, pareciera que
los hombres pretenden saber más de feminidad que las mujeres y viceversa; la
disidencia chavista procura enseñar a la oposición a ser oposición; la vieja
política insiste en ser más renovadora que la política de los jóvenes, los que
cuentan más partidos políticos en su trayectoria que dedos en las manos exigen
coherencia y disciplina, los traficantes del poder vilipendian a quienes no ven
la política como negocio, y los otrora perseguidos políticos le hacen apología
a la represión y a la violación sistemática de derechos humanos.
La diplomacia y el parlamentarismo
fueron desplazados por el virulento ataque que no reconoce la alteridad, en
algunos casos expresados con descalificación, o procurando excluir a los
mundanos desde el templo moral de los censores de la política, que procuran
mantenerse inmaculados en medio de partidos políticos, organizaciones,
sindicatos y gremios.
El legado de Chávez si existe, y se
expresa en las prácticas políticas basadas en el resentimiento, los intentos de
colonización del pensamiento y el linchamiento moral de quienes opinan y obran
según otros conceptos, categorías y orientaciones de la política. La sociedad
venezolana experimenta una pandemia de animosidad y frustración que nos
introduce en una especie de carrera de la muerte, en la que los competidores
parecen más empeñados en el exterminio de sus pare, que en la formulación de
propuestas democráticas. El corrillo de pasillo se convierte en sentencia para
ejecución sumaria de dirigentes, el bulo da pie al fusilamiento moral, sin que
se midan los efectos en la construcción de soluciones, que puedan dar pie a la
conformación de una nueva democracia basada en la solidez y autonomía de sus
instituciones.
Desde el poder fáctico la existencia
de un proyecto político ha derivado en el fortalecimiento de relaciones de
poder más allá de lo legal y lo legítimo, dando lugar al reemplazo de
dirigentes, operadores, activistas y funcionarios, por comisarios políticos,
esbirros, patriotas cooperantes, pranes locales o agentes del chantaje
político.
Superar esta pandemia social no
necesita una cuarentena política sino una vacuna que pueda inmunizarnos contra
el odio y el resentimiento, que funcione a favor del entendimiento y la
esperanza en la construcción de una democracia sin inclinaciones hacia la
hegemonía, el clientelismo, el populismo y el personalismo. La necesidad de
reivindicación social ante la incapacidad de los partidos del siglo XX por
impulsar procesos de renovación y refrescamiento desde sus bases, solo fue el
vehículo a través del cual el resentimiento y la revancha se instalaron en el
poder. No se trata pues de apelar a un discurso religioso basado en el amor
fraternal, pero si en el reconocimiento del derecho a la diferencia como forma
de evitar este error de hace 21 años. La democracia no puede ser dictadura ni
de minorías organizadas ni de mayorías sin capacidad crítica. En tal sentido no
se puede perder de vista el permanente análisis de nuestros procesos
históricos, y la construcción de una nueva visión de proyecto republicano
venezolano. Pero con partidos políticos, con gremios, con sindicatos, con
organizaciones y agentes sociales con altas capacidades para respetar la
vigencia de las instituciones asentadas en amplios acuerdos ciudadanos.