jueves, 7 de marzo de 2013

UN APÁTRIDA EL PRIMER DÍA DESPUÉS DE CHÁVEZ


Ayer pasaron cosas. Ayer me levanté muy temprano, a pesar de no tener que ir al trabajo. Desayuné temprano y me senté al frente de la computadora para hacer un repaso noticioso sobre la trágica noticia de la tarde del 5 de marzo. Cual entusiasta de las tecnologías de información y comunicación, pasé toda la mañana alternando entre la portátil, el celular, el televisor, y como si fuera poco, la tabla. Escuché que a las 8am debían sonar 21 salvas en honor al presidente fallecido y justo a las 7:59 estaba junto a la ventana esperando el ensordecedor sonido de la artillería de las Fuerzas Armadas. No pasó nada. Cada no sé cuantos minutos bajaba el volumen al televisor para escuchar, pero no pasó nada. Frente a la computadora por momentos leía un buen libro digital, revisaba algún sitio de noticias, y de manera intermitente entraba en las redes sociales. Esa intermitencia me permitió encontrar un tweet que decía que a las 10am partiría el féretro del presidente rumbo a la Academia Militar. Salté de la computadora a la televisión y pude ver en uno de los canales -no sé cuál-, del antes SNMP, ahora SIBCI, que efectivamente un féretro cubierto con una bandera era rodeado por el pueblo. Por un momento me pregunté ¿Por qué no hay cadena nacional? A los minutos la providencia revolucionaria y socialista me escuchó y comenzó la cadena. Por varias horas estuve mirando cómo un río de pueblo se unía a la última marcha de su líder. Por momentos me resultaba difícil procesar que pudiera ser teletestigo de algo que solo había conocido a través de los libros cuando revisaba las imágenes del sepelio de Rómulo Betancourt en 1981. Regularmente quedarse en casa para leer, trabajar en la computadora o simplemente pasar el día revisando cosas intrascendentes a través de la web, resulta una oportunidad para darle placer a los oídos con la música que suelo escuchar. Ayer no fue así. Ayer por respeto no escuché música. Ayer por respeto creo que incluso fui incapaz de hablar con un tono de voz elevado. Ayer traté de no reír por respeto. Por respeto solo salí de la casa al final de la tarde para evitar cruzar miradas con un pueblo que estaba sumido en la tristeza. Volví al televisor y veía lágrimas genuinas de un pueblo convencido de que quien había muerto era el “libertador del siglo XXI”, el “Jesucristo de los pobres”, uno más que en otras épocas batalló incansable codo  a codo en esas avalanchas rojas de pueblo.  Veía y escuchaba también los agradecimientos, los panegíricos, las odas. Veía y escuchaba las amenazas, los epítetos, la sorna, la propaganda, la reverencia al ungido. Luego de varias horas renuncié a la revisión intermitente de la cadena y volví a mis cosas. En el celular, que sonaba y titilaba de cuando en cuando, los mensajes iban y venían. Para mi sorpresa, mis amigos de la oposición apátrida no celebraban. ¡Respetaban el luto! En algún momento compartíamos mensajes y cadenas de mucha franqueza, de crítica, pero jamás una expresión de alegría. Regreso a las redes sociales y encuentro que mientras se desarrollaba una de las cadenas más largas de la historia, algunos sitios de noticias de la derecha publicaban fotos y vídeos de mi pueblo tomando uno que otro licorcito para celebrar la vida del comandante. Por momentos me pareció irrespetuoso, pero elucubre sobre la complejidad de los imaginarios colectivos. Me ahorré otro tipo de análisis para no caer en los terrenos de la conspiración apátrida. De pronto comienzo a revisar la constitución para tratar de elucidar lo que debía pasar con respecto a la sucesión presidencial. Para sorpresa mía, ya eso se había resuelto a través de la ilimitada subjetividad que brinda la única constitución aprobada por el pueblo en referéndum popular, pues ya Nicolás Maduro había firmado su primer decreto como presidente encargado. Reapareció en mí un tipo de razonamiento tan crítico como apátrida, de esos que tanto molesta a más de un revolucionario. Escribí varias veces por las redes sociales que se había instalado un “gobierno de facto”. Pero tal vez por respeto al luto, pocos fueron los que se dedicaron a hablar de eso. Di la batalla por perdida y ya al final de la tarde decidí salir a la calle.  Emprendí una ruta cotidianamente usada, una estrecha calle cerca de mi hogar circunstancial. Allí las banderas de Venezuela, los afiches del líder, eran los elementos que hacían ostensible el sentir del pueblo. Mi curiosidad apátrida me llevó a escrutar las banderas para comprobar si efectivamente estaban a media asta.  Mi pueblo después de casi diez años de misiones todavía no sabe que la bandera a asta completa indica júbilo, y a media asta conmemoración o luto. Dejé de lado la trivialidad de estar examinando banderas y seguí caminando. Allí estaba el pueblo. Ese pueblo que más temprano lloraba a su líder, ya se disponía a celebrar su vida brindando con una que otra bebida espirituosa. Ya el luto parecía que se había tornado en prolegómeno de un asueto extraordinario. Otra vez pensé que era irrespetuoso, pero recordé la bendita premisa de los imaginarios, de la psicología social. Luego de tratar infructuosamente de ir al gimnasio y de conseguir pan para la cena, luego de compartir ideas con dos buenos amigos sobre las cosas que como ciudadanos debíamos enfrentar en los próximos días, regreso a la casa a instalarme en mi personalísima versión de la seguridad de las tecnologías de información y comunicación. Ya la cadena había terminado, pero el féretro del líder del siglo XXI se encontraba en capilla ardiente en la Academia Militar, acompañado por su familia, por sus colaboradores más cercanos, y por una kilométrica cola de pueblo que esperaba verlo por última vez. La última imagen del día, antes de apagar la computadora, el televisor, la tabla y el celular, antes de dormir, fue una publicada por un sitio web de la derecha. La misma mostraba al ungido Nicolás Maduro y a varios ministros con sonrisas que casi rayaban en carcajadas, frente al féretro del comandante presidente en su descanso eterno, en su para siempre y hasta siempre. Me pareció irrespetuoso, pero otra vez la idea de los imaginarios populares, de la psicología social, me llevó a desechar tal razonamiento. Seguramente la explicación preclara, nacionalista, revolucionaria, socialista, es que estaban celebrando la vida del gran líder de la Venezuela re-emancipada. Seguramente celebraban que el mejor regalo post-mortem del pueblo al “libertador del siglo XXI” es el otorgarle un cheque en blanco a uno de sus diádocos, para darle continuidad a la revolución. Ese fue el último razonamiento del día de un apátrida que quiso ser respetuoso en el primer día de la era post-Chávez.