martes, 19 de enero de 2016

LA PARADOJA DE LAS IMPORTACIONES.

Los patrones de consumo de Venezuela a principios del siglo XX resultaban bastante atrasados si se les compara con el de las naciones desarrolladas e incluso con el de otros países latinoamericanos. Siendo nuestro país un productor de materias primas (primero agrícolas luego minerales) el fenómeno de la industrialización fue notablemente tardío y por ende la producción casi artesanal no pudo nunca impulsar el consumo en masa.
El comienzo de la era petrolera a partir de la década de los veinte del mismo siglo repercutió en la conformación de patrones de consumo asociados a la producción masiva de bienes y servicios. A través de los comisariatos, de los mercados y los abastos los venezolanos conocimos la leche en polvo, los enlatados, las bebidas preelaboradas, las gaseosas, los detergentes, los cosméticos, la cerveza fría, entre otros muchos más productos.
El desarrollo de la II Guerra Mundial inevitablemente repercutió en ese nuevo patrón de consumo, siendo que la mayoría de los productos eran importados. Los venezolanos de la época conocieron un periodo de escasez que incluso se extendió hasta al menos dos años luego del fin de la guerra. Este fenómeno afecto de igual manera a los países latinoamericanos productores de materias primas.
Surgió entonces en los ámbitos de la planificación económica la idea de la "sustitución de importaciones"; de forma que las economías locales estuvieran en capacidad de sortear los altibajos de la economía global sin que eso involucrara un alto costo social que sin duda afectaría sobre todo a los sectores menos favorecidos. Aparecen, en consecuencia, los parques industriales de Valencia, Maracay, La Victoria, Barquisimeto, Maracaibo, entre otros.Ya en la década de los sesenta la capacidad industrial permitió la consolidación de industrias siderúrgicas y petroleras que años después serían nacionalizadas.
El primer "boom petrolero", también conocido como los años de la "Venezuela Saudita" desaceleró este crecimiento industrial, debido a la concentración de la inversión en la industria petrolera y sus derivados. No obstante, permitió un nivel de inversión social no conocido hasta entonces en nuestro país. Se afianzó el modelo rentista clientelar y esto generó repercusiones que incluso se extienden hasta el presente.
La caía de los precios internacionales del petróleo a principios de la década de los ochenta frenó el avance del Estado rentista y el desequilibrio económico se tradujo en una alta conflictividad social, además en el desgaste del modelo político durante las décadas de los ochenta y los noventa.
El siglo XX venezolano finalizó con una gran desigualdad social, con crecimiento económico muy bajo, pero con la inflación y demás desviaciones económicas prácticamente controladas. No es menos cierto que es durante esa época que grandes trasnacionales tecnológicas dieron un voto de confianza a nuestra economía y en tal sentido invirtieron sus capitales.
Ahora bien, Hugo Chávez asumió el país en tales condiciones y por lo menos durante los dos primeros años de su mandato no rompió la continuidad de dicha visión económica. Fue pública y notoria su aceptación de la llamada "Tercera Vía" económica de Tony Blair. Sin embargo, la polarización política en la que el empresariado y la sociedad civil (clase media) se erigieron como grandes adversarios del chavismo, acicateó la idea de impulsar un modelo económico caracterizado por rígidos controles, estatización de empresas y sustitución de la producción nacional con importaciones, como forma de reducir las posibles fuentes de financiamiento de lo que dio en llamar "contrarevolución". Aparece entonces el "socialismo chavista", o "socialismo del siglo XXI".
Y en términos del análisis del humanismo marxista no se trataba de un socialismo clásico sino de una restauración del modelo rentista y clientelar de atención social que ya en la década de los setenta y ochenta del siglo veinte habían impulsado los gobiernos de Acción Democrática.
El Estado a través del gobierno derrochó a más no poder y los grandes beneficiarios fueron los intermediarios y las nuevas mafias de las importaciones y el mercado negro (bachaqueo). Ya en el año 2008 se visualizaban los efectos perniciosos de un modelo que apuntaba a convertir la economía venezolana en un gran mercado negro.
Los planificadores económicos del chavismo no tuvieron problema en dejar florecer tan oprobioso sistema puesto que todo indicaba que a mediados de la década de los diez del siglo XXI el petróleo estaría cabalgando por encima de los 200 dólares. ¡Craso error!
En contraste, hoy mientras la economía estadounidense y la de sus socios mantiene un franco crecimiento en desmedro de las economías de los países emergentes, todo indica que entramos en un largo periodo de precios de materias primas a la baja. Paradójicamente el anacrónico gobierno chavista aboga por una política de sustitución de importaciones y de reactivación de la productividad nacional. He ahí una de las mejores pruebas de las contradicciones inherentes a un modelo político y económico decadente que, no conforme con ya estar rodando por el barranco, pretende arrastrar a toda la nación evitando con esto que entremos definitivamente al siglo XXI.
La respuesta a todo esto es que siendo el chavismo el causante de la enfermedad, no es posible que tan retrograda visión de la política sea la capaz de sacarnos de esta la peor crisis económica y social de nuestra historia. Con un barril de petróleo por debajo de los 20 dólares -tomando en cuenta que los costos de producción son superiores-, la realidad es que estamos peor que a finales de los noventa, cuando el costó del barril oscilaba los 7 dolares.
La reactivación de la economía requiere de un cambio de visión y por lo tanto de un cambio de gobierno. El chavismo debe comprender que la gran borrachera del rentismo llegó a su fin y por lo tanto dar paso a los venezolanos decididos a reconstruir todo lo que ellos destruyeron: nuestro país.

¿Acaso estamos conscientes del cambio histórico que comenzó el 6 de diciembre de 2015?

El triunfo de la oposición o la derrota del chavismo es mucho más que el producto de una campaña electoral exitosa o mal diseñada (para el caso de los perdedores). Así como el triunfo del chavismo en 1998 fue mucho más que una estrategia agresiva de propaganda impulsada por los grandes medio nacionales.
La crisis económica y social que se manifestó con el fin de la bonanza petrolera que permitió la construcción de la llamada "Gran Venezuela" no fue solventada por Hugo Chávez sino que por el contrario, la segunda gran bonanza petrolera de nuestra historia reciente solo fue utilizada para reforzar un Estado más burocrático, más corrupto, más ineficiente y una sociedad mucho más dependiente.
De ese esquema de populismo y derroche todos fuimos parte directa o indirectamente.
Hace cuestión de seis años, los teóricos económicos del chavismo visualizaban una economía multipolar con los EE. UU. hundiéndose en la crisis, la consolidación de economías como China y Rusia, la emergencia del resto de los llamados BRICS, y nosotros disfrutando de un barril de petróleo a 200 dólares para 2015. En ese orden, cambiar de socios económicos e impulsar un modelo basado en la importación estatal de productos de consumo masivo parecía viable, además de garantía de ejercicio de gobierno por al menos 30 años.
Sin embargo, la economía estadounidense no se hundió. Todo lo contrario, a través de las empresas tecnólogicas (Apple, Microsoft, Google) se recuperó y nuevamente se puso por encima de China y Rusia. A la par estos dos países entraron en procesos recesivos, generando efectos por consiguiente en el resto de los BRICS y economías de importancia secundaria como la venezolana.
En ese escenario, vale la pena señalar los ejemplos latinoamericanos de países como Colombia y Perú que aprovecharon la relativa estabilidad económica de la región para mejorar sus instituciones y a la vez crear mejores condiciones para la inversión. Venezuela por su parte se desgastó en la polarización política mientras las únicas cosas que crecían eran el gobierno y el gasto público.
Hoy la realidad es otra y luego de 7 años de colas, de bachaqueo, de controles, de delincuencia desbordada, la sociedad venezolana a través del voto expresó lo que ya en 2013 era una realidad, en 2014 un argumento a favor de la protesta y en 2015 un mensaje claro: CAMBIO.
Y más que un cambio de gobierno la ciudadanía lo que demanda es un cambio de esquema que permita que Venezuela entre definitivamente en el siglo XXI.
Gobierno y oposición deben por tanto renunciar a las propuestas populistas centradas solo en ganar el favor electoral para así reencontrar el camino de la modernidad política. Los servicios públicos hoy están peor que hace 20 años, la capacidad de respuesta gubernamental ante temas como el arreglo de vías e infraestructura hoy sigue siendo tan lento como en los años 30 del siglo XX, la distribución de los recursos en los distintos niveles de la administración público solo da para el pago de personal y la corrupción. Ya no es posible que un alcalde o un gobernador emprenda proyectos de modernidad puesto que eso es una potestad exclusiva del gobierno nacional.
En tal sentido esta nueva etapa de nuestra historia debe retomar la planificación, la discusión, la negociación y la concertación como principios rectores para atender y superar nuestras problemáticas nacionales. La megafiesta de derroche de la revolución llegó a su fin y por lo tanto es necesario que retomemos el sendero del trabajo como garantía de mejoras, movilidad social y bienestar colectivo.
Hay mucho trabajo por hacer, pero mientras más pronto comencemos, las soluciones serán mucho menos traumáticas.