Cada vez que procuro hacer una reflexión crítica desde la perspectiva de quien es observador y a la vez protagonista de un proceso histórico de desgaste de los mecanismos de representación política e institucional, siempre aparece una especie de llamado de atención metacognitivo para evitar trasgredir eso que llaman "disciplina partidista". Mi familia y mis amigos saben que soy activista de un partido político que, a pesar de sus yerros estratégicos y erradas lecturas de los tiempos de la política, sigue representando la mejor opción para la reconstrucción de la democracia en Venezuela: integrado por buenas bases ciudadanas, con sentido del sacrificio como consecuencia de la persecución, y con un pilar organizacional sólido, es decir, su juventud.
Citando a Spencer, Laureano Vallenilla Lanz en 'Cesarismo Democrático' señala que en las jóvenes repúblicas como Venezuela los "jefes no se eligen sino se imponen"; aserto que no deja de gravitar en las nebulosas de la historia política de estos tiempos de autoritarismo devenido en pranato constitucional. Cuando Venezuela fue democrática desaparecieron momentáneamente los jefes y fueron sustituidos por los dirigentes. El resurgimiento del militarismo le dio un nuevo aire a los mandamases.
Las transiciones desde gobiernos personalistas en no pocas oportunidades abrieron la oportunidad para la recuperación de modelos basados en instituciones y no en hombres. López Contreras no fue un tirano como Gómez; Medina Angarita fue un militar que gobernó como civil. Y para no ir tan lejos en el viaje hacia el pasado, Lenín Moreno en Ecuador ha tenido la suficiente determinación para romper con la línea populista y personalista de Rafael Correa.
Cuando se trata de fenómenos carismáticos como el de Hugo Chávez Frías, quien ejerció un liderazgo centrípeto en el seno de su alianza política, la no formación de cuadros para el relevo hizo que la sucesión en el contexto de su inminente muerte en 2012, se fundamentara más en la lealtad, la amistad y la camaradería, que en una decisión tomada por una élite política. Que Nicolás Maduro haya reciclado a muchos de los otrora “engañadores” de Chávez, da sustento a este planteamiento.
Maduro evidentemente no es Chávez. Y nunca se le reconoció como un tipo carismático o encantador. En las elecciones presidenciales del año 2013, donde gracias a una ayudita del Poder Electoral logró arrebatar la silla presidencial a Henrique Capriles entre las 6 y 8pm de aquel domingo 14 de abril, Nicolás se mostraba como un presidente débil, incapaz de soportar la dinámica que en una y otra ocasión logró fortalecer a su antecesor. Al menos hasta el año 2014 Maduro no parecía convencer al propio chavismo de cabalgar escenarios electorales blandiendo la espada populista. Y efectivamente la abrumadora derrota en las elecciones parlamentarias de 2015 esto se hizo indudable.
Sin embargo, la debilidad electoral no necesariamente es debilidad política o debilidad para ejercer el poder. En ese escenario, el de ejercer el poder hasta por encima de la ley fue que Nicolás Maduro pasó de ser un “bobolongo” al “martillo autoritario” que Chávez quiso ser, pero nunca fue.
En el mundo de las organizaciones criminales latinoamericanas es común ver la existencia de rituales de iniciación delincuencial, donde se pone a prueba la determinación del aspirante a jefe: en el mundo de los malandros, los choros, los narcos o los gánster nadie se vuelve líder por ser ejemplo de amistad, trabajo y sacrificio; el pran en Venezuela comienza su carrera hacia la cúspide del poder cuando demuestra que es capaz de agredir o matar sin espabilar.
De esta manera en el 2014 Maduro demostró que si bien no ganaba elecciones sobrado, si tenía la determinación de perseguir, encarcelar, desaparecer y asesinar a su disidencia. Leopoldo López fue su primer experimento: encarcelado desde febrero de 2014 hasta la fecha.
En el 2015 la prueba de Maduro fue electoral y una vez más demostró su incapacidad para ser un líder en el escenario político electoral. Una vez más el chavismo dudaba del “burro”, del “bobolongo”; la Mesa de la Unidad Democrática logró hacerse con la mayoría calificada de la Asamblea Nacional, a pesar del ventajismo, de la parcialidad chavista del CNE, de la intimidación de los grupos paramilitares y parapoliciales.
No obstante, en el 2016 los partidarios de la lucha armada sin armas reaparecen de las cenizas del 2014, y a pesar de que desde la entonces Mesa de la Unidad Democrática se procuró canalizar “la calle” en pos de la realización de un referéndum revocatorio, Maduro llevó la crisis política al terreno donde es fuerte, cerrando la opción electoral, so pretexto de los errores en cuanto al planteamiento político electoral de la oposición; cerrada quedó entonces la opción electoral como consecuencia de una errada estrategia de “calle, y si no se puede, elecciones”. Maduro siguió empujando a la oposición al terreno de la lucha armada sin armas.
En el 2017 Nicolás dejó de estar a la sombra del llamado “comandante supremo”, y pese a los costos políticos internacionales pasó a ser el hombre fuerte del chavismo: el burro, el bobolongo, ahora era motejado como “el carnicero de Miraflores”. En 2017 Maduro se impuso como jefe del chavismo ganando la batalla a través de la represión, la persecución y el asesinato, empujando a la oposición hacia la antipolítica, logrando competir solo en el único escenario donde sabe que puede ser derrotado, es decir, el electoral.
Ahora bien, si hacemos un análisis del tipo de relaciones de poder sobre las que ha construido su jefatura Nicolás Maduro, podremos comprender que la protesta en la calle no es un mecanismo efectivo para lograr el quiebre de la estructura de poder interna del chavismo pues, si bien puede llegar a ser masiva, carece de estructura orgánica que permita lograr la disciplina suficiente para avanzar o hacer repliegues estratégicos; no se cuenta además con mecanismos de inteligencia social, grupos de choque entrenados, zonas de distención o rutas para evacuar posibles perseguidos políticos.
En contraste, hasta el 2015 a nivel electoral se logró articular equipos de trabajo que garantizaron la existencia hasta de hasta dos padrones electorales por centros de votación, activistas sociales que buscaron los votos de adultos mayores, enfermos en hospitales, presos en la cárceles y chavistas descontentos por la crisis económica; casi literalmente hasta debajo de las piedras.
Lo cual nos puede permitir pensar que no se trata de participar en elecciones en las condiciones en que el chavismo gana así no cuente con los votos. Pero si de orientar la presión social para que el chavismo dictatorial se vea obligado a transitar hacia un escenario electoral donde cualquier ventajismo o trampa sea sobrepasado por la participación masiva. No hay quiebre posible si no se dibuja un escenario de legitimación electoral de la gran mayoría de venezolanos y venezolanas que se cansaron del chavismo.
No somos combatientes, somos ciudadanos. No somos soldados, somos políticos.