_“…Y cuando el peligro terminó, Y la gente se encontró de nuevo, Lloraron por los muertos, Y tomaron nuevas decisiones, Y soñaron nuevas visiones, Y crearon nuevas formas de vida, Y sanaron la Tierra completamente, Tal y como ellos fueron curados.” (En tiempos de pandemia, K. O’Meara)._
Fue Cristoph Keller (Cristóbal Cellarius en español) quien durante el siglo XVII propuso la periodización de la historia en tres edades. Esta visión eurocéntrica y profundamente imbuida por el incipiente positivismo, propuso comprender el devenir del hombre a través del tiempo en una Edad Antigua comprendida entre la invención de la escritura 4000 años antes de Cristo y la caída del Imperio Romano de occidente en el 476 después de Cristo, la Edad Media entre este último hito y la caída del Imperio Romano de oriente (Bizantino) en el siglo XV o la llegada de los colonizadores europeos a América, y la Edad Moderna desde el fin de este siglo hasta la Revolución Francesa y la Independencia de los Estados Unidos a finales del siglo XVIII. Keller no vivió lo suficiente para ver los levantamientos populares de Francia, pero ya para principios del siglo XIX el uso de su periodización se había hecho convención cronológica en la mayoría de cátedras de estudios históricos de las universidades europeas.
La Edad Contemporánea fue entonces una añadidura reciente a la periodización tripartita propuesta por Keller, basada en una visión de ruptura de la Modernidad, a propósito de hechos como la Revolución Industrial, la Independencia de los Estados Unidos, la Revolución Francesa, el fin del antiguo régimen y la emergencia de los nuevos estados nacionales europeos que tuvo lugar durante el siglo XIX. En el campo de la filosofía de la historia se han dado importantes discusiones en relación al sentido de ruptura o continuidad de hechos y procesos a través del tiempo, y de éstas se ha podido extraer consideración sobre la existencia de una modernidad tardía en lugar de una Edad Contemporánea, de modo similar a los periodos transicionales como la protohistoria –entre la prehistoria y la antigüedad-, la tardoantigüedad, la transición de la Edad Antigua y la Edad Media, o los siglos XV y XVI denominados historiográficamente como edad media tardía.
El debate en este caso no se restringe a probar la validez o no de las periodizaciones históricas, apunta más bien a analizar la vigencia o no de una categoría histórica cuya denominación de origen parece darle una validez infinita, cuando si de algo pueda certeza la historia es que el devenir del hombre en el tiempo es finito; es decir, sujeto a límites superiores e inferiores en cuanto a relaciones causales y consecuenciales.
Ahora bien, desde la década de los noventa del siglo XX el mundo parece tener una deuda con la comprensión de sus procesos históricos, porque a pesar de la aparición de hitos que han parecido indicar un sentido de ruptura epocal, la contemporaneidad ha mantenido su valor como convención cómoda que procura ubicar a la humanidad presente en el más alto estadio de su desarrollo cultural, en comparación con edades anteriores. Ni siquiera el fin de la Guerra Fría que inspiró a Francis Fukujama a hablar de un fin de la historia, ni el cambio trascendental de las comunicaciones a propósito de la masificación del uso de internet más allá de los fines puramente comunicacionales, ni el surgimiento de una especie de ciudadanía digital con el auge de las redes sociales, parecen haber generado mayor incidencia para que la ciencia de la historia se decante por el establecimiento de una nueva categoría temporal que pueda explicar el cambio cultural universal que se viene gestando desde finales del siglo XX.
Sin duda alguna, el debate sobre el cambio epocal vuelve a ser pertinente, cuando el presente es tiempo en el que, de forma similar a la propagación de la gripe española entre 1918 y 1920, la humanidad se enfrenta nuevamente ante una pandemia, el covid-19, la cual surgida en China ha obligado una importante parada de la economía mundial, las comunicaciones, los servicios, y por ende de todas las actividades humanas más allá de lo que hoy hacemos a través de nuestras redes sociales. Harto difícil evadir en este orden, la idea de que después del covid-19 la humanidad no será igual. Es decir, el cambio epocal que parecía atajarse desde la caída del muro de Berlín en 1989, hoy rompe cual curso de agua que busca abrir nuevos caminos para el desarrollo humano y su correspondiente comprensión. Ya durante el siglo XX Jean Lyotard en su propuesta analítica sobre postmodernidad, consideraba la gran crisis de los metarelatos científico, político y religioso, abriendo con esto la posibilidad de comprender un sentido de cambio histórico y cultural en el periodo de la postguerra.
_¿Qué ha hecho falta entonces para poner un límite superior a un periodo de la historia que ya nos resulta quizás insuficiente para explicar el sentido de desarrollo de una humanidad globalizada y telemática, donde lo actual parece moverse a la velocidad de los flujos cibernéticos?_
El cambio epocal no implica que la humanidad dejé de ser humana; ni siquiera el sentido de cambio o ruptura podría hablar categóricamente de una negación de lo pretérito. Pero si expresa bien que los referentes culturales y sociocéntricos que sirvieron de base al desarrollo vital de la humanidad, pueden haber perdido vigencia o comenzado a virar hacia horizontes distintos, dando lugar a nuevos conceptos y apreciaciones en lo político, lo económico y lo social.
El desarrollo de las comunicaciones a través de la world wide web le ha abierto una posibilidad de democratización general a la sociedad no antes experimentada. La revolución informática ha dado pie a una faceta digital de la ciudadanía que prescinde los mediadores tradicionales que hicieron posibles las relaciones de poder en siglos anteriores, permitiendo emerger a agentes sociales con iguales o mayores capacidades comunicativas que los políticos tradicionales. En redes sociales a diario, a cada momento palpitan mensajes de los llamados influencers, tendencias de opinión, conceptos, ideas y apreciaciones que inciden directamente en los tiempos para las decisiones políticas de los centros de poder mundial. Los procesos comunicativos son tan rápidos que las audiencias casi pueden observar en horario estelar la caída de una dictadura, el surgimiento de una democracia, el desarrollo de una guerra, de un desastre natural o un colapso económico. Y en este contexto de ciudadanía con acceso a volúmenes de información antes inimaginados, las sociedades vienen desarrollando mayores capacidades críticas ante las élites intelectuales y políticas. Todo esto posible gracias a la existencia millones de ordenadores y puntos de conexión a internet en casi todo el planeta.
En el comienzo de la segunda década del 2020 la humanidad enfrenta un reto global distinto a los grandes conflictos que tuvieron lugar en el siglo XX. Hasta la fecha presente es difícil predecir si la pandemia del covid-19 tendrá efectos más devastadores que la gripe española en 1918 o la peste negra a finales de la Edad Media. La movilidad humana del presente, así como el imparable crecimiento urbano de la principales metrópolis mundiales parece crear condiciones favorables para el contagio masivo de cualquier virus que pueda viajar por el aíre. No obstante, el desarrollo científico logrado hasta hoy, también abre la posibilidad de considerar en una acción de contención más eficaz que con otras pandemias de nuestra historia universal. Como elemento agregado, las medidas de contención basadas en el confinamiento social y la parada de los sistemas productivos, abren también un importante debate sobre potenciales y catastróficos efectos colaterales de dicha pandemia en la economía mundial.
Es así como los efectos sociales, económicos e institucionales del covid-19 exigen retomar la discusión sobre el cambio epocal que orbita la atmósfera intelectual y cultural de nuestro tiempo, tal como sucedió con el Renacimiento durante el siglo XV y la grandes revoluciones de finales del siglo XVIII. La caída del Muro de Berlín en 1989, la disolución de la Unión Soviética en 1991 y la revolución informática derivada de la masificación del uso del internet a finales del siglo XX permiten mirar a la humanidad desde una óptica distinta a la de la contemporaneidad.
No se trata de sentenciar que estamos ante una sociedad mundial más preparada que la de otras épocas, sino de considerar que en la actualidad existe una sociedad más informada y con mayores posibilidades de elegir entre los distintos caudales de información que a cada segundo circulan a través de las redes informáticas. Si la invención de la escritura en Mesopotamia y Egipto durante el cuarto milenio antes de nuestra era sirvió de referente para considerar el cambio entre Prehistoria e Historia, la posibilidad de compartir datos entre puntos extremos en el mundo en solo segundos, nos permite inferir que desde al menos hace 30 años estamos viviendo en un mundo distinto al conocido por las generaciones pretéritas.
La contingencia mundial provocada por la pandemia del covid-19 no solo ha obligado a una parada vital sino que apunta a una especie de reinicio planetario, que puede ser aprovechado para dejar atrás formas prejuicios, ideologías, culturas institucionales y formas de intercambio que no son garantía de desarrollo de nuestra civilización hacia el futuro, por sus efectos destructivos de los tejidos humanos y el medio ambiente ocupado. Una sociedad mundial más informada requiere de categorías que permitan reafirmar que un cambio de mentalidad si es posible porque en principio hemos sido capaces de generar y reconocer el cambio epocal.
Queda pendiente entonces la tarea de dar con una categorización para esta nueva edad que ya hemos comenzado a vivir: ¿cibernética?, ¿telemática?, ¿Postmoderna? Pero ya no contemporánea.