sábado, 1 de junio de 2013

LA PRIVATIZACIÓN SOCIALISTA.

En Venezuela, desde el advenimiento definitivo de la democracia a partir de 1958, se consolidó un modelo de funcionamiento estatal que nos ha permitido a muchos formarnos en escuelas, liceos, universidades (pre y postgrado), así como contar con atención gratuita en hospitales, ambulatorios, consultorios e instituciones públicas en general.
Tan importante es el papel del Estado en estos ámbitos que, por ejemplo en la década de los 90 del siglo pasado las universidades nacionales autónomas experimentaron un periodo de mucha conflictividad como consecuencia de la potencial privatización de la educación superior que se estipulaba (o se interpretaba) en un proyecto de ley de universidades que buscaba limitar o reducir las funciones de financiamiento por parte del Estado. Lo que se explica por el hecho de que, si un aspecto ha servido en nuestra contemporaneidad al debate, en lo que se refiere a la diferenciación de los grupos políticos, es el de la privatización de las relaciones productivas y la atención social.
Si bien en distintos momentos partidos como Acción Democrática y COPEI defendieron el intervencionismo estatal, durante los últimos 60 años son las izquierdas las que prácticamente monopolizaron el discurso contra la privatización de las funciones del Estado. En contraste, la existencia de un Estado propietario y rentista que, independientemente de la eficacia se reserva el control de las relaciones productivas y la atención social, no parece haber tenido padre o madre exclusivamente de derecha o izquierda, sino más bien progenitores emparentados con el caudillismo, el militarismo, la socialdemocracia, la democracia cristiana, y sobre todo con el populismo.
Consecuentemente las izquierdas empoderadas del presente han defendido de manera vehemente este tipo de intervencionismo estatal que en la práctica trasluce (consciente o inconscientemente) el ejercicio monopólico de un ente (Estado-Gobierno-Partido) con poderes plenos (para legislar, impartir justicia y decidir en general).
Ahora bien, luego de la conflictividad de los años 2002-2003, a semanas de realizarse el Referéndum Revocatorio de 2004, el fallecido presidente Hugo Chávez apeló, como respuesta a la coyuntura electoral, al impulso de un plan macro de asistencialismo que con el nombre de “misiones” llevaría a los venezolanos a recordar los tiempos en que Carlos Andrés Pérez I fomentó el crecimiento del Estado asistencialista a través de la creación de distintos programas sociales y subsidios. Con la diferencia de que la profunda desigualdad social de los tiempos presentes permitió un despliegue principalmente dirigido a servir de paliativo a la pobreza y no de estímulo a la movilidad social. La experiencia de 9 años de misiones, de relanzamiento, reestructuración, desestructuración y abandono de las mismas debido al burocratismo y la corrupción derivada de un funcionamiento que deja por fuera el ejercicio de contraloría, son prueba de lo anterior.
Ese tipo de intervencionismo, llámese programas sociales, llámese misiones, sin duda ha ocupado uno de los puntos más críticos de las discusiones en cuanto al papel del Estado Venezolano en los últimos 24 años (1989-2013).
Pues bien, durante 14 años de revolución (en principio “tercera vía”, luego bolivariana, luego socialista, luego religiosamente chavista), el gobierno ha ejercido un sin igual papel interventor, ya que ahora el Estado no solo  es propietario y principal agente del asistencialismo social, sino también administrador de empresas, controlador de franquicias, comerciante, publicista, banquero y transportista. Visto de otro modo, el gobierno venezolano ha devenido en el gran holding que controla y regula la mayor parte de las relaciones productivas y de asistencia social.
En experiencias como la de la RDA (Alemania Democrática), ese tipo de intervencionismo, si bien profundamente totalitario, es hoy recordado por un parte del pueblo alemán como altamente eficiente. He aquí el elemento diferencial con respecto al ejemplo venezolano de los últimos 14 años.
Si bien nuestro país cuenta con una red hospitalaria, educativa (en todos sus niveles) y asistencial pública en general. Si bien el gobierno central publicita en todo momento los grandes presupuestos asignados, los simples brochazos de pintura en una escuela, la reparación de un tomacorriente en un hospital, entre otras cosas, en la práctica, la mala administración de lo público aunada a patéticas condiciones laborales, nos lleva a enfrentamos con una privatización indirecta de los derechos sociales de todos los venezolanos. Pero ¿Cómo se explica esto?
Cuando un venezolano o venezolana, ante el hecho de que para poder ser atendido en una emergencia hospitalaria o a nivel de consulta debe esperar por varias horas en centros deteriorados y carentes de recursos, decide gastar su sueldo para poder ser atendido de una manera menos traumática en una clínica, termina apelando a la privatización.
Cuando un venezolano o venezolana, en vista de los problemas de violencia, carencia y falta de exigencia académica (a estudiantes y docentes) dentro de nuestras escuelas y liceos, inscribe a sus hijos o hijas en un Colegio, está fortaleciendo la educación privada. (Valga preguntarse cuál ha sido el periodo de nuestra historia democrática en que más colegios privados se han creado).
Cuando un venezolano o venezolana decide ir a las grandes cadenas de supermercados ante la escasez de productos en redes como Mercal, Pdval o Abastos Bicentenario, incrementa los beneficios de la empresa privada.
Cuando un grupo de venezolanos contrata para su comunidad un servicio de vigilancia, como forma de enfrentar la inoperancia de los cuerpos policiales y de seguridad en general, está generando privatización de la seguridad.
Cuando un alto funcionario establece como requisito para otorgar permisos o hacer trámites la respectiva comisión (tajada), acrecienta fortunas privadas en detrimento del erario público.
Como estos sobran los ejemplos en que la ineficiencia del Estado obliga a los venezolanos a fortalecer a un sector privado que, valiéndose de su relativa eficacia, sigue imponiendo sus prerrogativas las reglas en lo que se refiere a las relaciones productivas y la prestación de servicios. (Importante es que se revise los mecanismos de adecuación de muchas empresas a la legislación laboral para dar con uno de los elementos que dan peso a este aserto).
Un buen revolucionario de estos tiempos podría colocar la responsabilidad de todo esto en una sociedad inoculada con la “enfermedad del capitalismo”. No obstante, la histórica dependencia de la nuestra con respecto al Estado, hace pensar en explicaciones distintas.
Nuestro presente cotidiano, el de las colas, el de la inseguridad, el de la ineficiencia gubernamental, el de la explotación del hombre por el Estado rentista, señala dos grupos diferenciados, pero igualmente afectados por las contradicciones de un proyecto país construido con los despojos políticos del llamado “bipartidismo adeco-copeyano” y los ideológicos de la Cuba de los Castro. 
Se trata de un gran grupo de perennes acreedores convencidos de la ineludible responsabilidad del Estado en la resolución de sus más mínimas necesidades, de que su pobreza es el producto de la riqueza de otros (en el caso de los pobres), o de que no retribuyen en forma de salario por los servicios prestados sino que regalan sus dineros a los empleados (en el caso de los propietarios). Y de otro grupo que, convencido de la necesaria capacitación, del emprendimiento, de la libre competencia, de la responsabilidad social y de la resolución práctica y apremiante de los problemas, debe sobrevivir sorteando los vicios de los sectores público y privado que, dicho sea de paso, ninguno brinda los mejores servicios y beneficios.  
Nuestro problema como sociedad-país es que nos enfrentamos a un Estado cada vez más grande y a la vez más ineficiente, que nos obliga a rechazar la atención social que ha asumido como responsabilidad. De forma que en la Venezuela de la segunda década del siglo XXI es claro que conviven dos países que rehúyen el uno del otro, que han asumido modelos de funcionamiento independientemente de que los mismos impliquen la negación de los derechos y responsabilidades del otro.
Un Estado interventor altamente burocratizado y corrupto puede generar sobre la población efectos tan perniciosos como los sistemas fisiocráticos. Con un Estado laissez faire las empresas más competitivas son las que obtienen la mayor ganancia sin importar los costes sociales. Sin embargo, con un Estado interventor como el venezolano, son las empresas que se pliegan al gobierno, y no necesariamente las más competitivas las que se arrogan  este beneficio, sin que esto implique la reducción del impacto social.
En medio de tales circunstancias los vampiros políticos y los empresarios explotadores siguen amasando fortunas. Los primeros a través de la corrupción estatal, los segundos a través de sus monopolios; ambos a través de la administración de la miseria y la explotación de los venezolanos.
Lo más grave de todo esto: en una sociedad en medio de una profunda crisis ética y moral, en una sociedad altamente polarizada, son muy pocos los que se atreven a denunciar las faltas cometidas por el sector público y el sector privado debido a solidaridades corporativas injustificadas, o por el temor a ser lanzados como parias a un tercer país inexistente.